Un Latido En Pausa. Editando.

Una visita inesperada.

Un trueno me arrancó del sueño.

Abrí los ojos de golpe.

Durante unos segundos no supe dónde estaba.

La habitación permanecía casi completamente a oscuras. Solo los relámpagos que atravesaban las cortinas iluminaban, por pequeños instantes, los muebles de mis padres.

Después recordé.

La casa.

Las fotografías.

La nota.

Mamá.

Me había quedado dormida sobre la cama de mis padres, todavía vestida, con aquel pequeño papel apretado entre los dedos.

Lo miré.

"La luz que brilla después de la tormenta."

Otro relámpago convirtió la habitación en una fotografía blanca durante una fracción de segundo.

Después llegó el trueno.

Mucho más fuerte.

La lluvia golpeaba las ventanas con tanta intensidad que parecía que alguien arrojaba puñados de piedras contra los cristales. El viento silbaba alrededor de la casa y hacía crujir la madera.

Miré hacia la ventana.

—Bonita manera de recibirme —murmuré.

Me incorporé lentamente.

Tenía el cuello adolorido y los ojos hinchados.

Dormirme llorando definitivamente no había sido una buena idea.

Doblé la nota de mamá con cuidado y la dejé sobre la mesa de noche.

Fue entonces cuando lo escuché.

Un sonido extraño.

Agudo.

Muy débil.

Me quedé quieta.

La lluvia continuaba golpeándolo todo.

Fruncí el ceño.

Quizá había sido el viento.

Entonces volvió a escucharse.

Esta vez más claro.

Un llanto.

Sentí que el sueño desaparecía por completo.

Esperé.

Otro relámpago.

Otro trueno.

Y nuevamente aquel sonido.

Un bebé.

Me levanté de la cama.

—¿Qué...?

El llanto volvió a escucharse.

Venía desde abajo.

Desde la entrada.

Mi corazón comenzó a latir más rápido mientras salía de la habitación.

Bajé las escaleras intentando convencerme de que estaba confundida.

Quizá era un gato.

Algún animal refugiándose de la tormenta.

Cualquier cosa tenía más sentido que lo que mi cabeza estaba imaginando.

Pero mientras más me acercaba a la puerta, más claro se hacía el sonido.

Era un bebé.

Definitivamente.

Encendí la luz de la entrada.

Nada.

Miré por una de las ventanas.

La lluvia era tan fuerte que apenas podía distinguir el jardín.

Otro llanto.

Justo detrás de la puerta.

Me quedé inmóvil.

—No puede ser...

Abrí con cautela.

El viento empujó la puerta contra mi mano y una ráfaga de agua fría me golpeó el rostro.

Entonces la vi.

Había una pequeña caja frente a la puerta, resguardada apenas por el techo de la entrada.

Y dentro...

una bebé.

Durante unos segundos fui incapaz de reaccionar.

Era una niña.

Muy pequeña.

Estaba envuelta en una manta lila empapada en algunos bordes. Tenía el rostro enrojecido por el llanto y los puñitos cerrados contra el pecho.

Un mechón oscuro se pegaba a su frente.

—Dios mío...

Me agaché inmediatamente.

Miré hacia ambos lados.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Solo la lluvia.

Me puse de pie y avancé un par de pasos hacia el porche.

—¡¿Hay alguien ahí?!

Nada.

La calle estaba prácticamente invisible detrás de aquella cortina de agua.

—¡¿Hola?!

Esperé.

Nadie respondió.

Miré nuevamente a la niña.

Seguía llorando.

Sentí un frío que ya no tenía nada que ver con la tormenta.

¿Quién podía dejar un bebé allí?

¿Quién podía marcharse en medio de semejante lluvia?

Volví a agacharme junto a la caja.

—Hola...

Mi voz salió en un susurro.

La pequeña abrió los ojos apenas un instante.

No sabía nada de bebés.

Absolutamente nada.

Ni siquiera estaba segura de cómo debía cargarla.

Pero podía ver que tenía frío.

Su pequeña barbilla temblaba.

Fue entonces cuando noté algo alrededor de su cuello.

Un collar.

Me acerqué un poco más.

Del fino hilo colgaba un pequeño sol dorado.

Lo observé esperando encontrar un nombre.

Una inicial.

Algo.

No había nada.

Revisé cuidadosamente la caja.

Debajo de la manta.

A los lados.

Nada.

Ninguna nota.

Ningún bolso.

Ninguna explicación.

Solo ella.

—¿Dónde está tu mamá? —pregunté.

La bebé continuó llorando.

Tragué saliva.

—¿Dónde están tus padres, pequeña?

Por supuesto que no podía responderme.

Aun así, una parte de mí esperaba que alguien apareciera corriendo bajo la lluvia.

Que una mujer gritara que había sido un error.

Que alguien viniera por ella.

Otro trueno explotó sobre la casa.

La niña se sobresaltó.

Su llanto se volvió desesperado.

Y eso fue suficiente.

—Ya, ya...

Metí las manos debajo de su pequeño cuerpo con muchísimo cuidado y la levanté.

—Tranquila.

Pesaba casi nada.

Aquello me asustó más de lo que esperaba.

La acerqué contra mi pecho.

Estaba fría.

Demasiado fría.

—Dios...

La cubrí lo mejor que pude con la parte seca de la manta.

—¿Cómo pudieron dejarte aquí?

La pregunta salió con más rabia de la que pretendía.

Miré otra vez hacia la calle.

Vacía.

Sentí un nudo en la garganta.

No lo entendía.

No podía entenderlo.

Yo sabía demasiado bien lo que significaba que las personas que debían estar contigo dejaran de estarlo.

Aunque aquello fuera diferente.

Mis padres no habían elegido irse.

Pero esa bebé...

Alguien la había colocado dentro de una caja.

Había llegado hasta mi puerta.

Y se había marchado.

—Ven.

Entré rápidamente y cerré la puerta con el pie.

El cambio de temperatura ayudó poco.

La niña continuaba temblando.

—Necesito quitarte esto.




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