Un Latido En Pausa. Editando.

No puedo perderla.

Abrí los ojos, desorientada.

El llanto me despertó de golpe.

Durante un segundo pensé que seguía en aquella habitación, doce años atrás, despertándome en medio de una pesadilla.

Entonces la escuché otra vez.

Y todo mi cuerpo se puso en alerta.

No era el mismo llanto de hambre.

Ni aquel pequeño quejido que hacía cuando quería que la cargara.

Era distinto.

Más débil.

Ronco.

Como si incluso llorar le costara trabajo.

—¿Bebé?

Aparté las mantas y prácticamente salté de la cama.

Corrí hasta la pequeña cama improvisada que había preparado junto a mí.

La vi.

Y sentí que algo dentro de mi pecho se hundía.

Tenía las mejillas demasiado rojas.

El cabello húmedo pegado a la frente.

Respiraba rápido.

Demasiado rápido.

Su pequeño pecho subía y bajaba con una fuerza que no me gustó en absoluto.

—No...

Me agaché.

Le toqué la frente.

Ardía.

—No, no, no.

Busqué el termómetro que habíamos comprado.

Mis manos temblaban tanto que casi lo dejé caer.

—Tranquila. Está bien. Mamá...

Me detuve.

Sentí un golpe extraño en el pecho.

No era momento de pensar en eso.

Coloqué el termómetro como Enrico me había explicado.

Esperé.

Parecieron horas.

Cuando sonó, miré la pantalla.

El miedo terminó de instalarse dentro de mí.

—Tenemos que irnos.

La pequeña tosió.

Una vez.

Después otra.

La segunda tos terminó en un pequeño gemido.

—Ya está. Ya está.

No sabía a quién intentaba tranquilizar.

Probablemente a mí.

La levanté.

Su cuerpo estaba caliente, pero sus pequeñas manos parecían frías.

Entonces recordé la voz de Enrico.

Si tiene fiebre, si respira raro, si deja de comer o la notas demasiado apagada... me llamas.

Mi teléfono.

Corrí a buscarlo.

Abrí mis contactos.

Enrico Costa.

Presioné su nombre.

Contestó al tercer tono.

—¿Hola?

Escuchar su voz fue suficiente para que casi comenzara a llorar.

—Enrico...

Debió escuchar algo extraño en mi voz porque la suya cambió inmediatamente.

—¿Camil qué pasa?

—Es ella.

Miré a la bebé.

—Tiene fiebre. Está respirando muy rápido y... y la tos está peor.

—¿Cuánto marca el termómetro?

Se lo dije.

Hubo un segundo de silencio.

—Quiero que la traigas.

—¿A la clínica?

—Sí. Ahora.

Mi estómago se encogió.

—¿Es grave?

—Camil, escúchame.

Intenté hacerlo.

—No quiero que pierdas tiempo asustándote antes de saber qué tiene. Abrígala sin cubrirle demasiado la cara y tráela. Yo voy a avisar para que la reciban.

Asentí.

Entonces recordé que no podía verme.

—Sí.

—¿Tienes cómo venir?

Miré por la ventana.

No.

—Voy a pedir un taxi.

—Bien. Me llamas si notas que empeora durante el camino.

—Enrico...

—Estoy aquí.

Cerré los ojos un instante.

—Voy para allá.

Colgué.

No recuerdo cómo conseguí vestirme.

Ni cómo guardé algunas cosas en un bolso.

Ni siquiera recuerdo haber cerrado correctamente la puerta.

Solo recuerdo subir al taxi con la bebé apretada contra mi pecho.

El cielo seguía gris.

La lluvia había regresado.

No con la violencia de aquella primera noche, pero sí con una insistencia que empezaba a parecerme cruel.

—Por favor, vaya rápido —le pedí al conductor.

La pequeña se quejó entre mis brazos.

—Ya vamos.

Le acaricié la mejilla.

—Ya vamos a llegar.

Intenté cantarle.

—Pequeño rayito de sol...

Mi voz se quebró.

—No temas a la noche, mi amor...

Ella tosió.

Cerré los ojos.

—Por favor.

No sabía a quién se lo decía.

A ella.

A Dios.

A mis padres.

A quien fuera que todavía estuviera dispuesto a escucharme.

—Cierra tus ojos, sueña mejor...

La canción no funcionó esta vez.

Su respiración seguía siendo rápida.

La acerqué más a mi pecho.

Y apareció el pensamiento.

Ese pensamiento que había intentado evitar desde que la encontré.

¿Y si la perdía?

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

No.

No iba a pensar eso.

No podía.

Había estado conmigo apenas unos días.

Ni siquiera sabía su nombre.

No sabía de dónde venía.

No sabía quiénes eran sus padres.

Y aun así...

la idea de perderla me provocaba un dolor completamente desproporcionado.

Uno demasiado conocido.

El taxi se detuvo frente a la clínica.

Pagué sin esperar el cambio.

Entré prácticamente corriendo.

—Necesito ayuda.

Una recepcionista levantó la mirada.

—La bebé tiene fiebre y no está respirando bien. El doctor Costa...

No terminé.

Lo vi.

Venía por el pasillo con unos documentos en la mano.

—¡Enrico!

Levantó la cabeza.

Su expresión cambió en cuanto me vio.

Dejó los papeles sobre el mostrador más cercano y caminó rápidamente hacia mí.

—Dámela.

No dudé.

Se la entregué.

—Está muy caliente.

—Tranquila.

—Y no para de toser.

—Camil, mírame.

Lo hice.

—Ya está aquí.

Su voz era firme.

—Vamos a revisarla.

Asentí.

Enrico se giró hacia una enfermera.

—Necesitamos valoración pediátrica ahora.

Todo ocurrió demasiado rápido después de eso.

Una camilla.

Una habitación.

Personas entrando.

Preguntas.

Temperatura.

Oxígeno.

Un aparato pequeño colocado en uno de sus dedos.

Yo permanecía junto a una pared sin entender la mitad de lo que decían.

Enrico estaba allí, pero ya no parecía aquel hombre que hacía bromas sobre mi incapacidad para comprar pañales.




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