La primera vez que Sair sostuvo una lanza tenía seis años.
La segunda, siete.
La tercera, su padre tuvo que perseguirlo durante media aldea para recuperarla.
A los dieciséis seguía sin saber cuándo dejarla en paz.
—Estás muerto.
La punta de madera se detuvo a un dedo de su garganta.
Sair permaneció inmóvil.
Una gota de sudor descendió por su mejilla.
Frente a él, Aukan sonreía.
—Otra vez.
Sair apartó la lanza con rabia.
—Me resbalé.
—Claro.
—Había barro.
Aukan miró el suelo seco.
Luego volvió a mirarlo.
—Barro invisible.
Varias carcajadas estallaron alrededor.
Sair giró.
Un grupo de niños observaba el entrenamiento desde una cerca.
—¡Sair perdió otra vez!
—¡Van doce!
—¡Cállense!
Los niños rieron todavía más.
Aukan apoyó la lanza sobre su hombro.
Era un hombre grande, de cabello oscuro recogido detrás de la cabeza y brazos cubiertos de pequeñas cicatrices.
No era un gran jefe.
No era un comandante famoso.
Ni siquiera era el mejor guerrero de aquella aldea.
Pero para Sair, durante gran parte de su infancia, Aukan había sido el hombre más fuerte del mundo.
—¿Terminamos? —preguntó su padre.
Sair recogió su arma.
—Cuando te derrote.
—Entonces dile a tu madre que no me espere para cenar.
Sair atacó.
Esta vez no apuntó al pecho.
Amagó hacia la izquierda, cambió las manos y lanzó un golpe bajo.
Los ojos de Aukan se abrieron ligeramente.
La punta pasó rozando su ropa.
Sair sonrió.
Ese fue su error.
Aukan golpeó el asta.
La lanza salió volando.
Un instante después, Sair estaba otra vez en el suelo.
—Trece —dijo Aukan.
Sair cerró los ojos.
—Te odio.
—Eso significa que la lección está funcionando.
Una voz femenina llegó desde atrás.
—¿Todavía están con eso?
Yara caminaba hacia ellos con una cesta apoyada contra la cadera.
Sair se incorporó.
—Mamá, dile que pelee en serio.
Yara miró a Aukan.
Después miró a su hijo.
—Sair...
—¿Qué?
—Tu padre lleva toda la mañana intentando no matarte.
Los niños volvieron a reír.
—¡Mamá!
Hasta Aukan soltó una carcajada.
Sair recogió la lanza mientras murmuraba insultos.
Yara pasó junto a él y le revolvió el cabello.
—Ven a comer.
—Primero voy a derrotarlo.
—Entonces comeremos mañana.
Sair la miró, traicionado.
—¿Por qué nadie está de mi lado?
Aukan y Yara intercambiaron una mirada.
—Porque pierdes mucho —respondieron al mismo tiempo.
Sair abrió la boca.
No encontró respuesta.
Sus padres comenzaron a caminar hacia la casa mientras reían.
Él los observó.
Después sonrió.
No podía saberlo.
Ninguno de los tres podía.
Pero aquella sería la última vez que reirían juntos.
La aldea de Ubasá se encontraba encajada entre dos enormes montañas.
Casas de piedra, madera y barro descendían por las laderas, conectadas por senderos estrechos. Más abajo corría un río helado y, más allá, las montañas se sucedían unas tras otras hasta perderse entre las nubes.
Para Sair, aquello era el mundo.
Sabía que existían otros pueblos.
Los Guanes al oeste.
Los Muiscas mucho más al sur.
Los Taironas en tierras lejanas de las que hablaban algunos comerciantes.
Pero eran nombres.
Historias.
Lugares que probablemente jamás conocería.
Su vida estaba allí.
Hasta aquella noche.
Sair comía cuando su padre dejó el cuenco sobre la mesa.
—Partimos mañana.
Sair levantó la cabeza.
—¿A dónde?
Yara no respondió inmediatamente.
Aukan sí.
—A la frontera occidental.
Sair dejó de masticar.
Durante meses habían circulado rumores.
Mercaderes desaparecidos.
Cazadores encontrados muertos.
Patrullas que no regresaban.
Nadie hablaba todavía de guerra.
Pero cada semana parecía más difícil evitar aquella palabra.
—¿Los llamaron para luchar?
—No.
—Entonces, ¿para qué?
Yara intervino.
—Para hablar.
Sair frunció el ceño.
—¿Tú también vas?
—Conozco parte de su lengua comercial.
—No.
Yara arqueó una ceja.
—¿No?
—Papá puede ir.
Aukan casi se atragantó.
—Muchas gracias.
—Tú sabes pelear.
—Tu madre también.
Sair miró a Yara.
Ella sonrió.
—¿Nunca te has preguntado por qué tu padre siempre me da la razón?
Aukan bajó lentamente la mirada hacia su comida.
Sair soltó una pequeña risa.
Pero desapareció rápido.
—No quiero que vayan.
Esta vez ninguno bromeó.
Aukan lo observó.
—Precisamente por eso debemos ir.
—No entiendo.
Su padre apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—Una guerra es fácil de comenzar, Sair.
Hizo una pausa.
—Lo difícil es detenerla.
—Si ellos atacan, peleamos.
Aukan negó con la cabeza.
—Eso lo dice alguien que nunca ha visto una.
Sair guardó silencio.
Su padre rara vez hablaba de las guerras en las que había participado.
—Cuando comienza una guerra —continuó Aukan—, todos creen que terminará rápido. Que ganarán una batalla, matarán al jefe enemigo y regresarán a casa.
Sus ojos cambiaron.
—Nunca ocurre así.
Sair lo observó.
—Entonces yo me haré lo bastante fuerte para terminarla rápido.
Aukan sonrió ligeramente.
—Todavía piensas que la fuerza de un hombre se mide por cuántas personas puede derribar.
—¿Y no?
—No.
—Entonces, ¿cómo?
Aukan miró a Yara.
Ella lo miró de vuelta.
Después volvió hacia su hijo.
—Algún día lo descubrirás.
Sair bufó.
—Siempre dices eso cuando no quieres responder.
Aukan rio.
—Y siempre funciona.
A la mañana siguiente, Sair acompañó a sus padres hasta la salida de Ubasá.
Ocho personas formaban la delegación.
Cuatro guerreros.
Dos representantes del consejo.
Aukan.
Y Yara.
Sair llevaba la lanza de su padre.
Cuando llegaron al sendero, Aukan extendió la mano.
—Creo que eso es mío.
Sair se la entregó.
—Seis días.
—Seis días —confirmó Aukan.
—Si tardas siete, iré a buscarte.
—Entonces regresaré en ocho solo para verte intentarlo.
Yara abrazó a su hijo.
Sair permaneció rígido.
—Mamá...
—Déjame.
—La gente está mirando.
—Que mire.
Lo abrazó todavía más fuerte.
Cuando finalmente lo soltó, le dio un pequeño golpe en el pecho.
—Cuida la casa.
—Sí.
—Come.
—Sí.
—Y no hagas ninguna estupidez.
Sair miró a su padre.
—Eso depende de cuánto tarde él.
Aukan sonrió.
La delegación comenzó a marcharse.
Sair levantó una mano.
—¡Papá!
Aukan se giró.
—¡Cuando regreses quiero otra pelea!
Su padre abrió los brazos.
—¿Quieres perder catorce veces?
—¡Esta vez voy a ganar!
Aukan rio.
Después se dio vuelta.
Sair permaneció allí hasta que las ocho figuras desaparecieron entre las montañas.
Llegó el sexto día.
Sair esperó junto a la entrada de la aldea.
Sus padres no regresaron.
El séptimo día volvió.
Nada.
El octavo dejó de fingir que no estaba preocupado.
—Las negociaciones pueden demorarse —le dijo uno de los ancianos.
El noveno día, Sair caminó hasta el primer puesto de vigilancia.
Nada.
El décimo, exigió que enviaran hombres.
El consejo ya lo había hecho.
El undécimo día tampoco regresaron los exploradores.
El duodécimo...
nada.
Al decimotercero, Sair dejó la lanza de entrenamiento apoyada junto a la puerta.
Ya no tenía ganas de utilizarla.
La mañana del día catorce comenzó con un cuerno.
OOOOOOOH.
Sair abrió los ojos.
Un segundo toque.
OOOOOOOH.
Se levantó de golpe.
Salió de la casa.
La gente corría hacia la entrada.
Sair también.
—¡Llegó gente de la frontera!
Su corazón golpeó contra su pecho.
Corrió más rápido.
Empujó entre la multitud.
—¡Déjenme pasar!
Durante un instante creyó que eran ellos.
Entonces los vio.
Dos hombres.
Extranjeros.
Y entre ambos...
una caja de madera.
Sair redujo el paso.
No sabía por qué.
Pero cada parte de su cuerpo le gritó que no se acercara.
El capitán de la aldea bloqueó el camino.
—¿Quiénes son?
Uno de los hombres dejó la caja en el suelo.
THUM.
—Mensajeros.
—¿Dónde está nuestra delegación?
El extranjero observó la caja.
—Aquí.
Nadie habló.
Sair sintió frío.
El capitán desenvainó su arma.
—Explícate.
—Nuestros señores recibieron su propuesta de paz.
El hombre sonrió.
—Esta es su respuesta.
Sair avanzó.
—Ábranla.
Varias personas lo miraron.
El capitán negó.
—Sair.
—Ábranla.
—Muchacho...
—¡ÁBRANLA!
Un guerrero se aproximó.
Colocó una mano sobre la tapa.
Dudó.
La levantó.
El olor llegó primero.
Alguien gritó.
Una mujer apartó a sus hijos.
El guerrero que había abierto la caja retrocedió.
Sair no pudo moverse.
Había ocho cabezas dentro.
Los ocho miembros de la delegación.
Buscó entre ellas.
Una.
Dos.
Tres.
Entonces encontró a su padre.
Aukan tenía una profunda herida sobre la frente.
Sus ojos estaban abiertos.
Sair dejó de escuchar el mundo.
Y después...
vio a su madre.
—No.
Nadie respondió.
—No.
Dio un paso.
Alguien intentó detenerlo.
Sair apartó la mano.
Se arrodilló frente a la caja.
—Mamá.
Nada.
Tocó su cabello.
Frío.
—Mamá...
Su voz se quebró.
Miró a Aukan.
Por un instante absurdo esperó que su padre sonriera.
Te engañé.
Que se levantara.
Que lo golpeara con aquella maldita vara.
Que se burlara de él por haber llorado.
Pero Aukan permaneció inmóvil.
Sair comenzó a temblar.
Entonces vio el cuero.
Estaba colocado entre las cabezas.
Manchado de sangre.
El capitán intentó tomarlo.
Sair fue más rápido.
Había una frase.
Solo una.
Sair la leyó.
Una vez.
Después otra.
ESTO ES LO ÚNICO QUE LOS CHITAREROS RECIBIRÁN DE NOSOTROS.
Algo dentro de él se rompió.
—¿Quién?
Los mensajeros permanecieron en silencio.
Sair se levantó.
—¿Quién hizo esto?
—Sair —advirtió el capitán.
—¡QUIERO UN NOMBRE!
El mensajero lo observó sin emoción.
—Un muerto no necesita saber nombres.
Sair se lanzó sobre él.
—¡SAIR!
Tres guerreros lo atraparon.
—¡SUÉLTENME!
—¡Cálmate!
—¡LO VOY A MATAR!
El mensajero ni siquiera retrocedió.
Sair forcejeó.
—¡TE VOY A MATAR!
—¡Sair!
—¡LOS VOY A MATAR A TODOS!
El capitán lo golpeó.
No con fuerza.
Solo lo suficiente.
Sair cayó de rodillas.
—Mira a tus padres —dijo el hombre.
Sair respiraba desesperadamente.
—Míralos.
Sair levantó los ojos.
—Eso es la guerra.
Silencio.
—¿Todavía tienes tanta prisa por conocerla?
Sair no respondió.
Por primera vez en su vida...
no tenía respuesta.
Los cuerpos fueron enterrados antes del anochecer.
No hubo música.
No hubo celebración de los muertos.
Solamente silencio.
Sair permaneció frente a las dos tumbas cuando todos se marcharon.
En sus manos sostenía la lanza de Aukan.
Los exploradores la habían encontrado cerca de los cadáveres.
La punta estaba rota.
Había sangre seca alrededor del filo.
El capitán se acercó.
—Tu padre mató a siete.
Sair no reaccionó.
—Encontramos siete cadáveres alrededor de él.
Silencio.
—Tu madre también luchó.
Los dedos de Sair se cerraron alrededor del asta.
—¿Sufrieron?
El capitán tardó demasiado en responder.
Sair entendió.
—Ya veo.
El hombre comenzó a marcharse.
—Capitán.
Se detuvo.
—Quiero entrar al ejército.
—No.
Sair levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo no quieres ser soldado.
—Sí quiero.
—No.
El capitán señaló la lanza.
—Quieres matar.
Sair guardó silencio.
—Hay una diferencia.
—Enséñamela.
El capitán lo observó durante varios segundos.
—Vete a casa.
Sair bajó la mirada.
—Ya no tengo una.
El hombre se quedó inmóvil.
Por primera vez, su expresión cambió.
Sair tomó la lanza de su padre y comenzó a caminar.
—¿Adónde vas?
—Al campamento.
—No sabes dónde está.
Sair se detuvo.
El capitán suspiró.
—Puerta norte. Antes del amanecer.
Sair volteó.
—¿Eso significa que puedo entrar?
—Significa que puedes intentarlo.
Sair asintió.
Continuó caminando.
—Sair.
Volvió a mirar.
El capitán tenía una expresión extraña.
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué?
El hombre miró hacia las montañas.
Sair siguió su mirada.
Una luz apareció en una cima.
Después otra.
Y otra.
Decenas.
Centenares.
Antorchas.
Puestos de vigilancia encendiéndose uno detrás de otro.
Por primera vez en generaciones, las montañas parecían arder.
—Hace una hora —dijo el capitán— llegó una orden del Gran Cacique.
Sair observó las luces.
—¿Qué orden?
El capitán respondió:
—Todos los hombres capaces de portar armas serán llamados.
Sair apretó la lanza.
—¿Por las ocho personas que mataron?
El capitán negó lentamente.
—No.
Sair frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué?
El hombre lo miró.
—Porque hace tres días...
Hizo una pausa.
—Veinte mil guerreros cruzaron nuestra frontera.
Los ojos de Sair se abrieron.
Nunca había visto veinte mil personas juntas.
Ni siquiera podía imaginar un ejército semejante.
—¿Quiénes son?
El capitán observó las montañas encendidas.
—Eso es lo extraño.
Sair esperó.
—¿Qué?
—Todavía no lo sabemos.
El viento golpeó las tumbas.
Sair miró una última vez los nombres de sus padres.
Apretó la lanza.
Aquella mañana había sido un muchacho que soñaba con derrotar a su padre.
Aquella noche ya no tenía padre.
Ni madre.
Ni hogar.
Y al amanecer marcharía hacia un ejército cuyo nombre nadie conocía.
Muy lejos de allí, sobre una montaña que Sair jamás había visto, un hombre contemplaba las mismas antorchas encenderse una tras otra.
A su lado, un guerrero preguntó:
—¿Han mordido el anzuelo?
El hombre sonrió.
—Todavía no.
Movió una pequeña piedra roja sobre un mapa.
La colocó encima del territorio chitarero.
—Pero lo harán.
#1391 en Otros
#53 en Aventura
#272 en Novela histórica
guerras y estrategia militar, pueblos indígenas, venganza y ascenso al poder
Editado: 11.10.2026