En lo bajo, una verja. En el medio, una colina. En lo alto, una mansión. Tres pasos a seguir para encontrar a los niños esclavos que la banda vendió.
Una furgoneta, tan oscura como la noche misma, se detuvo en la entrada de esta misma verja, que estaba abierta para todo aquel que osara entrar por ella. Con el paso de los años, los esclavizadores de la mansión se habían dado cuenta de que era un tostón tener que mandar a alguien colina abajo para que la abriera y cerrara, sobre todo con la cantidad de vehículos que solían atravesarla tanto de día como de noche. No tardaron en decidir que se quedara siempre abierta, sin importar quiénes pasaran por ella. Después de todo, el personal armado ya hacía todo el trabajo, desde saludar a los turistas y visitantes hasta enterrar bajo suelo a quienes no eran bien recibidos. Y ahora serían ellos quienes se atrevieran a poner un pie en la mansión.
—Llegamos —dijo Callum, el conductor—. La mansión de Grant. Allí es donde estarán retenidos los niños esclavos.
—¿Cómo sabes que siguen ahí? —preguntó Talia, sentada en el asiento del copiloto.
—Es solo una suposición. No creo que hayan podido administrarlos todavía. Solo han pasado unas horas desde la venta, a menos que sean demasiado eficientes en sus negocios. Y por lo que he visto en todas nuestras transacciones, me temo que no pueden ser más lentos. Mejor para nosotros.
Callum volvió a arrancar la furgoneta y la condujo por la entrada de la verja, siguiendo el único camino que había. En el trayecto, Talia se fijó en un cartel que se iluminó con los faros, leyendo aquello que ponía en él:
—¿"Bienvenidos a la mansión Dolly Doll"? —dijo Talia, quedándose pensativa, para luego apuntar a Callum con su mano plana en un intento de amenazarle—. ¿Dónde me estás llevando? Porque no parece que tenga que ver con esclavistas de niños.
A pesar de tener aquella mano asesina tan cerca de su rostro, Callum prefirió no prestarle atención. Tampoco es que estuviera engañándola. Aquella mansión era su destino.
—¿Has oído acerca de las muñecas Dolly Doll? —le preguntó Callum a Talia.
—¡Por supuesto que sí! Solía jugar con ellas cuando era pequeña. Eran la sensación del momento: pelo peinable, articulaciones movibles, complementos intercambiables...
—Con un sí bastaba y sobraba. Ahora bien: ¿sabes quién es el creador de las muñecas?
Talia lo negó con la cabeza.
—No tengo ni la menor idea. Por una parte es comprensible: un niño pequeño nunca se pregunta quién ha creado sus juguetes. Solo quiere jugar con el producto.
Callum sintió la necesidad de explicarlo, pues era esencial para su nueva misión.
—Las muñecas Dolly Doll son la creación del millonario Frederick Grant. En un principio parece que solo es un simple magnate de la industria juguetera, pero si excavas más hondo acabas descubriendo que es uno de los principales esclavistas de niños de América.
—Un monstruo, entonces.
—Me da igual cómo quieras llamarle, pero la verdad sigue siendo la verdad: fue él quien compró nuestra mercancía. Por lo que oí, Grant utiliza a los niños como mano de obra barata, mandándolos a trabajar en sus fábricas de muñecas. Mejor rezar para que no lo hayan hecho todavía o tendremos que pasar por las cien mil fábricas que tendrá la marca. Ojalá no sea lo último.
Callum apagó las luces nocturnas de la furgoneta. Mejor así, para evitar las posibilidades de que les descubran.
—¿Aún quieres hacer esto? —preguntó Callum a Talia—. Te recuerdo que vas a poner tu vida en peligro por unos niños que ni siquiera conoces.
—Sí, lo sé, pero no pienso cambiar de opinión. Olvidas que por un momento yo también fui vuestra esclava. Quizás no estuve tanto tiempo como muchos de ellos, pero me hice a la idea de lo que me esperaba y solo me entraban ganas de llorar. Unos lloros que no serían escuchados porque nadie me iba a rescatar.
Callum se quedó en silencio, y con razón: era uno de los principales culpables de lo sucedido.
—¡Por eso debo ser yo quien los ayude! —continuó Talia, mostrando plena determinación en sus palabras—. Tengo que hacerlo yo, porque nadie más lo hará. ¡Yo soy su única esperanza! Y ten por seguro esto: no les voy a defraudar. Voy a sacarles de allí, sea como sea.
Ver tanta determinación en la muchacha desconcertó a Callum. Era inusual para él encontrarse con alguien que se comportara de aquella forma. Estaba más acostumbrado a encontrarse con esclavos que habían perdido toda esperanza, sumiéndose en los lloros y en la desesperación.
—Lo que tú digas, muchacha —dijo él—. Solo espero que nos dejes en paz cuando terminemos el trabajo.
—Dejémoslo en un "me lo pensaré".
—Eso me suena a que nunca nos vamos a librar de ti.
Callum suspiró, para después girarse hacia la parte trasera de la furgoneta, dirigiéndose a su fiel compañera Arcey. También le sorprendía que no hubiera dicho ninguna palabra, siendo ella como era.
—¡Arcey, vete preparándote! ¡Salimos en cinco minutos! —pero no escuchó ninguna respuesta—. ¡Arcelline! ¿Me has oído?
—¡Sí, Callumcito! —se escuchó por atrás—. Dadme unos minutos, y nada de mirar. Aún me falta por cambiarme.