Al atardecer, por el bosque milenario de Fanythiel avanzaba la centuria de Guardias Imperiales, también conocidos en el Imperio de Arcadia como la Guardia Solar.
Al frente de la formación marchaba el Primer Centurión Marco Octavio, un hombre que apenas superaba los treinta años.
Alto, musculoso y de cabello oscuro, llevaba el rostro implacablemente afeitado. Su mandíbula recta y su gesto serio daban a su semblante una dureza que contrastaba con la precisión y serenidad con la que dirigía a sus hombres.
Era un hombre atractivo.
Bajo su mando viajaban cien legionarios y el correspondiente tren de bagaje, cargado con alimentos, agua, forraje, tiendas, herramientas y todo cuanto pudieran necesitar durante la marcha.
Era su tercer día en el bosque.
Y durante aquellos tres días Marco Octavio había repetido hasta la saciedad las normas que debían respetar mientras permanecieran en Fanythiel.
No derramar sangre por odio.
Utilizar únicamente leña seca.
No dañar innecesariamente árboles ni plantas.
No cazar hembras preñadas ni crías.
No tomar del bosque más de lo estrictamente necesario.
Y, antes de abandonar un lugar, dar las gracias al bosque y a los antiguos dioses por aquello que les hubiera proporcionado.
No eran simples recomendaciones.
Eran órdenes.
Los hombres de la Guardia Imperial habían combatido con él en las llanuras de Carpatia y seguían a Marco Octavio desde hacía años. Le habían acompañado en sus marchas y combates, y su lealtad hacia él era absoluta.
Por eso nadie cuestionaba aquellas normas.
Además, el centurión había tomado sus precauciones.
Habían llevado suficientes provisiones para no verse obligados a vivaquear en el bosque para alimentarse, y el tren de bagaje transportaba incluso agua y forraje suficiente para los animales durante varios días.
Delante de la columna cabalgaba una joven.

Montaba un enorme caballo de guerra de pelaje oscuro, cuya musculatura destacaba bajo la luz rojiza del atardecer.
Era muy hermosa.
Su largo cabello negro descendía por su espalda y un elegante casco plateado con un penacho de color rojo adornaba su cabeza.
Sus ojos azules destacaban sobre sus facciones delicadas, mientras que su nariz ligeramente respingona y sus labios carnosos le daban una expresión que podía pasar de la dulzura a la determinación en un instante.
Vestía una armadura plateada, con hombreras y muñequeras del mismo metal. Bajo ella llevaba una corta túnica roja que dejaba libres sus largas y musculosas piernas, protegidas únicamente por unas botas de cuero marrón.
Del ancho cinturón de cuero que rodeaba su cintura colgaba una espada larga.
No era un adorno.
Ni una espada ceremonial.
El arma descansaba en su vaina con la naturalidad de quien estaba acostumbrada a llevarla.
Marco Octavio levantó finalmente una mano.
—¡Alto!
La orden recorrió la columna de inmediato.
Los hombres detuvieron la marcha.
El centurión observó el terreno durante unos instantes.
Habían encontrado un pequeño claro entre los árboles, suficientemente amplio para establecer el campamento sin tener que talar un solo árbol.
—Aquí.
No necesitó decir más.
Los legionarios comenzaron a moverse.
La disciplina convirtió el caos aparente de una columna detenida en una maquinaria perfectamente organizada.
No se levantaron terraplenes.
No se clavaron estacas.
No se excavaron zanjas defensivas.
Aquello habría sido una ofensa innecesaria al bosque.
Editado: 25.09.2026