Peligrosa obsesión

2. Correo

Las cosas en la cabeza de Adriana seguían siendo demasiado confusas cuando recuperó el conocimiento. Miró en todas direcciones en busca del chico que la llevó a la enfermería, pero no quedaba ningún rastro de él, era como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Qué extraño. No recuerdo que existiera una persona así de valiente en mi año escolar como para interferir en una pelea deseada por Karina. Pensó debido a que ya lo había presenciado con sus propios ojos miles de veces en el pasado. Nadie se atrevía a oponerse a la chica más popular del instituto. Tanto Karina como su familia poseían demasiado dinero e influencias, tantas que asustaban mucho a los estudiantes y nadie quería tenerla en su contra. Y sin importar cuanto la odiaran o quisieran darle su merecido, debían morderse la lengua antes de decir algo que terminara de cavar su tumba. Algo que Adriana aprovechó al máximo en algún momento. Antes de ser la chica marginada y acosada, fue también una de las intocables. Adriana solía ser la mejor amiga de Karina, aquella que solapaba todos sus abusos y se hacía de la vista gorda cuando intimidaba a otros. Se dedicó a observar todo ese abuso desde lejos, sin entrometerse. No importaba cuantas suplicas de auxilio aquellas personas pedían, simplemente actuaría como que ella no tenía nada que ver con eso. Y era por esa misma razón que no se atrevió a pedir ayuda, ya que no se sentía con ese derecho. ¿Por qué ella debería ser salvada cuando dejó a su suerte a muchos otros? Ya que probablemente pudo haber detenido a Karina en muchas ocasiones, pero aquellas personas no le importaban lo suficiente como para intervenir por ellas. Adriana era una persona cobarde que ahora se retorcía en su propia basura, pues era lo que merecía.

Comenzó a frotarse el torso cuando sintió un dolor punzante. Se sentía realmente fatal, como si un camión le hubiese pasado por encima. No quería ponerse de pie ni seguir despierta, pero le aterraba la idea de que su antigua mejor amiga regresara a lastimarla nuevamente. O peor, que se le ocurriera traer a todos los que seguían sus pasos para hacerlo juntos. Pasó más horas de las que deseó en guardia, vigilando la única puerta de la cabaña, hasta que por fin el encargado regresó para aliviar un poco sus nervios.

—Veo que por fin despertaste.

Era un chico joven de cabello oscuro. Se notaba cansado y unas grandes ojeras surcaban su rostro. No daba la impresión de ser muy amigable, pero tampoco parecía un desquiciado, así que simplemente lo dejó ser. Siguió mirándolo durante un rato mientras se movía por la enfermería con total naturalidad, y él caminó hasta la camilla en donde reposaba, para revisar su condición.

—Quiero decirte que todo lo que hice por ti fue tratar tus heridas superficiales. Pero creo que deberías ir mañana a primera hora al hospital más cercano, te firmaré un permiso especial si lo necesitas.

Adriana asintió verdaderamente agradecida porque le estaba brindando la oportunidad de escapar de ese infierno. Lo que menos deseaba era seguir metida en ese sitio donde solo tenía enemigos aguardando que se descuidara para hacerla pedazos. La imagen del individuo que la salvó vino a ella. Anhelaba con todo su ser haber sido capaz de visualizar su cara. Ella no podía evitar pensar que ese chico debía poseer una belleza impresionante, de esas que quitaban el aliento, ya que su aura eso gritaba. Y que sus pensamientos siguieran estancados en él, la dejaban muy desconcertada. ¿Quién demonios había sido él? ¿la conocía? ¿por qué habría de arriesgarse tanto por una desconocida? Definitivamente aquel tema sería algo que la perseguiría por un tiempo y todavía no estaba convencida de si era buena idea simplemente dejar de pensar en ello.

Sacudió la cabeza, diciéndose a sí misma que no tenía caso empezar a atormentarse esa misma noche, y mejor se dirigió al doctor, para intentar conseguir aunque sea una pista de la identidad del chico.

—De casualidad…—comenzó a decir—. ¿Sabe quién fue la persona que me trajo hasta acá?

El joven dejó de ojear los documentos que tenía en la mano y luego negó con la cabeza.

—Lamentablemente me encontraba fuera, y cuando regresé ya estabas en la camilla. Lo único que pude hacer fue atenderte de emergencia y mandar a llamar a los encargados de la excursión.

Maldita sea. Fue lo único que cruzó por su mente. Adriana ya poseía tantas preocupaciones encima que se había olvidado de sus profesores. Definitivamente cuando volvieran a buscarla, no la dejarían en paz hasta que les diera una respuesta lógica y concreta sobre quién demonios fue la persona que la dejó en ese lamentable estado. Se frotó las sienes para aliviar el dolor y le preguntó nuevamente al encargado si tenía permitido tomar algún analgésico.

—Claro que sí. Te dejé uno listo para cuando despertaras, búscalo en la mesa de tu derecha, justo donde coloqué tus pertenencias.

Volteó hacia donde le indicó y suspiro de alivio al mirar su celular.

Bueno, por lo menos no lo perdí ni ellos pudieron deshacerse de este.

Lo tomó y percibió la funda más abultada de lo normal. Frunciendo el ceño, quitó el protector y notó una pequeña nota doblada a la mitad.

No recuerdo haber puesto nada aquí.

Con mucha curiosidad, desdobló el papel. Y lo que miró anotado, la sorprendió muchísimo: era una dirección de correo electrónico.



Laisha Vega

Editado: 18.01.2021

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