Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 5 — El primer campo de batalla.

Sair despertó porque alguien estaba rezando.
Abrió los ojos.
Todavía era de noche.
A su alrededor, decenas de hombres permanecían tendidos sobre mantas, pero casi ninguno dormía.
Algunos miraban el cielo.
Otros revisaban sus armas una y otra vez.
Un muchacho sentado cerca de la fogata sostenía entre las manos una pequeña figura tallada en madera mientras murmuraba palabras que Sair no alcanzaba a escuchar.
Kantu estaba acostado a su lado.
—¿Estás despierto? —preguntó Sair.
—No.
—Acabas de responder.
—Estoy hablando dormido.
Sair se incorporó.
Kantu abrió los ojos.
—¿Ya amaneció?
—No.
—Entonces déjame morir tranquilo.
Sair miró hacia las montañas.
Todo estaba oscuro.
Sin embargo, podía sentirlo.
Había algo diferente.
Durante los últimos días, el campamento nunca había estado completamente silencioso. Siempre había martillos, conversaciones, animales, hombres moviendo provisiones.
Ahora no.
Miles de soldados esperaban.
Sair tomó la lanza de su padre.
Sus manos estaban frías.
Kantu se sentó.
—Sair.
—¿Qué?
—Tengo miedo.
Sair lo miró.
Kantu sonrió, pero esta vez no parecía una broma.
—Mucho.
Sair permaneció unos segundos en silencio.
—Yo también.
—¿En serio?
—Sí.
Kantu respiró aliviado.
—Bien.
Sair frunció el ceño.
—¿Por qué bien?
—Porque si tú decías que no, iba a sentirme todavía más cobarde.
Sair soltó una pequeña risa.
Barek apareció detrás.
Ya llevaba el escudo colocado.
—Levántense.
Kantu lo miró.
—¿Ya empezaste a dar órdenes?
—Soy jefe de escuadra.
—Desde ayer.
—Suficiente.
Barek le lanzó su protección de cuero.
Kantu la atrapó.
—Daruk quiere a todos formados antes del primer toque.
Sair se puso de pie.
—¿Sabemos qué está pasando?
—No.
—¿Entonces para qué formamos?
Barek lo miró.
—Porque Daruk lo ordenó.
Kantu suspiró.
—Definitivamente el poder te cambió.
Los cien hombres formaron antes del amanecer.
Esta vez nadie hablaba.
Sair estaba en la primera mitad de la unidad.
Kantu a su derecha.
Barek varios puestos más adelante.
Daruk caminaba frente a ellos.
No llevaba la vara de entrenamiento.
Sair se dio cuenta inmediatamente.
En su lugar, el capitán sostenía una lanza verdadera.
—Escuchen.
Cien pares de ojos se fijaron en él.
—Hoy probablemente algunos de ustedes vean un campo de batalla por primera vez.
Nadie se movió.
—Quiero que olviden todas las historias que hayan escuchado.
Daruk comenzó a caminar.
—No habrá canciones.
—No habrá héroes brillando bajo el sol.
—No escucharán a los espíritus llamándolos.
Se detuvo.
—Habrá barro.
—Sangre.
—Gritos.
—Y personas intentando matarlos.
Kantu tragó saliva.
Daruk continuó:
—Cuando eso ocurra, su cuerpo les pedirá una de tres cosas.
Levantó un dedo.
—Correr.
Otro.
—Quedarse paralizados.
Un tercero.
—O lanzarse contra el enemigo sin pensar.
Sus ojos se detuvieron sobre Sair.
Sair comprendió el mensaje.
—Las tres pueden matarlos.
Daruk señaló la formación.
—Por eso no quiero héroes.
Golpeó el escudo del primer hombre.
—Quiero una línea.
Otro.
—Un escudo.
Otro.
—Una lanza.
Otro.
—Un compañero.
Llegó frente a Kantu.
—¿Qué haces si el hombre de tu izquierda cae?
Kantu respondió inmediatamente.
—Cubro su espacio.
Daruk asintió.
—¿Si tu jefe muere?
—Sigo la formación.
—¿Si ves al hombre que asesinó a tu familia?
Kantu dudó.
Daruk miró a Sair.
—Tú.
Sair sabía perfectamente lo que estaba preguntando.
Apretó la mandíbula.
—Mantengo la formación.
—Más fuerte.
—Mantengo la formación.
—No te escuché.
Sair levantó la voz.
—¡MANTENGO LA FORMACIÓN!
Daruk sostuvo su mirada.
—Bien.
Sair no estaba seguro de poder hacerlo.
El primer cuerno sonó.
OOOOOOOH.
Miles de hombres comenzaron a moverse.
Un segundo toque.
OOOOOOOH.
Las unidades veteranas marcharon hacia las posiciones asignadas.
Un tercero.
OOOOOOOH.
Daruk levantó la lanza.
—¡EN MARCHA!
Los cien avanzaron.
Sair sintió inmediatamente que aquello era diferente.
Durante el entrenamiento, marchar había parecido sencillo.
Ahora tenía una lanza real.
Un escudo real.
Comida.
Agua.
Protección.
Y el conocimiento de que en algún lugar delante había miles de hombres que querían matarlo.
El cielo comenzó a aclararse.
La meseta de Akor apareció frente a ellos.
Desde allí podían verse los dos grandes accesos.
Norte.
Oeste.
Sair buscó movimiento.
Nada.
—¿Dónde están? —murmuró Kantu.
—Llegarán —respondió Barek.
—Preferiría que no.
Nadie discutió eso.
Sobre una elevación cercana, Zairá observaba.
A diferencia del resto del ejército, llevaba una expresión casi aburrida.
Su segundo comandante, Orak, estaba a su lado.
Era un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros y completamente calvo.
—Todavía nada —dijo Orak.
—Ya vienen.
—Los exploradores no han informado.
Zairá levantó la cabeza.
—Escucha.
Orak guardó silencio.
Al principio no oyó nada.
Después...
un sonido.
Muy lejano.
THUM.
Pausa.
THUM.
Otra pausa.
THUM.
Orak frunció el ceño.
—Tambores.
Zairá sonrió.
—Buenos días.
Sair también los escuchó.
Miles de soldados levantaron la mirada.
THUM.
El sonido llegaba desde el norte.
THUM.
Más fuerte.
THUM.
Entonces aparecieron.
Primero fueron pequeños puntos sobre una montaña.
Después filas.
Y más filas.
Sair dejó de respirar.
Hombres descendían por el paso.
Miles.
No llevaban un único color.
Algunos tenían escudos oscuros.
Otros protecciones de cuero.
Otros estaban prácticamente desnudos de cintura para arriba.
Pero marchaban juntos.
—Espíritus... —murmuró Kantu.
Sair había visto doce mil chitareros en el campamento.
Había visto dieciocho mil marchando.
Pero observar un ejército enemigo era diferente.
Porque cada uno de aquellos hombres tenía una única razón para estar allí.
Llegar hasta ellos.
—¿Son los veinte mil? —preguntó Kantu.
Daruk respondió desde delante.
—Sí.
—Parecen más.
—Siempre lo parecen.
Los tambores enemigos se detuvieron.
Silencio.
Después llegó un rugido.
—¡AAAAAAAAAH!
Veinte mil hombres gritaron al mismo tiempo.
El sonido golpeó la montaña.
Sair sintió cómo algo dentro de su pecho se encogía.
Algunos reclutas retrocedieron involuntariamente.
Daruk golpeó su escudo.
¡THUM!
—¡QUIETOS!
Otro capitán hizo lo mismo.
¡THUM!
Después otro.
¡THUM!
En segundos, miles de Chitareros golpearon sus escudos.
¡THUM!
¡THUM!
¡THUM!
Sair se unió.
El miedo no desapareció.
Pero dejó de sentirse solo.
—¿Atacarán? —preguntó Orak.
Zairá observó al ejército enemigo.
—No todavía.
—Están formando.
—Quieren que los veamos.
Orak sonrió.
—Nosotros también queremos que nos vean.
Zairá no respondió.
Sus ojos recorrían las filas enemigas.
Buscaban algo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Orak.
—Nada.
—Esa cara significa algo.
Zairá señaló.
—Mira el centro.
Orak observó.
—¿Qué tiene?
—Demasiado espacio.
Orak tardó unos segundos.
Entonces lo vio.
Las unidades enemigas mantenían una separación extraña alrededor del centro.
—Esperan a alguien.
—Sí.
Los tambores volvieron a sonar.
Esta vez el ejército enemigo se abrió.
Un grupo de aproximadamente quinientos guerreros avanzó por el centro.
Y detrás de ellos apareció un hombre.
Grande.
Mucho más que quienes lo rodeaban.
Llevaba una protección negra sobre el torso y sostenía una enorme maza de piedra apoyada sobre un hombro.
Su rostro estaba cubierto por líneas oscuras.
Orak lo observó.
—¿Lo conoces?
—No.
—¿Eso te preocupa?
Zairá sonrió.
—Me emociona.
Orak negó con la cabeza.
—Estás enferma.
—Probablemente.
El hombre levantó su maza.
Los veinte mil enemigos rugieron.
Zairá dejó de sonreír.
—Ah.
Orak la miró.
—¿Qué?
—Ya entendí.
—¿Qué cosa?
Zairá observó al comandante enemigo.
—Él no dirige este ejército.
Orak volvió a mirar.
—Veinte mil hombres acaban de gritar por él.
—Sí.
—Entonces...
—Es el hombre que quieren que pensemos que los dirige.
Orak guardó silencio.
—¿Cómo puedes saberlo?
Zairá señaló las filas.
—Míralas.
Orak observó.
—¿Qué?
—Cuando levantó el arma, gritaron.
—Sí.
—Pero ningún oficial esperó su señal para mover tropas.
Orak comenzó a comprender.
—Las órdenes vienen de otro sitio.
Zairá sonrió.
—Exactamente.
—¿De dónde?
La sonrisa desapareció.
—Eso quiero descubrir.
El gran guerrero enemigo avanzó solo.
Caminó hasta quedar en medio del terreno que separaba ambos ejércitos.
Clavó la maza contra el suelo.
—¡CHITAREROS!
Su voz llegó hasta las primeras líneas.
—¡¿QUIÉN COMANDA?!
Los soldados murmuraron.
Sair intentó ver.
—¿Qué está haciendo?
Daruk respondió:
—Provocando.
El hombre volvió a gritar.
—¡HE CRUZADO SUS MONTAÑAS!
Silencio.
—¡HE QUEMADO SUS ALDEAS!
Sair sintió que sus dedos se cerraban.
—¡HE MATADO A SUS HOMBRES!
La imagen de la caja apareció en su mente.
Aukan.
Yara.
—¡Y AHORA HE VENIDO POR SU GENERAL!
Sair dio medio paso.
Daruk lo vio.
—Quieto.
Sair respiró.
—Puede ser él.
—¿Quién?
—El que ordenó...
Daruk entendió.
—No lo sabes.
—Puede ser.
—Y puede no serlo.
El hombre enemigo levantó la maza.
—¡ZAIRÁ!
Un murmullo recorrió a los Chitareros.
—¡SAL!
Sair buscó a la Gran General.
—No irá —dijo Barek.
Kantu asintió.
—Obviamente.
Daruk no dijo nada.
Entonces escucharon risas.
Una sola persona.
Zairá caminaba hacia el frente.
Sair abrió los ojos.
—¿Qué está haciendo?
Daruk cerró los suyos.
—Siendo Zairá.
Orak la siguió.
—No tienes que hacer esto.
—Lo sé.
—Entonces vuelve.
—No.
—Zairá.
Ella se detuvo.
Orak casi nunca utilizaba su nombre sin título.
—Es una provocación.
—Sí.
—Puede tener arqueros escondidos.
—Probablemente.
—Entonces ¿por qué demonios vas?
Zairá miró al enorme guerrero.
—Porque quiero verlo de cerca.
—¿Para qué?
—Para saber si realmente cree que manda.
Orak suspiró.
—Un día voy a dejar que te maten.
—No lo harás.
—¿Por qué estás tan segura?
Zairá sonrió.
—Porque tendrías que hacer todo mi trabajo.
Orak la insultó en voz baja.
Zairá continuó caminando.
Ambos ejércitos observaron.
Zairá llegó hasta el centro.
El guerrero enemigo la superaba ampliamente en tamaño.
Miró su lanza blanca.
Después su rostro.
—¿Tú eres Zairá?
—Depende.
El hombre frunció el ceño.
—¿De qué?
—¿Quién pregunta?
Algunos soldados chitareros rieron.
El hombre apretó la maza.
—Mi nombre es Korak.
Zairá esperó.
Korak levantó la barbilla.
—¿No lo conoces?
—¿Debería?
Las risas aumentaron.
Korak golpeó el suelo con la maza.
—¡SOY EL HOMBRE QUE DESTRUIRÁ A LOS CHITAREROS!
Zairá lo observó.
—Ah.
Silencio.
—Entonces no.
Korak rugió y levantó la maza.
Miles de soldados agarraron sus armas.
Orak llevó una mano a su espada.
Daruk levantó el escudo.
Sair contuvo el aire.
Pero Korak no atacó.
La maza se detuvo.
Zairá no se había movido.
Ni siquiera había levantado su lanza.
—¿No tienes miedo? —preguntó Korak.
Zairá miró la maza.
—He visto más grandes.
Kantu murmuró:
—Me cae bien.
Daruk le dio un codazo.
Korak mostró los dientes.
—Mañana tu cabeza estará frente a mi tienda.
Zairá ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Mañana?
Korak se quedó inmóvil.
Fue apenas un instante.
Pero Zairá lo vio.
—Interesante.
Korak frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Zairá dio media vuelta.
—Nos vemos mañana.
Comenzó a marcharse.
Korak rugió:
—¡LA BATALLA ES HOY!
Zairá se detuvo.
Sonrió.
—Entonces deberías avisarle a quien realmente manda.
El rostro de Korak cambió.
Muy poco.
Suficiente.
Zairá continuó caminando.
Cuando regresó a sus líneas, Orak la alcanzó.
—¿Qué descubriste?
—Que es un idiota.
—Eso lo sabía desde aquí.
—Y que espera atacar mañana.
Orak frunció el ceño.
—Dijo que atacaría hoy.
—Su boca sí.
Zairá señaló sus ojos.
—Su cara no.
—Entonces tenemos tiempo.
—No.
Zairá aceleró el paso.
—Tenemos una oportunidad.
Orak la conocía suficientemente bien para preocuparse cuando escuchaba esa palabra.
—¿Qué estás pensando?
Zairá levantó la lanza blanca.
—Que sería una pena esperar hasta mañana.
La orden llegó poco después.
Sair no podía creerla.
—¿Atacaremos?
Daruk revisó su escudo.
—Sí.
Barek miró las filas enemigas.
—¿Ahora?
—Sí.
Kantu levantó la mano.
—Tengo una objeción.
Nadie lo miró.
—Ellos son más.
Daruk ajustó su casco.
—Lo sabemos.
—Están en una posición buena.
—Lo sabemos.
—Y nosotros apenas sabemos caminar juntos.
Daruk lo miró.
—También lo sabemos.
Kantu abrió los brazos.
—Entonces me tranquiliza que todos conozcamos el problema.
Sair observó al enemigo.
—¿Nosotros también atacaremos?
Daruk negó.
—Somos reserva.
Sair sintió alivio.
Después decepción.
Daruk vio ambas emociones.
—No tengas tanta prisa.
—No la tengo.
—Mientes mal.
Daruk señaló el campo.
—Mira.
Sair obedeció.
—Aprende.
Zairá colocó seis mil veteranos frente al ejército enemigo.
Solo seis mil.
Korak comenzó a reír cuando los vio.
—¡QUIERE MORIR!
Sus oficiales también sonrieron.
Uno se acercó.
—¿Atacamos?
Korak levantó la maza.
—Esperen.
Recordaba la orden.
No iniciar una batalla total hasta el día siguiente.
Pero aquello era diferente.
Solo seis mil.
Podía destruirlos.
Miró hacia una montaña distante.
No había señales.
Zairá estaba ofreciéndole una victoria.
Una victoria enorme.
—Preparen diez mil.
Orak miró a Zairá.
—Mordió.
—Claro.
—Mandará diez mil.
—Doce.
—¿Cómo sabes?
—Es orgulloso.
Un explorador llegó.
—¡General! ¡Doce mil enemigos avanzan!
Orak miró a Zairá.
Ella sonrió.
—Me debe comida.
—No apostamos.
—Yo sí.
Sair vio avanzar a los doce mil.
La tierra comenzó a vibrar.
Nunca había visto algo semejante.
Filas enteras descendían hacia los seis mil chitareros.
—Los van a aplastar —murmuró Kantu.
Daruk negó.
—Mira.
Los seis mil de Zairá comenzaron a retroceder.
—Están huyendo —dijo Barek.
—No —respondió Sair.
Daruk lo miró.
Sair observaba sus pasos.
—Todos retroceden igual.
Ni una formación se había roto.
Ni un hombre corría.
—Los están llevando a algún sitio.
Daruk sonrió ligeramente.
—Bien.
Sair miró las montañas.
Entonces comprendió.
El paso estrecho.
El que había visto el día anterior.
—Allí.
Señaló.
Daruk siguió su dedo.
—¿Qué?
—Quiere llevarlos allí.
Los seis mil Chitareros entraron en el paso.
Los doce mil enemigos los siguieron.
Korak avanzaba detrás.
—¡NO LOS DEJEN ESCAPAR!
Un oficial se acercó.
—General, deberíamos detenernos.
Korak lo miró.
—¿Por qué?
—El paso es demasiado estrecho.
—¡Precisamente!
Señaló a los Chitareros.
—¡No pueden formar!
El oficial observó las montañas.
Algo no le gustaba.
—Pero tampoco nosotros.
Korak no escuchó.
—¡ADELANTE!
Miles entraron.
Primero mil.
Después tres.
Cinco.
Ocho.
Cuando el último grupo comenzó a cruzar...
Zairá levantó una mano.
—Ahora.
Sair escuchó un cuerno.
No uno chitarero.
Tres notas cortas.
Después...
la montaña explotó.
No literalmente.
Cientos de hombres aparecieron sobre las laderas.
Habían estado escondidos desde la noche anterior.
Empujaron troncos.
Rocas.
Barreras preparadas.
El camino detrás del ejército enemigo desapareció.
BOOOOOOM.
Kantu abrió la boca.
—Los encerró.
Sair sintió que se le erizaba la piel.
Doce mil enemigos habían entrado.
Pero dentro del paso apenas podían combatir unos pocos miles a la vez.
Los seis mil chitareros dejaron de retroceder.
Giraron.
Escudos.
Lanzas.
Formación.
El ejército enemigo intentó avanzar.
No pudo.
Intentó retroceder.
Tampoco.
Entonces desde las montañas comenzaron a caer flechas.
Sair miró a Zairá.
La Gran General permanecía sobre una elevación con la lanza apoyada en el hombro.
Había convertido doce mil hombres...
en una multitud atrapada.
—Eso... —murmuró Sair.
Daruk lo escuchó.
—¿Qué?
Sair no apartó los ojos.
—Eso es un Gran General.
Daruk sonrió.
—No.
Sair lo miró.
Daruk señaló el campo.
—Esto apenas está empezando.
Korak golpeó a uno de sus propios soldados.
—¡AVANCEN!
—¡NO PODEMOS!
—¡ABRAN EL CAMINO!
Las flechas seguían cayendo.
Sus hombres comenzaban a entrar en pánico.
Entonces lo comprendió.
Zairá nunca había intentado derrotar a veinte mil.
Había conseguido que él mismo dividiera su ejército.
—Maldita...
Un cuerno chitarero resonó.
Korak levantó la cabeza.
En la entrada norte del paso aparecieron nuevos estandartes.
Cinco mil Chitareros.
Frescos.
Preparados.
Y al frente...
Zairá.
La Gran General levantó su lanza blanca.
—Korak.
Su voz no podía llegar hasta él.
Pero Korak supo exactamente qué estaba diciendo.
Te encontré.
Sair sintió un golpe en el hombro.
Daruk.
—Prepárate.
Sair lo miró.
—¿Qué?
—Nos movemos.
—Pensé que éramos reserva.
—Lo éramos.
Daruk levantó la lanza.
—Ya no.
Kantu palideció.
—¿A dónde vamos?
Daruk señaló el paso.
Hacia miles de enemigos atrapados.
—Allí.
Sair sintió cómo su corazón comenzaba a golpear.
Esta vez no era entrenamiento.
No observaría desde lejos.
No había una vara de madera.
No habría un segundo intento.
Daruk caminó frente a sus cien hombres.
Los miró.
—Escudos.
Cien brazos se levantaron.
—¡ESCUDOS!
¡THUM!
—Lanzas.
Las puntas descendieron.
—¡LANZAS!
Sair sintió el peso del arma de su padre.
Recordó sus palabras.
Una guerra es fácil de comenzar.
Miró a Kantu.
Tenía miedo.
Miró a Barek.
También.
Después miró sus propias manos.
Temblaban.
Daruk levantó la lanza.
—¡MARCHEN!
Dieron el primer paso.
Después otro.
Y otro.
Los gritos comenzaron a escucharse.
Sair respiró.
Escudo.
Otro paso.
Lanza.
Más cerca.
El hombre de tu izquierda.
Kantu.
El hombre de tu derecha.
Un recluta llamado Yaco.
Sair sabía su nombre.
Daruk tenía razón.
Ya no eran desconocidos.
Los primeros heridos comenzaron a pasar junto a ellos.
Sangre.
Muchísima.
Un hombre era cargado sin una pierna.
Kantu dejó de mirar.
—Sair...
—Estoy aquí.
—No te alejes.
Sair apretó la lanza.
—Tú tampoco.
Llegaron a la entrada.
El sonido era ensordecedor.
Metal.
Piedra.
Madera.
Gritos.
Sair vio caer a un hombre.
Después otro.
La formación delante de ellos avanzó.
Daruk levantó el arma.
—¡PRIMERA FILA!
Sair respiró.
—¡AVANCEN!
Se movieron.
Entonces ocurrió.
Un enemigo atravesó la línea.
Tenía sangre cubriéndole el rostro.
Un cuchillo en la mano.
Corrió directamente hacia Kantu.
Kantu se congeló.
—¡KANTU!
Sair no pensó.
Su cuerpo se movió.
La lanza de Aukan avanzó.
La punta entró debajo de las costillas del hombre.
Sair sintió resistencia.
Después...
cedió.
Los ojos del enemigo se encontraron con los suyos.
Sair dejó de escuchar el campo.
El hombre abrió la boca.
Sangre descendió por su barbilla.
Sair miró sus manos.
La lanza estaba dentro de otro ser humano.
El hombre intentó respirar.
No pudo.
Sair soltó el arma.
El cuerpo cayó.
La lanza cayó con él.
Sair permaneció inmóvil.
Kantu lo miró.
—Sair...
El muchacho observó al hombre en el suelo.
Era joven.
Tal vez veinte años.
Quizá menos.
No parecía un monstruo.
No parecía diferente a ellos.
Estaba muriendo.
Sair sintió náuseas.
—Yo...
Una sombra apareció detrás de Kantu.
Otro enemigo.
Sair lo vio.
—¡ABAJO!
Empujó a Kantu.
No tenía su lanza.
El enemigo levantó el arma.
Sair intentó alcanzar el cuchillo de su cintura.
Demasiado lento.
El golpe descendió.
¡CLANG!
Un escudo apareció entre ambos.
Barek.
Golpeó al enemigo.
Daruk apareció detrás y atravesó su pecho.
—¡SAIR!
Sair reaccionó.
—¡SÍ!
—¡TU ARMA!
Miró la lanza en el suelo.
La recuperó.
—¡FORMACIÓN!
Sair volvió junto a Kantu.
Kantu respiraba desesperadamente.
—Casi...
—Lo sé.
—Tú...
—Después.
Sair levantó el escudo.
Su cuerpo temblaba.
Daruk gritó:
—¡AVANCEN!
Sair miró al frente.
Más enemigos.
Decenas.
Cientos.
El miedo seguía allí.
Peor que antes.
Pero avanzó.
Un paso.
Después otro.
La lanza de su padre ya no estaba manchada solamente con la sangre de Aukan.
Ahora también tenía la suya.
La primera sangre de Sair.
Desde una elevación, Zairá observaba el campo.
Orak llegó junto a ella.
—El centro enemigo está colapsando.
—Lo veo.
—Korak intenta reorganizarlos.
—También lo veo.
—Entonces podemos terminar esto.
Zairá no respondió.
Miraba hacia el oeste.
Orak frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Silencio.
—Zairá.
Ella levantó una mano.
—Calla.
Orak obedeció.
Zairá escuchó.
Nada.
Ese era el problema.
—¿Dónde están? —murmuró.
—¿Quiénes?
—Los treinta mil.
Orak miró al oeste.
—Esperando.
—¿Por qué?
—Tal vez descubrieron nuestra maniobra.
Zairá negó.
—No.
Su expresión cambió.
La victoria frente a ellos era demasiado fácil.
Doce mil enemigos atrapados.
Korak aislado.
El ejército del norte dividido.
Todo había funcionado exactamente como ella esperaba.
Demasiado exactamente.
Zairá miró nuevamente el campo.
Después las montañas.
Después el paso secreto.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—Orak.
—¿Sí?
—¿Cuántos hombres dejamos protegiendo la retaguardia?
—Dos mil.
Zairá giró.
—Manda un mensajero.
—¿A quién?
—A todos.
—¿Qué orden?
Zairá agarró su lanza.
—Que abandonen el paso.
Orak abrió los ojos.
—¿Ahora? Estamos ganando.
—¡AHORA!
Fue la primera vez que Sair, desde que la había visto, escuchó miedo en la voz de la Serpiente Blanca.
A varios kilómetros de allí, un guerrero observaba Akor desde una montaña.
Detrás de él no había treinta mil hombres.
Había cinco mil.
Los treinta mil seguían inmóviles al oeste.
Aquellos cinco mil no llevaban estandartes.
Ni tambores.
Ni antorchas.
Habían permanecido escondidos durante cuatro días.
Un mensajero llegó.
—Señor.
El comandante giró.
—Zairá entró completamente en el paso.
—¿Y Korak?
—Está perdiendo.
—Como estaba previsto.
El comandante observó hacia el sur.
—Entonces comenzamos.
Levantó una mano.
Cinco mil guerreros se pusieron de pie.
Frente a ellos estaba el mismo sendero secreto que Zairá había utilizado para rodear al enemigo.
Solo que ahora...
estaba detrás del ejército chitarero.
El mensajero preguntó:
—¿Atacamos a Zairá?
El comandante negó.
—Todavía no.
—¿Entonces?
Señaló el campamento chitarero.
Prácticamente vacío.
Provisiones.
Heridos.
Mensajeros.
Rutas de retirada.
—Quemen todo.
El mensajero sonrió.
—¿Y después?
El comandante observó el campo donde Zairá estaba ganando.
—Después cerramos el paso.
Muy lejos de Akor, el hombre del mapa recibió una pequeña señal de humo.
Una.
Dos.
Tres columnas.
Su subordinado sonrió.
—Entraron.
El hombre movió la pieza oculta.
La colocó detrás de Zairá.
—No.
Su subordinado lo miró.
El desconocido contempló la serpiente blanca atrapada entre tres piezas negras.
—Ahora...
cerró lentamente el puño.
—entramos nosotros.




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