Cuando Vuelva a Llover

3

Mi gabardina ondeaba al aire con el trote al que me tenía Luz. La estación era enorme; cruzábamos pasillos blancos llenos de azulejos y murales; subíamos escaleras y chocábamos con las otras personas que también iban con prisa de un lado a otro, en busca de su tren, de su destino.

A veces, cuando por fin me decidía a salir de casa y no me aterraba la idea de tener que abandonar la comodidad de mi triste cama, me gustaba mucho permanecer frente a las vías y, de cierta manera, observar. No me subía a ningún tren, tan sólo los miraba llegar e irse. Permanecía invisible, al igual que el tiempo, desapercibido, sin tomar ningún camino, sólo... observando, viendo a las miles de vidas pasar frente a mí.

Cuando casi llegábamos a la salida podía empezar a distinguir el sonido de la lluvia en el exterior. Tenue y constante. Y el frío se hizo notar más.

De pronto tomé consciencia de lo que estaba pasando, de dónde me encontraba y con quién, y quise correr, huir de ahí, escapar. Me zafé de su agarre con delicadeza y me paré en seco. Ella también se detuvo, se giró hacia mí y me miró con detenimiento.

—¿Qué pasa? —me preguntó. Dio dos pasos hacia delante y me quiso tomar de nuevo de la mano.

—¿Por qué estás haciendo eso? —le pregunté mientras miraba hacia el exterior.

Yo me había quedado en la línea exacta donde se entraba a la estación, ella alcanzó a dar dos pasos hacia afuera. La lluvia le caía sobre el cuerpo. Sólo en ese momento le pude prestar atención: de nuevo tenía un vestido negro, sobre sus hombros caía un chal de color tinto, aunque con lo empapado de la lluvia estaba tan oscuro que casi parecía del mismo color que el vestido. Llevaba unas medias negras que sobrepasaban su rodilla y unas botas que le llegaban a media pantorrilla. Su cabello lo tenía atado en una coleta alta y el flequillo cruzaba por su frente hasta terminar detrás de la oreja.

—¿Qué cosa? —preguntó. La lluvia eliminó los restos de delineador de su rostro.

—¿Por qué me llevas de la mano a quién sabe dónde? No me conoces, Luz. Ni yo te conozco a ti. No me estoy quejando, no lo tomes a mal, sólo me parece muy extraño, enserio. No deberías confiar tan rápido en las personas, no sabes quién soy.

Ella miró al suelo unos instantes y después hacia el cielo. Cerró los ojos, como si estuviera rezando o pensando algo a profundidad.

—¿Y quién eres, Daniel? —Bajó la mirada y nuestras pupilas se encontraron—. Dime quién eres y te diré quién soy, dímelo para dejar de ser desconocidos. ¿Por qué dices lo de la confianza? ¿No puedo confiar en ti? ¿Es eso lo que dices?

—Hey, tranquila.

La chica empezó a sorber por la nariz con delicadeza. Tal vez estaba llorando, pero por la lluvia no se distinguían sus lágrimas.

—No sabes cuántos años llevo esperando a sentir algo a la hora de salir a ver cosas. Los días pasan y pasan, y salgo y salgo, y voy de aquí para allá una y otra vez y todo parece tan igual, Daniel. Todo parece lo mismo desde… ya sabes, olvídalo. —Pasó su chal por su rostro para limpiarse el agua acumulada—. Y ayer, cuando te vi en el tren, me fue inevitable sonreír, ¿sabes cuánto llevaba sin hacerlo? Te vi y… fue extraño, pensé que estabas dormido. Y tu saludo con la mano… Siento que quiero conocerte más.

Me quedé en silencio un buen rato, no daba crédito a lo que escuchaba. Tenía que estar mintiendo, estaba casi seguro de eso, pero ¿y si no? O más bien, ¿por qué sí? ¿Quién era yo para despertar en ella eso que me dice? ¿Quién carajos era yo? Un fantasma, tal vez. Creo que es mi mejor definición. Estoy sin estar, observando a las personas que sí tienen vida, viéndolos vivirla. Me mantengo encerrado y dormido para no ver a las personas. ¿Por qué las cosas de pronto tenían que ser tan difíciles? ¿Por qué no pude ser feliz? ¿Por qué me tuvieron que hacer esto? ¿Fue culpa de ellos? ¿De Dios?

—Vivo cerca de la estación de Periférico Sur —le dije finalmente mientras la tomaba de los hombros y la movía con delicadeza hasta la parte techada donde yo me encontraba—. Vivo sólo desde hace... muchos años. Trabajo desde casa como diseñador gráfico. Hm, y odio el sol.

Ella sonrió y recargó su frente en mi pecho, como un dominó que se cae frente a otro.

—Tonto.

Tomé mi gabardina, que no estaba tan mojada, y la pasé por sus hombros después de quitarle su chal. Le llegaba casi a los tobillos, tal vez la chica medía un metro sesenta. Se le veía gigante comparada conmigo.

—¿Y tú?

—Me llamo Luz. —Se empezó a acomodar en la prenda que le presté y la abrochó, parecía un monigote negro al que sólo le sobresalía la pequeña cabeza—. Vivo con mi hermana y cinco gatos, cerca de Periférico Norte. Trabajo en un museo; a veces limpiando, a veces ayudando en las exposiciones, y otras velando. Es divertido, es como si a veces fuera dueña de todas las obras que se exponen, ¿entiendes? Y a mí que me encanta ver cosas, pasarme las noches deambulando, viendo lo que los artistas quieren expresar… ¡Tu dedo!

Me volvió a tomar de la mano y emprendimos nuestro camino bajo la lluvia. Ni siquiera me dio tiempo a responderle. Los relámpagos matutinos tronaban sobre nuestras cabezas, cayendo lejanos, tal vez en el Cerro del 4, tal vez más allá. Ambos teníamos las botas empapadas, y toda la ropa, de hecho. Las calles del centro estaban hermosas, la humedad hacía brillar los edificios y las aceras. Todo mundo iba con paraguas, con impermeables o como ella y yo; bañándonos con la tormenta. Mi cabello me tapaba gran parte de la visión, nunca había durado tanto sin cortármelo. Y ella… ella se veía bastante linda. Ya no tenía nada de maquillaje en el rostro, y aun así era agradable de ver. Sus ojos eran rasgados, como si tuviera un toque asiático en ellos. Su nariz era pequeña y puntiaguda, y su cara igual de delgada que ella. Pequeña y flaca, parecía que el viento se la podría llevar volando con un simple soplo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.