NARRADO POR VICTORIA
Es un martes a las diez de la mañana y, mientras el resto de la humanidad está en sus oficinas fingiendo que trabaja en un word, yo estoy haciendo sonar mis zapatos contra la cerámica costosa del sanatorio, caminando con la determinación de una modelo de pasarela que va directo hacia el apocalipsis.
Me presento por si no me conocían: mi nombre es Victoria. Vicky para los amigos, doctora para los pacientes y "La Dictadora" para la pareja de desquiciados que hoy he venido a visitar.
Freno frente a la habitación que me señalaron antes, respiro hondo y me acomodo el saco color canela que me queda pintado y empujo la puerta.
El cuadro que me encuentro del otro lado es digno de una pintura barroca, si el Barroco hubiera estado auspiciado por una sobredosis de oxitocina. En la cama de la clínica está Paloma, mi mejor amiga, con el pelo castaño atado en un rodete desordenado, ojeras violetas que le llegan hasta el mentón y una sonrisa de idiota que le ilumina la cara pálida. A su lado, sentado en el borde de la cama, está Teo. Mi otro mejor amigo. El flamante padre, que viste una chomba azul marino impecable (porque el señor no pierde el glamour ni siquiera después de dieciséis horas de trabajo de parto) y que está llorando a moco tendido mientras mira un bultito envuelto en una manta blanca.
Para quienes recién sintonizan este canal de aire y no entienden la dinámica de esta familia ensamblada, permítanme hacerles un resumen ejecutivo: Paloma y Teo son mis mejores amigos. Teo es gay. O al menos, fue el abanderado de la comunidad homosexual de a Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante la última década. Hace nueve meses, Paloma, desesperada porque su ginecóloga le dijo que sus óvulos estaban pidiendo la jubilación anticipada, le propuso a Teo tener un hijo juntos. Un trato de negocios. Un "Matrimonio Lavanda" donde él ponía el esperma, la obra social prepaga y el apellido, y ella ponía el horno. ¿La idea? Tener al crío juntos.
¿Qué hicieron en realidad? Se fueron a una fiesta electrónica, se falopearon con pasti, se calentaron, volvieron al departamento de Teo y consumaron el acto de la forma más bíblica, tradicional y económica posible. Quedaron embarazados de un tiro. Y, como si el autor de esta novela porteña estuviera borracho, no tuvo mejor idea que agregar el condimento de que mis amigos se dieran cuenta de que estaban perdidamente enamorados el uno del otro. Teo descubrió que la sexualidad es fluida (al menos para con mi amiga) y Paloma consiguió al hombre de su vida.
¿Y yo? Yo me quedé siendo la tía solterona de treinta y cinco años, sosteniendo la vela, viendo cómo mis dos personas predilectas en el mundo se fusionaban en una familia perfecta mientras yo sigo llegando a mi departamento vacío a hablarle a una penca cada noche después de interminables guardias de inhumanas cuarenta y ocho horas.
—Llegó la madrina, manga de irresponsables—anuncio, cerrando la puerta con el pie.
Prepárense, nenitas. Ajusten sus cinturones porque aquí empieza mi propia historia. Vamosss. (Ah, por qué se hacía la que estaba conduciendo un programa de Tinelli en los noventa). No, en serio, ojalá fuese tan emocionante, la verdad es que estoy cagada de miedo con lo que vendrá y gracias queridos lectores por estar aquí para acompañarme. Les pido no me juzguen. Que empiece el show.