—"¿Quién ha dicho que estés sola?" —preguntó, entonces, la serpiente emplumada conocida como Quetzal, quien había reducido su tamaño hasta alcanzar la altura de una serpiente normal y corriente.
Era evidente que la presencia del dios fue de lo más inesperada, y Talia solo pudo chillar de terror, mezclando la sorpresa por el susto y el pánico de encontrarlo de nuevo. Lo peor es que aquellos gritos consiguieron llamar la atención del carcelero, que entró de golpe en el almacén solo para hacerla callar.
—¡Vuelve a gritar otra vez y te estrujaré el cuello hasta dejarte muda! —gritó el carcelero.
Sin embargo, Talia estaba más preocupada por Quetzal, que volaba al lado del carcelero sin que este último se diera cuenta de su existencia.
—Pero... ¿es que no lo ves? —le preguntó Talia al carcelero.
—¿Ver el qué?
—¡La serpiente voladora! ¡Justo a tu lado!
El carcelero miró primero al lado derecho y luego al izquierdo, justo donde estaba Quetzal. Después frunció el ceño y sacó la porra para golpear los barrotes de la jaula, casi a punto de darle a los dedos de Talia.
—¿Te atreves a tomarme el pelo? —gritó el carcelero—. ¡Lo que me faltaba! ¡Justo lo que me faltaba!
—¡P-pero...!
—¡A callar! ¡Una palabra más y te mato a porrazos! ¡Considéralo mi última advertencia!
El carcelero, harto de permanecer allí, abandonó el almacén y desapareció de la vista de Talia. “¿Cómo es posible que no lo vea?”, se preguntó la muchacha. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que ella tampoco podía verlo. Quetzal había desaparecido, pero eso es porque no había mirado justo encima de ella.
—"¿Tan rápido te olvidas de mí?" —dijo Quetzal, mostrando pura decepción.
La sorpresa de encontrarle de nuevo casi hizo chillar a Talia, pero se calló cuando la serpiente colocó su cara justo a pocos centímetros de la suya, llegando a intimidarla por completo.
—"¡Ni se te ocurra!" —le advirtió Quetzal, como si sintiera deseos de abrir la boca para engullir la cabeza de nuestra chica de una pasada—. "¿Es que quieres que ese hombre vuelva de nuevo? Lo vas a pasar muy mal, te lo aseguro".
Talia acabó calmándose por su propio bien, pero la sorpresa no acabó ahí. Ver a aquella serpiente justo delante de sus narices solo creaba muchas dudas.
—T-tú eres... ¡Quetzal! —pronunció Talia con mucho nerviosismo.
—"Ya veo que vas a seguir usando ese estúpido diminutivo que me has dado. No es que me moleste demasiado, pero estoy más acostumbrado a que me veneren por mi nombre completo. Contigo, en cambio, tendré que hacer una excepción. Tampoco te vaya a pedir demasiado, con ese pobre vocabulario rural que tienes".
La actitud arrogante de Quetzal sacó de quicio a nuestra chica, obligada a fruncir el ceño por su actitud de superioridad, pero el hecho de verlo tan lleno de vida la acabó desconcertando.
—¿Pero cómo es posible? —dijo Talia—. ¿Acaso eres real?
Quetzal respiró con calma, o actuó como si lo hiciera.
—"No vamos a tener esta conversación otra vez. Es decir, ¡mírame! ¡Por supuesto que soy real! ¡Estoy aquí mismo!".
Sin embargo, Talia no lo dio por seguro, pensando en respuestas más lógicas.
—Mmm... Quizás seas una alucinación, culpa de mi mente enloquecida.
—"He visto lo que puedes llegar a pensar, Natalia. Tu mente no da para tanto".
Talia frunció el ceño, creyendo que aquel dios solo estaba allí para tomarle el pelo, y Quetzal ni siquiera se molestó en ocultarlo.
—"Me da la impresión de que voy a tener que ir despacio contigo, así que intentaré explicártelo de la forma más sencilla posible: Yo soy Quetzalcóatl. Yo soy un dios. Yo soy una serpiente con alas. Sí, puedo hablar. Sí, puedo volar. Sí, puedo controlar los vientos a mi antojo. Y no, no me puedes tocar porque soy un espíritu que habita justo en la marca de tu mano derecha. ¿Responde eso a tus preguntas?".
Talia se lo pensó, aunque todas esas respuestas resumían muchas de sus dudas. En cambio, optó por una más visual.
—¿Por qué eres tan chiquito? Cuando te encontré, ¡eras enorme!
—"En perspectiva, sí. Nosotros, los dioses, podemos cambiar nuestro tamaño a nuestro antojo. Tampoco es tan difícil que digamos, y mejor adoptar una forma en la que pueda comunicarme contigo sin tener que verte tan diminuta y pequeñita. Así le daré menos sustos a tu frágil corazón".
—Mira que te haces querer, Quetzal...
De repente, otro esclavista apareció por la puerta del almacén, yendo a cada jaula vacía para inspeccionarla por dentro y luego cerrarla con llave. Ni siquiera prestó atención a Quetzal, pasando justo al lado de él mientras trabajaba. Cuando terminó, se dirigió hacia la salida y atravesó el cuerpo espiritual de la serpiente sin mostrar la menor reacción, como si este no existiera. Acto seguido, cerró la puerta del almacén tras de sí, dejándoles de nuevo a solas.
—"Ya lo ves" —le dijo Quetzal a Talia—. "Si esos esclavistas no me ven, eso es porque no pueden hacerlo. Solo los dioses o sus respectivos marcados son capaces de detectar mi presencia".