Ecos de Fanythiel

Dûm-Gulûk Rakhûn.

La guerrera orca avanzaba despacio por uno de los antiguos senderos que serpenteaban entre los bosques de Fanythiel.

Bajo ella caminaba Ghor (Negro), un enorme uro de guerra de pelaje oscuro como la noche, musculatura poderosa y largos cuernos curvados que parecían capaces de atravesar un tronco de lado a lado.

Las riendas de cuero negro remachadas en plata tintineaban suavemente con cada paso, igual que los adornos de la silla de montar.

Sentada sobre la bestia viajaba una orca poco común.

No era especialmente alta ni corpulenta para los estándares de su pueblo; al contrario, su figura era más esbelta y proporcionada.

Su largo cabello negro descendía hasta la cintura y enmarcaba un rostro de rasgos firmes: nariz recta, ojos oscuros y una mandíbula algo cuadrada que otorgaba dureza a una belleza salvaje difícil de ignorar.

Vestía una armadura de cuero endurecido negro, reforzada con remaches y runas de plata de orcis, la lengua de los orcos, que brillaban entre las sombras del bosque.

Bajo ella asomaba una corta túnica de lana oscura que dejaba libres sus fuertes y musculosas piernas.

Unas altas botas de montar protegían sus pantorrillas, mientras que una enorme hacha de doble hoja descansaba a su espalda, su largo mango sobresaliendo por encima de un hombro.

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A medida que avanzaban, los pocos viajeros que cruzaban aquellos caminos reaccionaban siempre de la misma forma.

Un grupo de gnomos que transportaba mercancías dejó apresuradamente el sendero y se refugió entre los arbustos.

Dos humanos que caminaban en dirección contraria decidieron contemplar con gran interés un árbol particularmente corriente hasta que la orca pasó de largo.

Incluso algunos elfos y lómiëincis preferían mantener una prudente distancia de aquella enorme hacha.

Ghor resopló con fuerza al detectar movimiento entre los árboles.

—Ghor nar ukh. Nar ghash. (Tranquilo Negro. Ya los he visto.)

El uro agitó la cabeza.

—Nar, Ghor. Lómiëinci vrak na. (Tranquilo, Negro. Ese lómiëinci es inofensivo.)

La joven criatura, que apenas sobresalía entre los helechos, aceleró el paso al escuchar la voz gutural de la orca.

Un rato después aparecieron dos elfos en una curva del camino. Ambos portaban arcos.

Las orejas de Negro se alzaron inmediatamente.

—Ghor… urk nar. Elfar grauk thur. (Negro… atento. Esos elfos llevan arcos.)

Los dos elfos intercambiaron una mirada incómoda mientras la orca pasaba junto a ellos. Ella ni siquiera volvió la cabeza. Los observó de reojo y continuó su camino.

—Nar grash. Nar tokh. (No buscan pelea. Sigue andando.)

Negro bufó como si no estuviera del todo convencido.

La guerrera sonrió apenas.

Hacía ya una semana que recorrían los senderos de Fanythiel.

Una semana compartiendo caminos con viajeros nerviosos, comerciantes inquietos y guardabosques élficos demasiado atentos.

Una semana durante la cual nadie había sido atacado, amenazado o molestado.

Ella estaba cumpliendo las leyes de Fanythiel escrupulosamente.

Y, sin embargo, cada vez que ella aparecía entre los árboles montada sobre aquel colosal uro negro, el bosque entero parecía recordar que las hachas sirven para cortar madera… pero también otras cosas.

Dûm-Gulûk Rakhûn, la Reina de las Cenizas.

Así era conocida la joven orca, aunque pocos se atrevían a pronunciar su nombre delante de ella. Era la hija menor de Zhurmakh Ghâshûrz, Señor de las Llamas, caudillo del clan Ghâsh-Rûgazh, los Llamas Rojas, uno de los clanes guerreros más poderosos y temidos de Nargoth.

Sin embargo, lejos de los salones de piedra negra de su pueblo, Dûm-Gulûk llevaba semanas recorriendo los caminos de Fanythiel en completa soledad, acompañada únicamente por Ghor.

Todos los días seguía la misma rutina.

Se levantaba con las primeras luces del alba. Tomaba algún bocado frugal, normalmente carne seca, frutos o pan endurecido por el viaje. Después estiraba los músculos, aflojaba las articulaciones y realizaba una larga serie de ejercicios de calentamiento.

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En el texto hay: elfos, duendes, orcos

Editado: 25.09.2026

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