Romance de los Tres Vientos - Acto 2

Capítulo 8. Cuando nadie escuchaba

La noche continuaba en aquel sombrío almacén de esclavos, con nuestra chica despertando en medio de la oscuridad.

Nada más recuperar la consciencia, Talia se encontró con que aún se encontraba encerrada en aquella jaula para esclavos. Al menos esta vez no había sido trasladada sin su consentimiento, pero no podía alegrarse demasiado, sintiendo que estaba en el mismísimo purgatorio.

En cuanto a su despertar, no había sido por propia voluntad. Creyó haber sentido un gran dolor en la mano derecha, tan fuerte que incluso la llevó a gemir de dolor mientras dormía, aunque ella no lo supiera. Pero ahora, con ella despierta, el dolor había desaparecido, como si nada malo le hubiera ocurrido. Sin embargo, Talia no se iba a olvidar de él tan fácilmente, pues era una sensación demasiado familiar, muy semejante a la que sintió en su odisea por las alcantarillas del Nuevo Estado.

—(¿Pero qué diantres le pasa a mi mano?) —pensó Talia, cuya causa y solución estaban muy lejos de su comprensión.

Las palabras no servirían de nada, así que decidió no darle más importancia. Una vez más intentó acurrucarse en sus brazos para dormir, pero entonces un fuerte escalofrío le recorrió la espalda, no por el frío sino por el repentino sentimiento de que alguien la vigilaba desde las sombras. Talia volvió a levantar la cabeza en busca de un posible culpable, esperando que hubiera uno en primer lugar. Si no fuese así, ya podía darse por loca, pero por suerte sí que acertó. El culpable no era otro que su vecino Armando, que estaba allí despierto, mirándola fijamente. Ambos intercambiaron unos segundos de silencio hasta que el propio chico levantó la mano, saludándole de aquella manera. Imitándole, Talia hizo lo mismo.

—Así que es verdad. Estás despierta —dijo Armando.

—¿Lo dudabas? —preguntó Talia.

—Un poco. Con la poca luz que hay, nunca se sabe.

Talia levantó la cabeza, prestándole atención.

—¿Y tú? ¿Qué haces tú despierto? —Talia sonrió con cierta malicia—. No serás uno de esos a los que les gusta espiar a chicas dormidas.

—Bueno...—Armando soltó una risita avergonzada—. Digamos que sentía curiosidad por mi nueva vecina. Puede que sea un esclavo, pero yo también tengo deseos de ligar con toda bella mujercita que merezca mi atención.

En cualquier otro caso, Talia ya hubiera tachado aquel comentario como raro e inoportuno, pero... ¿qué no era extraño en una situación como la que estaba? Por eso se lo tomó a broma, sin darle tanta importancia.

—En serio, Armando. Con tanta chica que hay por aquí, me sorprende que no te hayas ganado más de un corazón.

—Pues a mí me resulta muy comprensible. Estaba guardando ese espacio para ti.

Ahora sí que no pudo aguantarlo. Aquel comportamiento tan romántico le sacó a Talia una pequeña carcajada, lo suficientemente alta como para llamar la atención del macarra carcelero. Este hombre volvió a entrar, vela en mano, y paseó por delante de las jaulas en busca del origen del ruido, pero no encontró a nadie que no estuviera dormido. Al menos ese fue su punto de vista, sin darse cuenta de que Talia y Armando estaban fingiendo.

Después de aquel paseo, y tras no encontrar al culpable, el carcelero rugió en voz baja y salió del almacén, prefiriendo no montar un escándalo que pudiera despertar a todos aquellos niños molestos.

—Por los pelos...—suspiró Talia cuando lo perdieron de vista.

—Será mejor que bajemos un poco la voz —sugirió Armando—. Por cierto, hay algo que debo confesarte: sigo despierto porque estaba preocupado por ti. Mientras dormías, emitías unos ruiditos con la boca, como si estuvieras sufriendo. ¿Has tenido una pesadilla?

—¿Acaso hay pesadilla peor que lo que estoy viviendo? —replicó ella, aunque enseguida trató de restarle importancia a sus anteriores quejidos—. Puede que haya aplastado una de mis manos sin darme cuenta y me haya hecho daño. ¡Es que resulta dificilísimo dormir en estas condiciones! ¿Cómo lo haces tú?

—Ni yo mismo lo sé. Quizás sea por los meses que llevo acostumbrado, o quizás haya sido más tiempo. Ya ni sé cuánto ha pasado.

—Pero... ¿no dijiste que llevabas tres años de esclavo?

—Eso no significa que viviera todo el tiempo en esta misma celda, ni que estuviera encerrado por la misma banda. Durante estos tres años he pasado por diferentes... cómo llamarlos... dejémoslo en "amos". Cada uno más cruel que el anterior. Es una larga historia.

Armando creyó que era mejor dejarlo así, pero Talia no dejó de mirarle a los ojos, esperando que continuara.

—¿En serio quieres escucharla? —preguntó Armando con cierta timidez—. No es que suela hablar mucho de mí. Aquí, cuanto menos oigan, menos lo podrán usar en tu contra.

—No voy a juzgarte, Armán.

—Lo decía por los esclavistas, Dhalia. Ellos son quienes me preocupan —Armando echó un vistazo a su alrededor, sin ningún indicio de la presencia del carcelero—. No parece que haya nadie aquí, así que sí, te lo puedo contar... si quieres escucharlo, claro. Si no quieres, pues...

Entonces Armando sintió un leve golpecito en la nariz, provocado por el dedo de Talia.

—¡Hazlo de una vez, tonto! —susurró ella, sin mala intención, mientras ocultaba lo divertido que le parecían las reacciones avergonzadas de Armando.



#1235 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 08.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.