Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 8 — El camino que no existía

La montaña no estaba hecha para que un ejército la cruzara.

Sair lo comprendió después de los primeros cien pasos.

No había camino.

No había sendero.

Ni siquiera existía una ruta utilizada por cazadores.

Solo piedra.

Tierra húmeda.

Raíces.

Árboles creciendo entre grietas.

Y una pendiente tan pronunciada que, en algunos lugares, Sair tenía que guardar la lanza y utilizar ambas manos para continuar subiendo.

—Esto... —Kantu respiraba detrás de él— es... una estupidez.

Sair agarró una raíz.

Tiró de su cuerpo.

—Deja de hablar.

—Hablar... me ayuda... a respirar.

—Hablar hace exactamente lo contrario.

Kantu intentó subir.

Su pie resbaló.

—¡Ah!

Sair lo agarró del brazo.

Durante un instante, Kantu quedó colgando.

—¡NO ME SUELTES!

—Deja de moverte.

—¡NO PENSABA HACERLO!

Barek apareció desde arriba.

Agarró el otro brazo.

Entre ambos lo levantaron.

Kantu cayó sobre la tierra.

Respiró.

Miró hacia abajo.

Se arrepintió inmediatamente.

—No vuelvo a mirar.

Sair también observó.

Akor estaba debajo.

Muy debajo.

Miles de pequeñas figuras ascendían por la montaña.

Algunas utilizaban cuerdas.

Otras cargaban madera.

Grupos de cuatro hombres transportaban heridos sobre camillas improvisadas.

Soldados clavaban estacas.

Otros cortaban árboles.

Algunos construían escalones directamente sobre la tierra.

No era una retirada.

Era como observar a miles de personas construir un camino mientras caminaban por él.

Sair nunca había visto nada parecido.

—¿De verdad vamos a sacar a todo el ejército por aquí? —preguntó.

Barek miró hacia arriba.

—Eso parece.

Kantu seguía acostado.

—Yo voto por regresar.

Barek lo miró.

—Abajo hay cuarenta mil enemigos.

—Buen argumento.

Kantu se levantó.

Daruk apareció unos metros más arriba.

—¡DEJEN DE DESCANSAR!

Kantu abrió los brazos.

—¡CASI MUERO!

—Pero no moriste.

—¡Eso no significa que no merezca descansar!

—Muévete.

Kantu murmuró algo.

—¿Qué dijiste?

—Que admiro profundamente su liderazgo.

—Eso pensé.

La orden de Zairá parecía imposible.

Pero era sencilla.

Primero subirían tres mil soldados capaces de combatir.

Asegurarían la parte superior.

Después subirían los heridos.

Detrás irían las unidades restantes.

Una fuerza de retaguardia permanecería en Akor para mantener las fogatas encendidas y hacer creer al enemigo que el ejército seguía allí.

Todo debía ocurrir antes del amanecer.

Sair levantó la mirada.

Todavía faltaba mucho.

—¿Qué hay arriba? —preguntó.

Daruk respondió:

—Una pequeña meseta.

—¿Y después?

—Bosque.

—¿Y después?

—No sé.

Kantu se detuvo.

—¿Cómo que no sabe?

Daruk continuó subiendo.

—Nunca he estado allí.

—¿Y Zairá?

—Probablemente tampoco.

Kantu miró a Sair.

—Estamos siguiendo a una mujer por una montaña que no conoce.

Sair siguió escalando.

—La otra opción son cuarenta mil enemigos.

Kantu pensó.

—Sigue pareciéndome una decisión difícil.

La noticia llegó al ejército occidental poco después.

Un comandante entró rápidamente en una tienda.

—¡General!

Un hombre de cabello largo estaba sentado revisando una tablilla.

Levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Los Chitareros se están moviendo.

—¿Por qué paso?

—Ninguno.

El comandante frunció el ceño.

—¿Qué significa ninguno?

—Están escalando Akor.

Silencio.

—¿Escalando?

—Sí.

El general se levantó.

—¿Cuántos?

—Miles.

—¿Los heridos?

—También.

El hombre caminó hacia el exterior.

Desde su posición no podía ver directamente la ruta.

—Ordena avanzar.

El mensajero dudó.

—Tenemos órdenes de esperar.

—Si esperamos, escaparán.

—Las órdenes fueron claras.

El general apretó la mandíbula.

—Las órdenes las dio un hombre que está sentado a kilómetros de aquí moviendo piedras.

El mensajero guardó silencio.

—Yo tengo treinta mil guerreros.

Miró hacia Akor.

—No voy a observar cómo dieciocho mil enemigos escapan frente a mí.

—¿Entonces?

El comandante tomó su arma.

—Preparen diez mil.

En Monte Iraka, el estratega recibió la noticia minutos después.

Su subordinado esperaba una reacción.

No llegó.

—El general Tarak está preparando diez mil hombres.

El estratega continuó mirando el mapa.

—Lo sé.

—No recibió autorización.

—Lo sé.

—¿Ordenamos que se detenga?

—No.

El subordinado frunció el ceño.

—Pero usted dijo que no atacáramos.

—Eso dije.

—Entonces...

El estratega movió una piedra.

—Quiero ver qué hace Zairá.

—¿Sacrificará también a Tarak?

El hombre levantó la mirada.

—Yo no estoy sacrificando a nadie.

—Korak perdió miles.

—Korak eligió entrar.

—Y ahora Tarak...

—También está eligiendo.

El subordinado permaneció callado.

El estratega señaló Akor.

—Un comandante que no puede controlar su orgullo ya pertenece al enemigo.

—¿Incluso si todavía lucha para nosotros?

—Especialmente entonces.

—¡MÁS RÁPIDO!

Las órdenes recorrían la montaña.

Sair continuó subiendo.

Las manos comenzaban a sangrarle.

No era el único.

La roca cortaba.

Las raíces se rompían.

Cada pocos minutos alguien resbalaba.

Los soldados que estaban debajo ayudaban.

Los de arriba tiraban.

Por primera vez desde que entró al ejército, Sair vio veteranos y reclutas trabajando sin diferencia.

No había rangos en aquella montaña.




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