Volteé hacia la chica y noté que se encontraba a medio metro de mí. Me miraba desde abajo con la carita empapada. Esta vez chorreaba lluvia a cántaros. Por sus mejillas se deslizaban ríos de colores; azules y morados, allí donde el delineador se le había corrido.
—Lo lamento —dije, casi tartamudeando—. No pude detenerlo.
La última persona con la que había hablado era con el anciano de la notaría, y además de él tan sólo me dedicaba a decir “gracias” cuando los repartidores traían la despensa del supermercado hasta mi casa. Era extraño comunicarme fuera de la rutina.
—No te preocupes. La verdad puedo tomar el siguiente tren, sólo no quería perderme el de las nueve por si… —Miró hacia abajo y movió su pie izquierdo de un lado a otro con la punta tocando el suelo—. No quería llegar tarde.
—¿A dónde vas? —pregunté. «¿Por qué le pregunté eso? Creerá que soy un maldito acosador. A mí qué me importa.»
—Iba a… —Se quedó pensando un momento—. A comprar unas cosas. La verdad me gusta mucho salir de mi casa a veces a simplemente a ver cosas. Me encanta ver cosas, aunque no las compre. Siento que me lleno de cosas tan sólo para no pensar, ¿entiendes? ¿A ti también te gusta salir a ver cosas? Siento que ya dije “cosas” muchas veces, discúlpame, estoy un poco nerviosa.
A través de la humedad de la piel de su rostro noté tonos rosados y rojizos. Se había sonrojado.
—Yo… —«Yo me la paso encerrado», le quise contestar, pero no me quería ver tan raro—. La verdad es que casi no salgo de casa. Es decir, la gente me abruma muy rápido...
—¿Verdad? —me interrumpió—. Siento que sería mucho mejor si las calles estuvieran vacías toooodo el día. Me encanta cuando las calles están vacías y puedo recorrerlas con tranquilidad, ¿entiendes? Debería haber un día de calles vacías para que no tengas que toparte con nadie. Aunque, bueno, si así fuera yo tampoco podría estar en la calle. ¿Entiendes? Por lo de que deberían estar vacías. Aunque hay muchas calles por toda la ciudad que siempre están vacías… oh… de nuevo estoy repitiendo mucho una palabra.
Era… adorable, creo.
—No te preocupes, puedes hablar como quieras —le dije. «Di algo más, di algo más.»—. ¿Por qué estás tan mojada?
«Porque afuera está lloviendo, idiota», me dije.
—Olvidé mi paraguas porque salí con prisa, no quería dejar ir el tren de las nueve. —Se sacudió el vestido dando media vuelta de un lado a otro, como la parte del medio de las lavadoras antiguas—. Me di cuenta de que lo había dejado en casa hasta que sentí que me empezaba a empapar. Y no tenía tiempo para regresar por él. Pero mira, si hubiera vuelto no hubiera llegado a tiempo.
—Pero el tren se fue.
—Oh… —De nuevo se sonrojó—. Sí, quiero decir: me quedé a tres pasos. Si me hubiera regresado por el paraguas me habría quedado a diez. —Y soltó una risa que estalló por la gran estación al igual que un rayo. Se reía bastante gracioso—. ¿Entiendes?
—Entiendo. —«¿Por qué lo repite tanto?»—. Ayer te vi, creo.
—¡Sí! —soltó emocionada—. Digo, ¡no! ¡Qué vergüenza! ¡Un condenado desgraciado de un carro me empapó toda antes de bajar a la estación! ¡Maldito! Siento que todavía tengo agua en las orejas, ¡toda me mojó! —Apuntaba con su dedo hacia arriba, a la salida de la calle, como si aquel hombre estuviera allá—. ¡Me veía como la Llorona! ¡Qué vergüenza! ¿Para qué me veías? ¡Qué vergüenza!
Y se tapó el rostro con ambas manos.
Al ver que no decía nada más, tuve el valor de tomar una de sus manos y descubrir la mitad de su rostro. Se había manchado la palma de color morado. Y con su ojo me miró con detenimiento.
—Te veías linda.
Se zafó de mi mano y volvió a cubrirse el rostro con timidez.
—Cállate, mentiroso. —Separó los dedos de ambas manos y me miró desde su escondite—. ¿Cómo te llamas?
—¿Yo? —Fue una pregunta que no me esperaba. En verdad me desconcertó. ¿Por qué querría saber mi nombre?
Ella se quitó las manos del rostro y miró hacia todas direcciones, luego tomó uno de mis brazos y lo levantó, como si buscara algo.
—Estaba segura de aquí estaba la persona a la que le pregunté, ¿no viste para dónde se fue? —Miró debajo de las suelas de sus botas—. ¿Entendiste? —De nuevo rio mientras se intentaba cubrir la sonrisa con sus dedos manchados de azul. Restos de colores se quedaron pegados en sus labios.
—Mi nombre es… Daniel. —Fue raro decirlo, casi me costó hacerlo.
—¡Qué gusto, Daniel! Un tío mío tenía un perro que se llamaba así, era gracioso; estaba panzón y le encantaba echarse de espaldas y hacer igual que una foca queriendo levantarse. ¡Aúf, aúf, aúf! —Se golpeó los costados con sus manos igual que una foca. Y de nuevo se rio. Su risa era agradable.
—Ah… —Genuinamente no supe qué contestar.
—¡Me llamo Luz! —Y se paró firme, igual que un soldado, estiró su mano hacia mí y de nuevo me sonrió.
Miré con detenimiento sus dedos; tenía las uñas pintadas de color negro. Sabía que tenía que tomársela… pero…
—¡Se me va a cansar la mano! —dijo, casi como un berrinche.