Abrí los ojos.
Oscuridad.
Durante un segundo no entendí qué me había despertado.
Entonces escuché el llanto.
Miré el reloj sobre la mesa de noche.
3:07 a. m.
Suspiré.
—Rayito...
Aparté las mantas y me levanté.
La pequeña estaba despierta en su cuna, moviendo las piernas con una energía que no correspondía en absoluto a las tres de la madrugada.
—¿En serio?
Me incliné sobre ella.
—¿Esta es la hora que elegiste?
Me respondió con un pequeño quejido.
—Claro. Excelente argumento.
La levanté.
Ya no tenía fiebre.
Respiraba bien.
Su tos seguía apareciendo de vez en cuando, pero mucho menos que antes.
Aun así, cada pequeño sonido conseguía que mi corazón se acelerara.
La acomodé contra mi pecho.
—No vamos a volver a la clínica, ¿verdad?
Rayito abrió los ojos.
—Eso espero.
Caminé lentamente por la habitación.
Intenté mecerla.
Nada.
Le canté bajito.
—Pequeño rayito de sol...
Se tranquilizó un poco.
Pero no quería dormir.
Definitivamente.
—Estás jugando conmigo.
Escuché dos golpes suaves en la puerta.
Después se abrió apenas.
Enrico apareció al otro lado.
Cabello revuelto.
Camiseta oscura.
Pantalón de dormir.
Y una expresión que parecía debatirse entre estar despierto y seguir dormido.
—¿Todo bien?
—Sí.
Miré a Rayito.
—Alguien decidió que dormir está sobrevalorado.
Enrico sonrió.
—Tiene buen gusto.
—Son las tres de la mañana.
—Precisamente.
Entró.
—¿Tosió?
—Un par de veces.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Mucho?
—No. Igual que durante el día.
Se acercó.
La observó unos segundos.
—Respira bien.
—Lo sé.
—Entonces no pongas esa cara.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cara?
—La de que estás preparada para correr nuevamente a la clínica.
—No tengo esa cara.
—Sí la tienes.
Lo ignoré.
Rayito comenzó a moverse.
Enrico extendió un dedo hacia ella.
La pequeña lo atrapó inmediatamente.
Él sonrió.
—Hola, problemática.
—No le digas así.
—¿Por qué? Te digo así a ti y sobreviviste.
—Muy gracioso.
Intenté acostarla nuevamente.
Protestó.
—No.
Volví a levantarla.
Silencio.
La miré.
—Definitivamente me manipulas.
Enrico soltó una pequeña risa.
—Déjala un rato contigo.
—Eso intento.
Miré la cama.
Después a él.
—Siéntate.
—¿Aquí?
—No voy a pedirte matrimonio, Enrico. Solo estoy cansada.
—Qué decepción.
Le lancé una almohada.
Él la atrapó.
—Siéntate.
Lo hizo.
Me acomodé del otro lado de la cama y coloqué a Rayito entre nosotros.
La pequeña parecía encantada con la situación.
Enrico extendió nuevamente la mano.
Ella atrapó uno de sus dedos.
Después encontró el mío.
Me quedé mirándola.
Una mano diminuta sujetándonos a los dos.
—Mírala —susurré.
Enrico sonrió.
—Sabe lo que hace.
—No empieces.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
—Tal vez.
Rayito movió nuestras manos como si fueran juguetes.
Yo reí bajito.
La habitación estaba casi a oscuras.
Solo la pequeña lámpara junto a la cama permanecía encendida.
Había algo extraño en aquella escena.
Algo demasiado doméstico.
Demasiado íntimo.
Él a un lado.
Yo al otro.
Ella en medio.
Tuve que apartar la mirada.
Porque durante un segundo se sintió demasiado fácil imaginar que aquello era normal.
Que pertenecía a nuestras vidas.
Enrico acarició suavemente los dedos de Rayito.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estabas pensando.
—Siempre estoy pensando.
—Ese es el problema.
Rodé los ojos.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces recordé.
La nota.
—Enrico.
—¿Sí?
—Hay algo que no te conté.
Giró la cabeza hacia mí.
—Eso suena preocupante.
—No sé si lo es.
Me incorporé ligeramente.
—Cuando volví a casa después del supermercado... encontré algo dentro de la manta con la que dejaron a Rayito.
Su expresión se volvió seria.
—¿Qué?
—Una nota.
Enrico se incorporó también.
—¿Una nota?
Asentí.
—Estaba escondida en el borde. No la vi la primera noche.
—¿Qué decía?
No necesitaba buscarla.
Me sabía aquellas palabras de memoria.
—Decía que esto no era justo. Que la niña merecía amor y un hogar. Que no tenía dónde ir ni cómo protegerla.
Tragué saliva.
—Y terminaba diciendo que quien la encontrara podía darle lo que esa persona no podía.
Enrico permaneció callado.
Rayito seguía jugando con nuestros dedos, completamente ajena a la conversación.
—¿Todavía la tienes? —preguntó.
—Sí.
—Hay que enseñársela a quienes están llevando el caso.
Bajé la mirada.
—Pero hay algo...
—¿Qué?
Busqué las palabras correctas.
—No sé cómo explicarlo.
Enrico esperó.
Nunca me apuraba.
—He leído esa nota tantas veces...
Miré a Rayito.
—Y no siento que la escribiera alguien que simplemente quisiera deshacerse de ella.
Él no respondió.
—Siento desesperación.
Mi voz salió más baja.
—Miedo.
—Camil...
—No sé si fue su madre. Su padre. Otra persona.
Negué lentamente.
—Pero quien la escribió parecía...
Me detuve.
—Roto.
La palabra quedó suspendida.
—Como si dejarla hubiese sido lo último que quería hacer.
Enrico miró hacia la pequeña.
—Puede ser.
—También podría estar inventándomelo.
—También.
Lo miré.
—Eso no ayuda.
Sonrió apenas.
—No quiero decirte lo que quieres escuchar solo para tranquilizarte.
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Editado: 08.11.2026