Romance de los Tres Vientos - Acto 2

Capítulo 9. Las plumas de la divinidad

Era un sueño lleno de malestar. Una pesadilla cargada de negatividad. Un limbo entre extremos, alejado de toda realidad. Fuera donde fuera que estuviera, nuestra chica Talia despertó allí mismo, encontrándose en medio de este espacio inusual.

Lo primero que descubrió fue que estaba tumbada boca abajo en un suelo blando al contacto, como si fuera el colchón de la cama que tanto añoraba. También era transparente, una fina capa que la separaba y protegía del abismo de oscuridad que se encontraba debajo de ella. Era como si estuviera encima de las aguas de un lago, cuyo fondo no recibía la luz del sol. Sin embargo, aquella superficie tan honda como oscura sería la menor de sus preocupaciones.

Talia no podía quedarse tumbada eternamente, así que movió las manos y trató de buscar un buen punto de presión con tal de ayudarla a levantarse. Entonces sus manos tocaron el suelo, y lo siguiente la sorprendió: el mero roce de sus dedos creaba ondas en la superficie, que se extendían más allá de lo que podían ver sus ojos. Era como tocar agua en estado líquido, mas la sentía como si fuera sólida, como si fuera un gran lago de gelatina.

Dejando el suelo aparte, Talia se levantó y miró a su alrededor, sin encontrar nada que destacase en aquel vacío paisaje. Solo había un horizonte plano e infinito. Después movió su cabeza hacia arriba y halló un cielo cubierto de diminutas estrellas que parecían formar constelaciones. Algunos lo describirían como el cielo que veían cada día, muy despejado, vacío y sin ninguna nube a la vista, pero no. Aquel paisaje no era natural, ni Talia lo sentía como tal. Es más, todo lo que se encontraba a su alrededor podía definirse en una palabra con mismos significados: raro, extraño, inusual.

—¿Dónde... estoy? —se preguntó nuestra chica en voz baja.

Sin saber qué hacía allí, Talia caminó hacia delante, con cada paso creando ondas en el suelo. No sabía a dónde iba, ni tampoco parecía que hiciera ningún progreso. El horizonte seguía igual de vacío, sin importar cuánto se moviera. Aun así, siguió caminando, aferrándose a la esperanza de encontrar una salida. Sin embargo, esta se fue desvaneciendo poco a poco, consumida por la inmensidad de aquel espacio desolado, carente de toda señal de vida. Y cuando ya no le quedó esperanza alguna, cuando comprendió que estaba completamente perdida, solo pudo gritar:

—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

Su voz se extendió por aquel vacío, desapareciendo mientras se alejaba. Sin embargo, ella no desistió, sucumbiendo a la desesperación causada por el silencio y la soledad.

—¡Por favor, que alguien diga algo! ¡Lo que sea!

Nadie escuchó sus súplicas. Nadie le contestó de vuelta. Y por eso, Talia guardó silencio. Su mente estaba en conflicto, decidiendo si debía seguir avanzando o si debía detenerse, considerándolo un esfuerzo inútil. Y sin más, la única fuerza que salió de ella fue para lanzar el más grande de los gritos. Un grito que mostraba cansancio, incomprensión, y lo más importante: terror.

Pero ni siquiera aquello sirvió de nada. A su grito le siguió el silencio, y tras este, un vacío absoluto en el que no resonaba ni el más leve sonido. Agotada de aferrarse a gestos inútiles, Talia cayó de rodillas y, poco después, se acurrucó contra el suelo, encogiéndose sobre sí misma hasta adoptar una posición fetal. Se abrazó las rodillas, como si aquel gesto pudiera ofrecerle algún consuelo ante la inmensidad de aquel lugar desolado. Era una posición que había adoptado desde niña como una forma de protegerse de los males que la rodeaban, para sentirse mejor en épocas de tristeza, soledad, y depresión. Siempre se decía a sí misma que solo era un mal momento, que el mañana sería mejor, y que algún día sería libre. Libre de explorar el mundo a su antojo.

Un sueño bonito. Bonito e inalcanzable.

Desde que el Imperio la secuestró y la alejó de su granja, cada día había sido peor que el anterior. Desde las cárceles imperiales hasta la sala de juicios del palacio. Desde las cloacas del Nuevo Estado hasta el almacén de niños esclavos. De un infierno a otro, hasta que su mala suerte cayera en picado y le condujera a la muerte. Aquel sería su final, muriendo sola y perdida en medio de lo desconocido, porque nunca cumpliría con su último deseo y cometido. Y es que ella solo pedía una cosa:

—Volver...—musitó ella entre sollozos—. Solo quiero volver. Volver a casa, volver con Nana, volver a la vida que tenía antes. ¿Acaso es mucho pedir?

Lo era. Vaya que si lo era, porque parecía que el mundo entero estaba en contra de ello. Pero era un peso que debía cargar, después de que su vida cambiara por completo. Hundirse o avanzar, todo dependía de su futura mentalidad. Porque solo ella podía elegir qué camino iba a seguir.

Pero sus sollozos terminaron con una abrupta interrupción, creyendo por un momento que el suelo estaba temblando. Talia soltó sus rodillas y se sentó, pensando que así lo verificaría mejor, y acertó: no había sido producto de su imaginación. El suelo de aquel espacio estaba sufriendo pequeños temblores, que aumentaban de intensidad conforme pasaba el tiempo, y quién sabe si podría ser peligroso, por no decir mortal. Talia actuó a tiempo y se levantó, creyendo que así era mejor para resistir lo posible y lo inevitable, pero los temblores pudieron con ella, haciéndola caer hacia atrás hasta quedar sentada de nuevo.

Y fue entonces cuando lo vio, justo debajo de ella: una gigantesca sombra alargada, tan grande como un rascacielos, nadando por el líquido que había justo debajo de ella. Esta criatura, fuera lo que fuera, debía ser la causa de los temblores. Sin embargo, no le prestó a nuestra chica ni la más mínima atención. Apareció, siguió su camino, y desapareció.



#1235 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 08.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.