El llanto me despertó.
Al principio fue apenas un quejido.
Un sonido pequeño, ahogado contra mi pecho.
Después otro.
Y otro.
Hasta que terminó llenando toda la sala.
Abrí los ojos lentamente.
Me dolía el cuello.
Muchísimo.
Tardé unos segundos en comprender por qué estaba sentada en el sofá, torcida en una posición imposible, con una manta sobre las piernas.
Entonces sentí movimiento entre mis brazos.
La bebé.
—Shh...
Bajé la mirada inmediatamente.
Seguía envuelta en mi antigua manta rosada de flores blancas. Durante algún momento de la madrugada me había sentado con ella en el sofá y, al parecer, las dos habíamos terminado quedándonos dormidas.
—Tranquila... —murmuré con la voz ronca—. Ya estoy aquí.
La acomodé contra mi pecho.
—Ya, bebé...
Intenté mecerla como había hecho durante la noche.
Una vez.
Otra.
Caminé lentamente por la sala.
—Pequeño rayito de sol...
Comencé a cantarle la misma melodía.
—No temas a la noche, mi amor...
Nada.
Su llanto aumentó.
—Está bien. La canción ya no funciona.
Su pequeña cara estaba roja y arrugada.
Movía las manos con desesperación.
Le toqué la mejilla.
Estaba tibia.
O quizá eran mis manos las que estaban frías.
No sabía.
Y ese era precisamente el problema.
No sabía absolutamente nada.
—¿Qué necesitas?
Como si pudiera responderme.
Le revisé la manta.
Estaba seca.
El pañal...
Me quedé quieta.
—Claro.
Cinco minutos después descubrí dos cosas.
La primera: necesitaba cambiarle el pañal.
La segunda: no tenía pañales.
—Perfecto, Camil.
Me pasé una mano por el rostro.
—Excelente planificación.
Improvisé como pude con algunas telas limpias que había encontrado durante la madrugada.
No fue precisamente mi momento más brillante.
Pero ni siquiera después de aquello dejó de llorar.
—Entonces no era eso...
Volví a cargarla.
Fue entonces cuando escuché un sonido pequeño.
Una especie de tos.
Muy leve.
Una sola vez.
Fruncí el ceño.
—¿Tosiste?
La observé.
Tenía la nariz ligeramente congestionada.
Nada que me hubiera llamado demasiado la atención si no fuera porque, unas horas antes, la había encontrado bajo una tormenta.
Le toqué nuevamente la frente.
—No sé si estás caliente.
La preocupación comenzó a crecerme lentamente en el pecho.
—Necesito un termómetro.
No tenía uno.
—Necesito leche.
Tampoco tenía.
La niña volvió a llorar.
—Necesito prácticamente una tienda entera.
La mecí más rápido.
—Por favor, dime qué quieres.
Otra tos pequeña.
Esta vez sentí un nudo en el estómago.
Tal vez había pasado demasiado frío.
Quizá estaba enferma.
¿Y si necesitaba un médico?
¿Y si yo había hecho algo mal durante la noche?
Aquella última idea fue suficiente para hacerme entrar en pánico.
—No, no, no...
Comencé a caminar de un lado a otro.
—Está bien. Voy a resolverlo.
No tenía idea de cómo.
Pero iba a hacerlo.
Estaba buscando mi teléfono cuando tocaron la puerta.
Tres golpes.
Fuertes.
Me detuve.
La bebé continuaba llorando entre mis brazos.
Miré hacia la entrada.
¿Quién podía ser tan temprano?
Los golpes se repitieron.
Me acerqué con cautela.
Después de lo ocurrido durante la noche, probablemente debería haber tenido más miedo de abrir una puerta.
Pero el llanto de la pequeña apenas me permitía pensar.
Quité el seguro.
Abrí.
Y me encontré con un hombre frente a mí.
Alto.
Cabello castaño ligeramente revuelto.
Una chaqueta azul oscuro.
Y unos ojos verdes que, por alguna razón, me resultaron extrañamente familiares.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Él fue el primero en reaccionar.
—Buenos días. Disculpa que venga así.
Su mirada bajó inmediatamente hacia la bebé.
—La escuché llorar desde afuera. ¿Está bien?
Miré a la pequeña.
Después a él.
—No lo sé.
Era probablemente la respuesta menos tranquilizadora que podía dar.
—No deja de llorar y... creo que tiene un poco de tos. O tal vez estoy exagerando. No sé.
Él frunció ligeramente el ceño.
No parecía alarmado.
Solo atento.
—¿Puedo verla?
Instintivamente apreté a la bebé contra mí.
Él debió notarlo porque no intentó acercarse.
—Soy médico —aclaró—. Estoy haciendo la especialidad en Pediatría.
Parpadeé.
—¿Pediatría?
Asintió.
Algo en mi memoria se movió.
Un niño hablando durante horas de hospitales.
Una bata blanca demasiado grande que alguna vez había usado para disfrazarse.
Un padre médico al que admiraba como si fuera un superhéroe.
Pero el recuerdo pasó tan rápido que no conseguí atraparlo.
Miré nuevamente a la bebé.
—Sí. Por favor.
Me hice a un lado.
Él entró.
—¿Puedo cargarla?
Dudé apenas un segundo antes de entregársela.
La tomó con una naturalidad que me dejó observándolo.
Una mano detrás de su cabeza.
La otra sosteniendo su cuerpo.
Seguro.
Cuidadoso.
Como si hubiera hecho aquello miles de veces.
—Hola, pequeñita.
Su voz cambió al hablarle.
Más baja.
Más suave.
La bebé continuó llorando, aunque con menos intensidad.
Él tocó cuidadosamente su frente.
Después observó su respiración.
—¿Tienes un termómetro?
Negué con la cabeza.
—Llegué ayer. Esta casa estuvo cerrada mucho tiempo.
—Entiendo.
Le observó la nariz.
Después acercó el oído con cuidado a su pecho y espalda.
Yo no apartaba los ojos de él.
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Editado: 08.11.2026