Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 6 — Cuando la victoria se convierte en derrota

El segundo hombre que Sair mató no tuvo rostro.

O, al menos, él nunca llegó a verlo.

Solo vio una lanza.

La punta apareció entre dos escudos enemigos y pasó tan cerca de su mejilla que sintió el aire cortándole la piel.

Sair reaccionó.

Apartó el arma con el asta de la suya.

Avanzó.

Clavó.

Retiró.

El hombre desapareció detrás de la formación.

Sair no supo dónde había golpeado.

Tampoco quiso saberlo.

—¡NO SE DETENGAN! —rugió Daruk.

Los Chitareros avanzaron.

¡THUM!

Escudos.

¡THUM!

Otro paso.

—¡LANZAS!

Decenas de puntas atravesaron los espacios.

Gritos.

Sair apretó los dientes.

Su brazo derecho ya comenzaba a doler.

No sabía cuánto tiempo llevaban luchando.

¿Diez minutos?

¿Una hora?

Podrían haber sido tres.

El campo de batalla había destruido su sentido del tiempo.

Solo existían órdenes.

Escudo.

Paso.

Lanza.

Respirar.

No caer.

Kantu estaba a su derecha.

Barek, varios hombres más adelante.

Daruk recorría la línea gritando órdenes.

Yaco continuaba a su izquierda.

Mientras pudiera verlos...

Sair podía seguir avanzando.

—¡OTRA VEZ!

La línea enemiga retrocedió.

Sair golpeó con el escudo.

El hombre frente a él perdió el equilibrio.

Sair levantó la lanza.

Podía matarlo.

Lo supo.

El enemigo también.

Durante una fracción de segundo sus ojos se encontraron.

Sair dudó.

Solo un instante.

Pero en una batalla, un instante podía ser demasiado.

El hombre atacó.

Sair intentó retroceder.

Una lanza pasó entre ambos.

Entró en el cuello del enemigo.

Sangre salpicó el rostro de Sair.

El hombre cayó.

Yaco retiró su arma.

—¡¿QUÉ HACES?!

Sair lo miró.

—Yo...

—¡SI DUDAS TE MATA!

Yaco volvió a la formación.

Sair respiró.

El cadáver estaba a sus pies.

Tuvo que pisarlo para avanzar.

Su estómago se revolvió.

No pienses.

Escudo.

Paso.

Lanza.

No pienses.

Desde la parte alta del paso, Korak veía desaparecer su ejército.

No comprendía cómo había ocurrido.

Hacía menos de una hora estaba seguro de que tenía a Zairá.

Doce mil hombres contra seis mil.

Una victoria sencilla.

Ahora sus tropas estaban comprimidas dentro de un corredor demasiado estrecho para maniobrar.

Los hombres de atrás empujaban.

Los de delante intentaban retroceder.

Los heridos caían y eran pisoteados por sus propios compañeros.

Desde las laderas, los arqueros chitareros disparaban sin descanso.

—¡ROMPAN EL BLOQUEO!

Korak levantó la enorme maza.

—¡QUIERO ESA SALIDA ABIERTA!

Un oficial cubierto de sangre llegó hasta él.

—¡No podemos!

Korak lo agarró por la protección del pecho.

—¿Qué dijiste?

—¡Las rocas bloquearon el camino!

—¡RETÍRENLAS!

—¡Nos disparan desde arriba!

Korak lo lanzó al suelo.

—¡ENTONCES SUBAN Y MÁTENLOS!

El oficial respiraba desesperadamente.

—No tenemos espacio.

Korak miró alrededor.

Por primera vez lo vio.

No a los Chitareros.

A sus propios hombres.

Miedo.

Aquello era peor.

Un ejército podía continuar luchando con hambre.

Con heridas.

Incluso sin comandante.

Pero cuando miles de hombres comenzaban a creer que estaban atrapados...

la batalla terminaba mucho antes de que murieran.

Korak apretó la maza.

—¡MÍRENME!

Los soldados cercanos voltearon.

—¡MÍRENME!

Más ojos se dirigieron hacia él.

Korak golpeó la maza contra un escudo chitarero.

Lo partió.

El guerrero detrás cayó.

Korak avanzó.

Golpeó a otro.

Después a otro.

—¡NO ESTAMOS ATRAPADOS!

Rugió.

—¡ELLOS ESTÁN ATRAPADOS AQUÍ CON NOSOTROS!

Algunos hombres gritaron.

Korak volvió a atacar.

—¡ADELANTE!

El miedo comenzó a transformarse.

Poco.

Pero suficiente.

Los soldados más cercanos siguieron a su comandante.

La presión contra la línea chitarera aumentó.

Daruk lo sintió.

—¡ESCUDOS!

El impacto hizo retroceder a toda la formación.

Sair clavó el pie en el barro.

Kantu chocó contra él.

—¡No puedo!

—¡EMPUJA!

—¡ESTOY EMPUJANDO!

Otro impacto.

Sair sintió dolor en el hombro.

La línea retrocedió.

Uno.

Dos pasos.

Daruk apareció.

—¡NO CEDAN!

Un enemigo golpeó un escudo.

Otro.

Otro.

De repente ya no parecían un ejército derrotado.

Algo los había cambiado.

Sair intentó mirar por encima de las cabezas.

Entonces lo vio.

Un hombre enorme.

Maza de piedra.

Korak.

Avanzaba destrozando la formación chitarera.

Cada golpe abría un espacio.

—Ese es... —murmuró Kantu.

Sair lo reconoció.

El hombre que había provocado a Zairá.

Korak golpeó.

Un escudo se partió.

El soldado detrás salió despedido.

Otro guerrero intentó atravesarlo con una lanza.

Korak atrapó el asta debajo del brazo y tiró.

El hombre perdió el equilibrio.

La maza descendió.

Sair apartó la mirada.

—Espíritus... —murmuró Kantu.

Korak rugió.

—¡ZAIRÁ!

El sonido recorrió el paso.

—¡¿DÓNDE ESTÁS?!

Sair sintió algo que no había sentido desde el comienzo de la batalla.

Miedo verdadero.

No miedo a morir.

Miedo a aquel hombre.

Korak avanzaba directamente hacia ellos.

Orak llegó hasta Zairá.

—¡El mensajero salió!

—¿Por dónde?

—Paso oriental.

—Bien.

Zairá observó la retaguardia.

Nada.

Todavía.

Eso era lo que la preocupaba.

—Ordena a la tercera y quinta unidad abandonar la presión.




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