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2. El ex novio del marido de mi mejor amiga (todo muy normal)

NARRADO POR VICTORIA

Teo levanta la vista en cuanto me ve entrar, se seca las lágrimas con el dorso de la mano y me sonríe.

—Vicky... acercate. Vení a conocerlo.

Camino hacia la cama fingiendo que no tengo el corazón todo apachurrado con lo que está pasando. Me tiemblan un poco las manos, pero jamás lo voy a admitir en voz alta. Me asomo por encima del hombro de Teo y…ahí está. Franco.

Es un bollo arrugado, colorado, con los ojos cerrados y una pelusa castaña en la cabeza. Tiene las manos cerradas en puñitos minúsculos. Lo miro y siento que el corazón (ese órgano de hielo que guardo bajo llave en el lado izquierdo del tórax) se me derrite como un helado al rayo del sol de enero.

—E…es hermoso…—susurro, y la voz me sale quebrada—. Es igual a Teo, Palo. Lo lamento, fuiste una mera impresora 3D. El gen de diseño gráfico de este tipo arrasó con tus óvulos.

Paloma se ríe y una risa cansada pero radiante.

—¿Viste? Nueve meses vomitando hasta el agua para que salga con la misma cara de orto que pone su padre cuando le regalan una remera con tela barata. ¿Lo querés alzar, Vi?

Doy un paso atrás, aterrada.

—¡No! Estás loca. Es de cristal. Si se me resbala y lo rompo, me sacan la matrícula de médica y me denuncian penalmente.

—Agarrá a tu ahijado, Victoria—me ordena Teo, levantándose y poniéndome el paquete de mantas blancas directamente en los brazos antes de que pueda huir.

Lo sostengo con pánico, rígida como una tabla de planchar. Franco pesa lo mismo que un paquete de azúcar grande. Hace un ruidito con la boca, como si estuviera tomando teta en sueños y se acurruca contra el pañuelo de seda de mi cuello. Me quedo sin aire. Una punzada de amor, mezclada con una envidia tan visceral que me da asco, me atraviesa la médula espinal.

Yo también quiero esto. Lo quiero con toda mi puta alma y me detesto a mí misma por el simple hecho de que el sentimiento no me nace por sí, de un modo genuino sino que ha venido a aparecer después de ver que les ha traído felicidad y un sentido de vida a mis mejores amigos de toda la vida.

Y en ese preciso instante de epifanía maternal, la puerta de la habitación de la clínica se vuelve a abrir.

Giro la cabeza, todavía con el bebé en brazos…y el karma me pega una trompada en el maxilar inferior.

Entrando a la habitación, con un globo metalizado gigante que dice "¡Bienvenido!" en una mano y una bolsa de regalo de cartón reciclado en la otra, está él. Nicolás.

El Ken ecologista. El abogado que salva tortugas marinas. El hombre perfecto.

Y, detalle no menor para la trama: el ex novio de Teo.

Sí, como escucharon. Teo estaba de novio con Nico cuando se acostó con Paloma. De hecho, Nico al enterarse de esta hijaputez lo iba a perdonar, estaba dispuesto a ensamblar la familia y criar al bebé de Paloma todos juntos en una gran y civilizada familia moderna. Pero Teo lo dejó porque se dio cuenta de que amaba a mi amiga. Cualquiera en el lugar de Nico habría prendido fuego la clínica con nosotros adentro, pero Nico no. Nico es un ser de luz evolucionado que respira paz, va a terapia y toma kombucha. Se perdonaron, soltaron rencores y ahora son una especie de familia extendida bizarrísima.

A su lado, agarrado de su mano libre, está León. El hijo biológico de Nico, de su matrimonio anterior con una mujer (sí, el abogado es bisexual, un dato que mi cerebro registró con letras de neón en su momento). León tiene ocho años, es rubiecito, inteligente y me mira con curiosidad.

—¡Llegó la delegación de Belgrano!—festeja Paloma desde la cama, sin un gramo de incomodidad.

—Permiso, familia. Felicidades—dice Nico, con esa sonrisa inmaculada, acercándose para darle un beso en la frente a Paloma y un abrazo sentido a Teo.

Mi problema no es que Nico esté acá. Mi problema es que yo no veo a Nicolás desde hace seis meses. Específicamente, desde la fiesta de casamiento de Teo y Palo en Pilar.

Y en esa fiesta de casamiento, completamente escabiada, con seis gin tonics en el torrente sanguíneo, arrinconé a Nicolás contra una mesa de dulces, le tiré la corbata hacia mi boca y, básicamente, le rogué que me fecundara. Le pedí que fuera mi donante de esperma, lo traté como a un banco de semen con piernas, inducida por el alcohol de una manera que la suicidología no podría estudiar.

Siento que la cara me arde a unos trescientos grados centígrados. Si pudiera meterme adentro de la manta del bebé y desaparecer, lo haría.

Nico se da vuelta hacia mí, me mira a los ojos y su sonrisa se ensancha.

—Victoria. Qué lindo verte.

—Nicolás—respondo, tiesa como un tronco, apretando a Franco contra mi pecho—. Lo mismo digo.

—León, saludá a los tíos, que Franco está durmiendo—le indica Nico a su hijo.

León se acerca, mira al bebé en mis brazos, arruga la nariz y dice, con la impunidad de la niñez:

—Es muy chiquito y parece un tomate. ¿Cuándo va a poder jugar a la Play?

—En un par de años, corazón—intervengo—. Por ahora solo come, caga y duerme—le respondo, lo cual me gana una mirada asesina de Paloma por usar lenguaje soez frente al recién nacido o frente a hijo del ex novio de su marido.

Le paso el bebé a Teo con cuidado de desactivador de bombas y me aliso la ropa, chequeando contra el reflejo de la ventana que no me haya echado una vomitona en las tetas.

—Bueno, yo los dejo respirar. Voy a buscar un café a la máquina del pasillo porque la presión me está bajando —anuncio, buscando la salida de emergencia más próxima.

—¿Hay máquina de café?—dice Nico, con una naturalidad espantosa—. Te acompaño, Vicky. Me vendría bien un poco de cafeína ahora mismo.

Mierda. Mierda. Mierda. Me acaba de salir el tiro por la culata.




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