El aspecto de la gatita era lamentable, sentada en el medio de la lluvia sin saber a dónde ir. Bajo el pelaje gris, tiritaba el pellejo pegado a los huesos, junto a las orejas grandes que conferían un aspecto irregular y tierno.
No maullaba, el suyo era un ruego de alma a alma.
Yuly quedó prendada de esos dos ojos amarillos, redondos como la misma luna. Entusiasmada, rogó a su madre que la llevaran a casa. La mujer se negó, argumentó que una mascota implicaba tiempo y dinero. Mantuvo su postura hasta dejar a su hija en la escuela, pero cuando volvió a pasar por el parque de regreso, no pudo resistirse.
Su hija tenía tiempo pidiéndole un compañero de cuatro patas, y ella solo quería hacerla feliz.
Y lo logró. Encontrar a Mazapán luego de un día escolar se convirtió en una de las memorias más preciadas de Yuly, junto a la manera en que descubrió que a la gatita le gustaba el mazapán. En consecuencia, decidió nombrarla así.
A partir de entonces, Mazapán sería el ancla salvadora en medio de la tormenta que guardaba el futuro para ella.
#518 en Novela contemporánea
#1457 en Novela romántica
resilencia, amistad amor ilusion tristeza dolor, familia amor dolor esperanza orfandad
Editado: 29.09.2026