Nadie encendió una fogata aquella noche.
No porque estuviera prohibido.
Porque nadie quería mirar las que ardían alrededor.
Sair estaba sentado sobre una roca con la lanza apoyada entre las piernas.
Al otro lado del valle, cientos de puntos anaranjados cubrían las montañas.
A la izquierda había más.
A la derecha también.
Incluso detrás.
Parecía que las estrellas hubieran descendido del cielo para encerrarlos.
Cada luz significaba hombres.
Enemigos.
Miles.
Kantu estaba sentado junto a él.
Llevaba varios minutos contando.
—Doscientas diecisiete.
Sair no respondió.
—Doscientas dieciocho.
Silencio.
—Doscientas diecinueve.
Sair giró.
—¿Puedes parar?
Kantu miró las fogatas.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si cuento no pienso.
Sair entendió.
Kantu continuó.
—Doscientas veinte.
Barek apareció cargando cuatro recipientes.
—Agua.
Kantu extendió inmediatamente las manos.
—Dame.
Barek retiró el recipiente.
—Despacio.
—Tengo sed.
—Todos.
Barek le entregó una pequeña porción.
Kantu la bebió de un trago.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Eso ni siquiera llegó a mi estómago.
Barek pasó el siguiente recipiente a Sair.
Había menos agua de la que esperaba.
Sair bebió la mitad.
Se detuvo.
Miró lo que quedaba.
—Tómala —dijo Barek.
—Ya bebí.
—Tienes sangre seca por toda la cara.
—No es mía.
Barek lo miró.
—No pregunté.
Sair terminó el agua.
Sintió culpa inmediatamente.
—¿Cuánto queda?
Barek tardó en responder.
—No sé.
—Mientes mal.
—Entonces no preguntes cosas cuya respuesta no quieres escuchar.
Kantu dejó de contar.
—¿Cuánto?
Barek miró hacia el campamento destruido.
El humo todavía ascendía.
—Escuché a dos encargados de provisiones.
Sair esperó.
—Tenemos agua para mañana.
Kantu frunció el ceño.
—¿Solo mañana?
—Si se raciona.
—¿Y después?
Barek no respondió.
Kantu volvió a mirar las fogatas.
—Doscientas veintiuna.
Los heridos ocupaban casi toda la parte central de Akor.
Sair pasó junto a ellos cuando Daruk ordenó mover la unidad.
Había cientos.
Algunos gemían.
Otros permanecían en silencio.
Eso era peor.
Curanderos corrían entre cuerpos.
Vendajes.
Agua.
Sangre.
Un hombre llamaba a su madre.
Otro preguntaba una y otra vez dónde estaba su hermano.
Nadie respondía.
Sair reconoció a uno de los reclutas de su grupo.
Yaco.
El mismo que había peleado a su izquierda.
Estaba sentado contra una piedra.
—Yaco.
El muchacho levantó la mirada.
—Sair.
Sair se acercó.
—¿Qué haces aquí?
Yaco sonrió.
—Descansando.
Sair bajó los ojos.
La pierna derecha estaba cubierta por un vendaje completamente rojo.
—¿Qué pasó?
—Una lanza.
—¿Es grave?
Yaco se encogió de hombros.
—El curandero dijo que conservaré la pierna.
—Eso es bueno.
—Sí.
Yaco sonrió.
—Aunque también dijo que no caminaré durante un tiempo.
Sair miró alrededor.
No tenían un tiempo.
—Te sacaremos.
Yaco lo observó.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cómo?
Sair abrió la boca.
No salió nada.
Yaco rio.
—Era broma.
Sair apretó la mandíbula.
—No es gracioso.
—Para mí sí.
—Yaco...
—Sair.
Su voz cambió.
—Si ocurre algo...
—No.
—Escucha.
—He dicho que no.
Yaco lo agarró del brazo.
—Tengo una hermana.
Sair se quedó quieto.
—Se llama Amaia.
—Tú mismo se lo dirás.
—Vive en Siraká.
Kantu, que estaba detrás, levantó la cabeza.
—¿Siraká?
Yaco lo miró.
—Sí.
—Yo soy de allí.
Una pequeña sonrisa apareció.
—Entonces mejor.
Kantu se acercó.
—No digas estupideces. Cuando salgamos puedes decírselo tú.
Yaco miró su pierna.
—Claro.
Sair conocía esa expresión.
La había visto en los adultos cuando hablaban de sus padres.
Esperanza fingida.
—Vamos a salir —dijo.
Yaco lo miró.
Sair lo repitió.
—Vamos a salir.
Esta vez Yaco asintió.
—Está bien.
Daruk gritó desde lejos.
—¡SAIR! ¡KANTU!
Sair se levantó.
Yaco agarró nuevamente su brazo.
—Gracias por antes.
—¿Por qué?
—Por no romper la línea.
Sair recordó el entrenamiento.
Medio paso.
Solo medio paso podía matar a otro hombre.
—Descansa.
Se marchó.
No miró atrás.
Daruk esperaba junto a Barek.
Había perdido parte de su protección del hombro.
Una herida superficial cruzaba su brazo.
—¿Dónde estaban?
—Con Yaco.
Daruk guardó silencio un instante.
—¿Cómo está?
—Vivo.
Daruk asintió.
—Bien.
Se agachó.
Con una piedra dibujó un círculo sobre la tierra.
—Nosotros.
Alrededor trazó cuatro líneas.
—Ellos.
Kantu miró el dibujo.
—Prefería las fogatas.
Daruk ignoró el comentario.
—La situación es esta.
Señaló el norte.
—El ejército de Korak perdió muchos hombres, pero todavía tiene varios miles capaces de combatir.
Oeste.
—Treinta mil.
Sur.
—Una fuerza desconocida. Probablemente cuatro o cinco mil.
Este.
—Bloqueado.
Barek cruzó los brazos.
—¿Cuántos tenemos?
—Después de hoy...
Daruk dudó.
—Quizá quince mil capaces de luchar.
Kantu dejó de sonreír.
—¿Perdimos tres mil?
—Entre muertos y heridos.
Sair miró hacia el centro de Akor.
Miles de cuerpos.
Una batalla.
Solo una.
—¿Y ellos?
—Perdieron más.
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Editado: 13.10.2026