Un Latido En Pausa. Editando.

Teteros y recuerdos.

—¿Lista? —preguntó Enrico mientras abría la puerta del auto.

Miré a la bebé en sus brazos.

—No.

Él sonrió.

—Perfecto. Entonces vamos.

Le lancé una mirada.

—Eres muy tranquilizador.

—Es una de mis mejores cualidades.

—Eso está por verse.

La acomodó con cuidado antes de entregármela.

Yo todavía no sabía exactamente cómo sostenerla sin sentir que podía romperse en cualquier momento.

Era ridículo.

Había pasado toda la noche conmigo.

La había cargado.

La había arropado.

Le había cantado.

Y aun así, cada vez que la tenía entre mis brazos sentía que estaba sosteniendo algo demasiado frágil para pertenecer al mundo.

Subí al auto.

Enrico rodeó el vehículo y se sentó al volante.

La tormenta había pasado, pero las calles seguían mojadas y de vez en cuando algunas gotas golpeaban el parabrisas.

Miré a la pequeña.

Tenía los ojos cerrados.

—Está demasiado tranquila.

Enrico encendió el auto.

—Está cansada.

—¿Eso es normal?

Me miró de reojo.

—¿Qué?

—Vas a preguntarme si todo es normal cada treinta segundos, ¿verdad?

—Probablemente.

—Entonces voy a necesitar café.

—Yo necesito que no se me muera.

La frase salió demasiado rápido.

Demasiado seria.

Enrico dejó de sonreír.

—No se está muriendo.

Bajé la mirada.

—Ya sé.

Pero no lo sabía.

No realmente.

Él pareció entenderlo.

—Tiene hambre, está cansada y estuvo expuesta al frío. Eso explica muchas cosas. Vamos a conseguir lo que necesita y la seguimos vigilando.

Asentí.

—Está bien.

—Y si algo cambia, nos movemos.

—¿A la clínica?

—Si hace falta, sí.

Me quedé en silencio.

Era extraño lo rápido que una persona podía convertirse en una preocupación.

Ayer ni siquiera sabía que existía.

Hoy estaba observando cada una de sus respiraciones.

El auto avanzó por las calles del pueblo.

Miré por la ventana.

Todo parecía más pequeño de lo que recordaba.

La plaza.

La panadería.

La vieja farmacia de la esquina.

Algunas fachadas habían cambiado.

Otras seguían exactamente iguales.

—No puedo creer que todavía exista esa tienda —dije.

Enrico siguió mi mirada.

—¿La de don Manuel?

—Sí.

—Ahora la lleva el hijo.

Sonreí.

—¿Te acuerdas cuando nos escondíamos entre los estantes?

—Tú te escondías.

—Porque tú eras pésimo escondiéndote.

—Yo era estratégico.

—Te veía los zapatos desde el otro pasillo.

—Eso era parte del plan.

Me reí.

Una risa pequeña.

Hacía mucho que no me salía una así.

Enrico la notó.

No dijo nada.

Y agradecí que no lo hiciera.

Llegamos al supermercado unos minutos después.

La primera sección fue un desastre.

Había demasiadas cosas.

Demasiadas marcas.

Demasiados tamaños.

Demasiadas decisiones.

Me quedé parada frente a una pared de pañales.

—¿Por qué existen tantos?

Enrico tomó un paquete.

—Porque los bebés tienen la mala costumbre de crecer.

—Muy gracioso.

—Este tamaño debería servirle por ahora.

Lo dejó en el carrito.

Después tomó otro producto.

—Toallitas.

—¿Esas también son obligatorias?

Me miró.

—Sí.

—Perfecto.

Lo seguí.

Biberones.

Fórmula.

Gasas.

Un termómetro.

Crema.

Una muda sencilla.

Cada objeto que entraba en el carrito hacía que todo pareciera más real.

—Nunca pensé que un bebé necesitara tantas cosas —dije.

—Y eso que estamos comprando lo básico.

—No quiero saber qué significa "no básico".

—No estás preparada.

—Definitivamente no.

La bebé hizo un sonido suave entre mis brazos.

Miré inmediatamente hacia abajo.

—¿Viste?

—La vi respirar.

—Solo quería asegurarme.

Enrico sonrió.

—Lo sé.

Caminamos por otro pasillo.

La escena se sentía extraña.

Él empujando el carrito.

Yo con una bebé en brazos.

Los dos discutiendo sobre pañales.

Cualquiera que nos viera probablemente pensaría una historia completamente distinta.

La idea me hizo sentir incómoda.

Y por alguna razón...

también un poco triste.

—Sigues frunciendo el ceño cuando piensas demasiado —dijo Enrico.

Lo miré.

—¿Todavía recuerdas eso?

—Recuerdo muchas cosas.

—Han pasado doce años.

—Eso no significa que todo desaparezca.

Sus palabras quedaron flotando entre nosotros.

Bajé la mirada.

—Algunas cosas sí.

Él no respondió enseguida.

Seguimos caminando.

—Yo pensaba que no volverías —dijo finalmente.

Lo miré.

—Yo también.

—¿Y ahora?

Bajé la mirada por un momento.

—Ahora quiero vender la casa.

Enrico frunció ligeramente el ceño.

—¿Venderla?

—Sí.

—¿La casa de tus padres?

Asentí.

—Ese era el motivo por el que regresé.

Su expresión cambió apenas.

—¿Era?

—Es.

—No sonó muy convincente.

Rodé los ojos.

—Porque llevo dos días aquí y todo se complicó bastante.

Su mirada fue hacia la bebé.

—Eso puedo verlo.

Seguimos caminando unos pasos más.

—¿Y después de venderla? —preguntó.

Tragué saliva.

—Me voy.

—¿A dónde?

—Fuera del país.

Enrico se detuvo.

Yo también.

—¿Cuándo?

—En un mes, más o menos.

—¿Tan pronto?

—Ya renuncié a mi trabajo.

—¿Renunciaste?

—Sí.

—¿Y ya tienes todo preparado?

Dudé.

—Casi.

—¿A dónde vas?

Aparté la mirada.

—Todavía no quiero hablar de eso.

No insistió.

Eso me gustó.

Continuamos caminando.

Un poco después pasamos por una sección de alimentos y Enrico tomó una caja de cereal.




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