Un Latido En Pausa. Editando.

No puedo perderla. Parte 2

Durante unos segundos no entendí por qué estaba acostada.

Lo último que recordaba era estar sentada en aquella silla, junto a la cuna de la bebé, observando el monitor como si mi mirada pudiera obligarlo a mantener todos los números donde debían estar.

Pero ahora estaba en el pequeño sofá de la habitación.

Tenía una manta cubriéndome hasta los hombros.

Fruncí el ceño.

No recordaba haberme acostado.

Ni haber tomado aquella manta.

Miré hacia la ventana.

Había dejado de llover.

La luz gris de la mañana entraba débilmente entre las cortinas de la clinica.

Entonces escuché un pequeño quejido.

Me incorporé de inmediato.

La bebé comenzó a llorar.

—Ya voy.

Aparté la manta y caminé rápidamente hacia ella.

Su llanto seguía siendo débil, pero ya no tenía aquel sonido ronco y desesperado de la noche anterior.

Eso fue suficiente para aliviarme un poco.

Me incliné sobre la cuna.

—Hola, mi rayito de sol.

Ella abrió los ojos.

Todavía llevaba la pequeña cánula de oxígeno.

Sus mejillas ya no estaban tan rojas.

—Aquí estoy.

Introduje un dedo entre sus pequeñas manos.

Como si ya conociera aquel gesto, cerró los dedos alrededor del mío.

Sonreí.

—Sí.

Acaricié suavemente su mano.

—No me fui.

Su llanto fue disminuyendo poco a poco.

No sabía si porque me reconocía.

—Mira quién aprendió a tranquilizar bebés.

La voz me hizo girar.

Una enfermera acababa de entrar.

Era la misma de la noche anterior.

Laura.

Traía una carpeta en las manos y aquella sonrisa demasiado perfecta que todavía no sabía por qué me molestaba.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

Se acercó a la cuna.

—¿Cómo sigue nuestra pequeña paciente?

Comenzó a revisar los monitores.

Yo me hice ligeramente a un lado.

—Mucho mejor —dijo.

Sentí que mi cuerpo se relajaba.

—La fiebre bajó y está necesitando menos oxígeno que ayer.

—¿Eso quiere decir que...?

—Quiere decir que está respondiendo al tratamiento.

Sonrió.

—Todavía tenemos que ir con calma.

Asentí.

Ya había aprendido que en aquel lugar nadie prometía nada.

Pero aquella pequeña mejora era suficiente.

Laura continuó revisándola.

—Pobrecita.

Acomodó uno de los cables.

—Menos mal que el doctor Costa estuvo pendiente de ella desde que llegó.

Después soltó una pequeña risa.

—Ese hombre es un ángel.

Hizo una pausa.

—Y un monumento.

La miré.

Ella seguía concentrada en la tabla.

—¿Perdón?

Levantó los ojos.

—Nada.

Sonrió.

—Solo digo lo que piensa medio hospital.

Sentí algo incómodo en el estómago.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

—Ah.

Laura volvió a revisar los datos.

—Además es demasiado bueno con los niños. Las madres lo adoran.

—Me imagino.

Mi respuesta salió un poco más seca de lo que pretendía.

Ella pareció no notarlo.

O fingió no hacerlo.

Terminó de revisar a la bebé.

—Puedes cargarla un rato si quieres.

Mis ojos se iluminaron.

—¿Puedo?

—Con cuidado.

Me mostró cómo acomodar los cables.

—Y sin alejarte demasiado. Si notas cualquier cosa extraña, presiona este botón.

Señaló el llamado de enfermería.

—Lo haré.

—No creo que tardes mucho en llamar si algo cambia.

La miré.

Ella sonrió.

—El doctor Costa dijo que prácticamente vigilas cada respiración.

Abrí la boca.

—¿Dijo eso?

—Con cariño.

No sabía si sentirme avergonzada o molesta.

Probablemente ambas.

Laura salió.

Esperé unos segundos.

Después miré a la bebé.

—Tu amigo habla demasiado.

La levanté con cuidado.

Era extraño.

Después de apenas unos días, mis brazos ya parecían saber dónde colocarla.

Apoyó la cabeza contra mi pecho.

Sentí su respiración.

Más tranquila.

Más profunda.

Cerré los ojos un segundo.

—Así está mejor.

Me senté con ella.

Fue entonces cuando vi algo sobre la silla donde había pasado prácticamente toda la noche anterior.

Un pequeño bolso.

Fruncí el ceño.

No era mío.

Lo acerqué con el pie.

Había un papel doblado encima.

Tomé la nota.

Espero que te sirva.

Enrico.

Me quedé mirándola.

—¿Qué hizo ahora?

Abrí el bolso.

Una muda de ropa.

Un cepillo de dientes nuevo.

Pasta dental.

Un par de medias.

Unas pantuflas.

Una manta pequeña.

Incluso había una liga para el cabello y un paquete de galletas en uno de los bolsillos.

Me quedé inmóvil.

¿Cuándo había conseguido todo aquello?

La noche anterior había estado conmigo.

O al menos hasta que mis ojos ya no pudieron mantenerse abiertos.

¿Había salido después?

¿Había ido a comprarlo?

¿Lo había traído por la mañana?

No tenía idea.

Pasé los dedos sobre la nota.

Era una tontería.

Solo algunas cosas básicas.

Y, sin embargo, sentí un calor extraño en el pecho.

Porque nadie tenía que hacerlo.

Yo no se lo había pedido.

Ni siquiera había pensado en mí.

Había salido de casa con tanta prisa que solo tomé el bolso de la bebé.

No llevaba ropa.

No llevaba cepillo.

Nada.

Y él lo había notado.

—Tu amigo es demasiado atento —murmuré.

La pequeña hizo un sonido suave.

—Sí. Ese es exactamente el problema.

Miré nuevamente la nota.

Después la doblé con demasiado cuidado para tratarse de un simple papel.

Y la guardé en el bolsillo.

Enrico apareció cerca del mediodía.

No llevaba la bata.

Solo un pantalón oscuro y una camisa azul con las mangas dobladas hasta los antebrazos.




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