Durante los primeros minutos después de las presentaciones descubrí que conocer los nombres de seis desconocidos era considerablemente más sencillo que saber qué hacer después con ellos. Tenía una llave entre los dedos, una habitación esperándome arriba y la posibilidad perfectamente razonable de retirarme y dejar las conversaciones para la mañana siguiente.
En vez de eso, busqué una mesa libre y escogí una lo bastante apartada como para no llamar demasiado la atención.
No porque tuviera nada contra ellos; apenas los conocía lo suficiente como para tener algo contra alguien. Pero una cosa era haber atravesado la puerta junto a Noxiel y otra bastante distinta sentarme de pronto entre un grupo que ya parecía conocerse. Así que dejé mi mochila junto a mí y me acomodé sola, desde donde podía observarlos sin necesidad de decidir todavía si quería formar parte de aquello.
Miqo, Kael, Zolkar y Arwen ocupaban una de las mesas. Noxiel se había instalado con ellos con una facilidad que me resultaba desconcertante, considerando que los conocía desde hacía prácticamente el mismo tiempo que yo. Parecía tener la capacidad de comportarse como si perteneciera a cualquier sitio en el que acabara de entrar.
Yo, por desgracia, no tenía esa habilidad.
Afuera ya estaba oscureciendo. La luz que atravesaba las ventanas había adquirido ese tono anaranjado que precedía a la noche y, por primera vez desde que había regresado, fui consciente de cuánto tiempo había pasado realmente en el puesto de vigilancia.
También estaba empezando a notar cuánto me dolía todo.
Estaba contemplando seriamente la posibilidad de subir a mi habitación cuando Kael levantó la mirada hacia mí y después señaló con la cabeza el espacio libre en su mesa.
—¿Vas a quedarte ahí? Siéntate con nosotros.
Alterné la mirada entre él y el asiento que me ofrecía. La invitación había sonado más a una instrucción que a un intento por hacerme compañía.
—Estoy bien aquí —respondí, sin hacer el menor intento por levantarme.
Kael me sostuvo la mirada durante un instante y luego regresó con el resto, como si hubiera decidido que ya había perdido suficiente tiempo conmigo.
—Qué insistente —murmuré, siguiéndolo con la mirada.
—Ya te invité una vez —respondió sin volverse, como si aquello bastara para cerrar el asunto.
Noxiel, en cambio, se giró hacia mí como si la falta de entusiasmo de Kael acabara de ofenderlo personalmente y dio un par de palmadas sobre el espacio libre a su lado.
—No, no, no. Esa hada viene conmigo.
Entrecerré los ojos, sin estar segura de si acababa de invitarme o adjudicarme.
—¿Perdón?
—Tú. Aquí —repitió, señalando el asiento con toda naturalidad.
Señaló nuevamente el asiento, esta vez con un movimiento más insistente, como si el problema hubiese sido que no había entendido sus instrucciones la primera vez.
—Acabo de decir que no —le recordé, cruzándome de brazos.
—A Kael —corrigió de inmediato, como si aquel detalle cambiara por completo la situación.
Noxiel negó con la cabeza y volvió a señalar el lugar a su lado, cada vez más convencido de su propio argumento.
—Yo lo pedí mucho mejor.
Levanté una ceja.
—Ni siquiera lo pediste.
—Exactamente —respondió, satisfecho consigo mismo—. Ahí está la diferencia.
Kael ni siquiera levantó la mirada.
—Déjala.
Noxiel ignoró por completo la sugerencia y volvió a señalarme, esta vez con más énfasis.
—Llegamos juntos. Ahora eres mi responsabilidad.
Lo miré, incrédula, y señalé primero hacia él y después hacia mí.
—¿Tu responsabilidad? Yo te encontré a ti.
Noxiel se quedó pensativo durante un instante, frunciendo apenas el pico como si acabara de presentarle un problema realmente serio.
—Entonces soy tu responsabilidad.
—Tampoco —respondí de inmediato.
Su expresión se iluminó como si por fin hubiera encontrado una solución perfecta.
—Excelente. Responsabilidad compartida.
Tuve que apretar los labios para contener una sonrisa. Era irritante, pero de una forma sorprendentemente difícil de rechazar.
—Te conozco desde hace diez minutos —le recordé, señalándolo con un dedo.
—Y ya tenemos confianza —respondió Noxiel, encantado con su propia conclusión.
—No tenemos ninguna confianza.
Su sonrisa se ensanchó.
—Eso ha sonado bastante confiado.
Lo miré fijamente. Discutir con su lógica parecía tener exactamente el efecto contrario al que buscaba: cuanto más intentaba deshacerme de él, más entretenido parecía encontrarlo.
—Estoy empezando a reconsiderar lo de subir a mi habitación —advertí, haciendo ademán de levantarme.
Noxiel se acomodó tranquilamente en su silla, sin mostrar la menor preocupación.
—Demasiado tarde. Ya formas parte de la conversación.
Abrí las manos hacia mi mesa vacía y luego volví a mirarlo.
—Estoy literalmente en otra mesa.
Noxiel apenas se encogió de hombros.
—Detalles.
Kael soltó un suspiro, apoyando un antebrazo sobre la mesa.
—¿Van a seguir con esto?
Giré hacia él y alcé apenas una ceja.
—Yo estaba perfectamente tranquila hasta que me hablaste —repliqué, como si aquella fuera toda la explicación necesaria.
Kael sostuvo mi mirada sin mostrar el menor arrepentimiento.
—Solo te invité a sentarte.
—Con una amabilidad conmovedora —comenté, cargando cada palabra con todo el sarcasmo que pude.
Kael me sostuvo la mirada sin inmutarse siquiera.
—No intentaba ser amable.
Por supuesto que no, pensé, completamente incapaz de sorprenderme.
Noxiel alternó la mirada entre ambos, visiblemente encantado con el intercambio.
—Ya se llevan estupendo.
—No —respondimos al mismo tiempo.
Noxiel soltó una carcajada y se recostó en la silla, demasiado satisfecho con aquello.
—Esto va a ser entretenido.
Definitivamente debería haber subido a mi habitación, pensé al ver al pájaro demasiado entretenido con todo aquello.