Tras dejar a Talia en manos de los hombres de Grant, Callum y Arcey tuvieron que seguir por su cuenta, justo como habían planeado. Estos dos se quedaron esperando en el vestíbulo a la llegada de Don Bairon, que había ido personalmente a encerrar a Talia en las jaulas de la segunda planta. Y mientras aguardaban su regreso, Callum aprovechó que los hombres de Grant estaban distraídos para compartir sus pensamientos con su compañera de banda.
—Arcey, este es el momento perfecto —susurró Callum.
—Perfecto... ¿por qué?
—¡Hablo de escapar, por supuesto! No he ideado todo este plan para llevarlo hasta el final. Solo quería dejarla con los Grant, y que ellos la maten o se lleven el muerto. Así que vamos: saldemos nuestras deudas y larguémonos de aquí.
Sin embargo, Arcey parecía no estar de acuerdo con la idea, revelándolo en su rostro fruncido.
—¿Pero tú estás de guasa? —soltó ella—. Tenemos un trato pendiente con Dhal, a menos que me estés diciendo que nuestra palabra no vale nada.
—Nunca he dicho eso —Callum hizo un gesto de negación con la cabeza, incapaz de entender la mentalidad de su compañera—. En serio, ¿por qué te importa tanto esa chica? ¡Es solo otra esclava!
—¡Mal! Ella es la esclava que te dejó temblando de miedo. ¡A ti, Callum! ¡A ti!
—Emm... Solo me pilló desprevenido. No es que veas a un niño cortando cabezas todos los días, y menos cuando no tienes ni idea de cómo lo hacen.
—Y por esa razón, punto a mi favor. Además, según tú mismo, ha matado a la mitad de nuestra banda. ¡Un buen logro! —Arcey se puso sentimental, abrazándose a sí misma—. Tú haz lo que quieras, pero yo me niego a perder a una chica tan mona como ella. ¡La adoptaré y la trataré como si fuera mi hijita pequeña!
—Por favor, deja los delirios a un lado —Callum se vio obligado a olvidar lo hablado—. Bien, bien. Si tanto quieres, seguiremos con el plan, arriesgando nuestras vidas como tontos...
Ambos se mantuvieron en silencio unos minutos más, prefiriendo no decir ninguna palabra mientras los hombres de Grant patrullaran cerca de ellos. Poco después apareció Don Bairon de nuevo, regresando al vestíbulo tras escoltar a Talia a su nueva prisión, pero no lo hizo en soledad: a su lado se encontraba otro de sus hombres, escribiendo en la libreta que sujetaba en sus manos.
—Perdonad si os he hecho esperar, dama y caballero —dijo Don Bairon nada más llegar—. Parece que me ha surgido un asunto importante y de última hora, por lo que no podré seguir atendiéndoos personalmente. Pero eso no debe preocuparos. Ya he tomado las medidas necesarias.
Don Bairon dejó que su compañero pasara delante, siendo el nuevo centro de atención.
—Este de aquí es Ryland, mi segundo al mando. Él será quien se encargue de nuestros negocios en mi ausencia. Tratad con él de la misma forma que trataríais conmigo.
—Entendido... —contestó Callum, escondiendo la ira de su interior. Tantos cambios de negociador le estaban frustrando bastante. Esperaba que fuese Grant en un intento de retenerlo para intercambiar su vida por los niños esclavos, pero no hubo suerte. Don Bairon también podía haberle servido, salvo que tampoco le iba a funcionar ahora. Al final le había tocado lo que parecía ser un simple esclavista de segundo rango. Un hombre cuya vida no tenía ningún valor para él.
Dejando al mando a Ryland, Don Bairon se despidió de Callum y Arcey con un simple gesto de manos, acompañado de una pequeña sonrisa que desapareció nada más darles la espalda. Su nueva tarea requería que volviera al segundo piso, y fue en las escaleras de subida cuando se le perdió la vista. Tampoco es que Callum tuviera más motivos para centrarse en él, por lo que dirigió su mirada al sustituto, que les invitaba a acompañarle con un pequeño gesto de manos.
—Si tenéis la bondad de seguirme —indicó Ryland—, nos dirigiremos a la sala de negociaciones. No está lejos.
Así hicieron los dos, comenzando su travesía por la parte baja de la mansión. La misma decoración del piso superior también se encontraba presente en la planta baja, reflejando el narcisismo del genio juguetero. Callum ni siquiera se molestó en mirarla, prefiriendo no mostrar su repulsión en presencia de los hombres de Grant. Debía de mantener la falsa apariencia, al menos hasta que todo acabara.
Su recorrido terminó delante de unas puertas dobles, con Ryland poniéndose delante de ellas. Tenía que bloquearles el camino, al menos hasta terminar de rellenar el papel que tenía en sus manos.
—Antes de nada —intervino Ryland—, tendréis que darme vuestros nombres. Me temo que es un requisito del procedimiento. Órdenes de Grant.
Aquel registro podía ser un acto sospechoso a primera vista, pero Callum y Arcey ya estaban preparados para cualquier situación inesperada, y esa era una de las más básicas de todas.
—James Joyce —se presentó Callum con aquel nombre.
—Muy bien, señor Joyce —Ryland lo escribió en el papel, y luego se dirigió a Arcey—. Nombre, por favor.
—Su presentación es innecesaria —interrumpió Callum—. Ella es solo mi secretaria. No tiene nada que ver en esto.
Aun así, Ryland tuvo deseos de saberlo, dirigiéndose directamente a Arcey sin importar la oposición de Callum.
—Nombre, por favor —pidió Ryland de nuevo.
—Molly Mallone —se presentó Arcey, haciendo una gentil reverencia.
Aquel gesto enfureció a Callum, que apartó a Arcey para volver a ser el centro de atención.
—¿Ya has terminado? —preguntó Callum, de muy mal humor.
—¡S-sí, mi señor! —respondió Arcey, con cierto nerviosismo.
—¡Pues no vuelvas a hablar! Una mujer no debe tener ni voz ni voto en un asunto tan importante como este.
—Lo entiendo, señor. No volverá a ocurrir.
—Eso espero —Callum apartó la vista de Arcey y se volvió hacia Ryland—. ¿Todo apuntado?
—Sí, señor Joyce. Ya podéis pasar.
Ryland abrió las puertas dobles y les invitó a entrar al interior, un cuarto de fina decoración utilizado solamente para las reuniones de negocios, con dos sillones alargados y cuatro butacas rodeando una pequeña mesa de cristal que les llegaba a las rodillas.