Caminamos por Avenida Juárez, hasta llegar a Avenida 16 de Septiembre, y subimos camino a la catedral. No teníamos muy claro a dónde llegar a almorzar, de hecho, yo no conocía muchos restaurantes, habríamos de escoger al azar o dejaría que ella eligiera dónde querría comer. Dejamos a nuestra derecha la Plaza de Armas; estaba vacía, las únicas almas que se atrevían a pasar de aquí para allá eran las que se cubrían de la lluvia con grandes paraguas o con impermeables que se arrastraban por el suelo húmedo y lleno de charcos. El kiosco, que en días cálidos o noches despejadas estaba repleto de gente, ahora sólo se veía como una estructura abandonada a la intemperie, como si ese lugar nunca hubiera tenido vida. Llevaba mucho tiempo sin estar ahí. La catedral se alzaba imponente sobre todas las demás estructuras, con sus dos torres queriendo rozar el cielo gris, como dedos amarillos que se elevaban en busca de algo... de esperanza, tal vez.
Ambos nos quedamos ahí de pie, quietos, mojándonos, contemplando el templo.
—Qué hermosa es, ¿verdad? Todos los días vengo a verla al menos una vez. Es tan precioso todo lo que transmite. Parece tan llena de vida, vida antigua y lejana, vida olvidada. Es como si estuviera atrapada en el tiempo, en un lugar al que no pertenece. —Luz bajó la mirada y duró un buen rato en silencio—. ¿No sientes de vez en cuando como que no perteneces a este lugar? ¿A este espacio? ¿A esta época? A esta vida en general. Porque yo, a veces, siento como si viviera una vida que no me pertenece, ¿entiendes? Otra vez estoy repitiendo mucho una palabra…
«¿Qué le ha pasado a esta chica?», pensé mientras el viento soplaba y nos ondeaba las ropas. Cualquiera pensaría que estábamos locos por el hecho de estar ahí bajo la torrencial lluvia. Pero el frío ni nos inmutaba. Ambos parecíamos estar justo donde pertenecíamos, de cierta manera. Alejados de todos, solos, entre la espesura gris que la mañana levantaba bajo la tormenta y… ¿juntos? Era curioso, cómo a veces las almas rotas suelen encajar bien entre ellas. Como dos piezas de rompecabezas. La chica era curiosa, cuanto menos, llamaba fácil mi atención, pero hasta ahí. Y bueno, pasar tiempo a su lado era agradable. Aunque preferiría mil veces estar en mi casa… pero ¿para qué?
—Ven.
Luz tomó mi mano, de la parte de la muñeca, y caminamos hasta el puesto de tortas ahogadas más cercano. Iba en silencio, por mucho que eso pareciera imposible para ella. El pequeño carrito de metal se resguardaba bajo una grande lona roja que hacía que el sonido del agua que caía sobre ella sonara tres veces más fuerte. Tras pedir la comida, en bolsa, nos dirigimos hacia el kiosco de la Plaza de Armas. Nos sentamos dentro, en el suelo, con la espalda recargada en la valla metálica de la pequeña estructura. Ahí estaba seco. Parecía que la ciudad entera era para nosotros solos.
—¿Qué crees que haces? —me preguntó cuando notó que estaba desatando el nudo que cerraba la bolsa de la torta ahogada.
—La estoy abriendo para poder comer —dije sin pensarlo. Era obvio.
—¡Estás pero que rebotas de loco! Trae para acá.
Luz me quitó la bolsa de las manos y con una mordida prominente le hizo un agujero en una de las esquinas, de manera cuidadosa para que el contenido no se derramara.
—¡Cuidado! —solté mientras ponía mis manos por debajo para evitar que se chorreara de salsa de jitomate.
—Soy una experta en esto, no tienes por qué decirme que tenga cuidado, corazón santísimo. El que va a deber tener cuidado eres tú. Ten, ahora sí, come por ahí, como si fuera un boli. Muerde con cuidado, eh, no vayas a reventar la bolsa de más. ¿Cuánto llevas viviendo aquí? ¿Cómo es que nunca has comido una torta así? Pareces foráneo. Una vez conocí a un foráneo que no le gustaba ni el birote, ni los chilaquiles, ni las tortas ahogadas, ni la jericaya. ¡Condenado infeliz! Tuve que bloquear su número. No vaya siendo que la enfermedad que tiene se me pegue, ¡Já! ¿Entiendes?
—El birote sí me gusta —dije mientras daba un gran bocado. Sí, estaba rica. Odiaría admitirlo.
—¿Qué te pareció? —Luz ni siquiera había abierto la suya. Se me quedaba viendo como si estuviera a punto de descubrir una nueva maravilla del mundo.
—No está mal.
—¡Qué acabas de decir! —En su mirada se reflejaban ojos de asesina—. ¡Mastícale bien! ¿Tienes gripa? ¿Tos? Tal vez por eso no le hallas sabor. ¡Muerde de nuevo!
Luz se arrodilló y se inclinó hacia mí, esperando a que hiciera lo que me acababa de ordenar. Estaba loca. Eso me agradaba, hasta cierto punto. Por tonto que pareciera me daba un poco de miedo. Su aliento a moras me embriagó la nariz.
—¡Está bien! ¡Sí está rica! —admití entre risas. Casi escupía un trocito de carne.
—¡Eso quería escuchar!
De nuevo se recargó en el barandal y comenzó a devorar su torta ahogada. Entre silencios cómodos y de vez en cuando algún comentario tonto, la mañana fue pasando. La lluvia, como no queriendo, amainó lentamente hasta convertirse en una brisa que apenas y se notaba, pero que marcaba en los charcos del suelo esas ondulaciones tan características que me hipnotizaban. Acompañamos el almuerzo con un jugo de uva, y con el sonido de las goteras del kiosco. Y el frío llegó. Ninguno tenía ropa extra, obvio, así que cuando empezó a enfriarse la que teníamos empapada comenzamos a temblar.
El sol, queriendo asomarse entre las nubes, proyectó un arcoíris frente a nosotros. Ella estaba exprimiendo, muy concentrada, parte de su vestido, dejando caer chorritos de agua helada a su costado. Le toqué su hombro con cierta timidez para que volteara a verlo.