El Asesino de las Flores

Capítulo 8: Loreta

❁ † ❁

Armando se levantó por la mañana con calma. Afuera, el cielo gris apenas dejaba pasar la luz y el silencio del campo era profundo.

Con Luis todo transcurrió igual: el mismo trabajo, el sonido de las herramientas y conversaciones cortas.

Al mediodía Helena no fue porque había comenzado la escuela. En su lugar, la señora Valdez envió a Loreta, una muchacha de la cocina. Cruzó el patio con pasos tímidos y saludó con las manos juntas. Luis le preguntó su edad curioso al verla trabajar siendo tan joven.

—Tengo diecisiete años.

Se hizo un silencio. Se le notaba el cansancio en las ojeras oscuras y la espalda tensa.

—Bueno… por lo menos tienes un trabajo seguro —dijo Armando con una risa seca.

Loreta sonrió apenas.

—Sí… es es cierto.

Esperó a que terminaran de comer y lavó los platos en la cocina. Al terminar, se despidió y salió. Armando la vio alejarse por el camino de tierra.

A las cinco, Luis se fue una hora antes para ir a ver una obra en el pueblo. Loreta lo vio marcarse a lo lejos. La señora Valdez le había dicho que podía llevarse un pedazo de carne y algunos víveres para su casa, pero tenía que esperar a que terminaran de cortar un racimo de plátanos en la parte trasera de la finca.

Cuando se los entregaron ya eran casi las ocho. El cielo estaba oscuro y la neblina cubría la carretera de tierra. Loreta acomodó la comida en una bolsa, se colgó la cartera y emprendió el regreso. El tramo era largo y desolado, flanqueado por árboles altos. Loreta caminaba rápido abrazando la bolsa.

Escuchó pasos lentos detrás de ella y el crujido de botas sobre la gravilla. Se giró y vio una sombra alta e inmóvil. Apenas se distinguía el brillo de un machete en su mano.

Loreta soltó un jadeo y echó a correr.

El hombre corrió tras ella, ganando terreno. Intentó gritar, pero el miedo la ahogó.

Una mano la sujetó del brazo y la arrastró con violencia hacia la plantación. Forcejeó clavándole las uñas, pero él la empujó entre las hojas.

Un grito seco rompió la noche. Luego todo quedó en silencio.

En la carretera quedaron tirados su bolso, los víveres y la carne.

A la mañana siguiente, la finca amaneció hecha un caos. Armando despertó por los gritos, se acercó a la ventana y vio a una multitud frente a la casa de los Valdez.

Salió de inmediato.

El padre de Loreta, un hombre robusto y desaliñado, se abría paso con rabia, desencajado por el alcohol y los ojos enrojecidos.

—¡¿Dónde está mi hija?! —rugió.

Helena observaba asustada detrás de una cocinera. El hombre levantó la mano hacia ellas, pero Armando lo sujetó del brazo y lo empujó hacia atrás.

—¡Cálmese!

La gente comenzó a murmurar.

—¡Ella no llegó a casa! —vociferó—. ¡Loreta no volvió!

La señora Valdez explicó que la muchacha había salido a las ocho de la noche.

Organizaron grupos de búsqueda con linternas y machetes. Revisaron el establo, los campos y el arroyo, sin encontrar rastro de ella.

El padre señaló a Armando:

—¡Revisen también su propiedad! ¡Ese hombre es extraño!

Puras acusaciones de un borracho.

—Háganlo —respondió Armando con frialdad no tenia nada que ver.

Revisaron la casa, el cobertizo y el terreno, pero no encontraron nada. El padre escupió al suelo.

—Entonces denme el dinero que ganó hasta ayer. Si huyó o está muerta, no importa, ese dinero me pertenece.

Helana bajó la mirada. Armando sintió una rabia profunda al escucharlo, no le importaba su hija en lo mas minimo solo el dinero.

Entre murmullos, las cocineras comentaron que el padre la golpeaba, llegaba borracho y le quitaba el dinero. La señora Valdez escuchó esto.

—No voy a darle ni una moneda a usted—dijo la señora Valdez—. Se lo entregaré a Loreta.

Se dividieron en grupos de siete para buscar en las carreteras. A Armando y a Luis les tocó el tramo medio hacia el pueblo. Llevaban casi una hora buscando cuando un grito resonó a lo lejos:

—¡Encontramos algo!

Todos corrieron. En el borde del camino estaban la cartera de Loreta, los víveres y la carne tirados. Las hojas del platanal contiguo se veían aplastadas, indicando que alguien había sido arrastrado.

Se adentraron en la plantación, donde el aire era sofocante y la vegetación tapaba la luz. Un grito infantil rompió el silencio.

Una niña temblaba señalando el suelo. Luis corrió, la cargó y le cubrió los ojos.

—¡No mires!

Pero era tarde. Entre las hojas estaba el cuerpo de Loreta, vestida de blanco, con un velo sobre el rostro, los ojos abiertos y unos lirios rosados en las manos.

Armando se arrodilló y le cerró los párpados.

La policía llegó poco después, acordonó la zona, tomó fotos y se llevó el cuerpo. Los dueños dieron el día libre a los trabajadores.

Esa noche, Armando se quedó en la casa de los Valdez para proteger a la familia, pues eran dos ancianos y una niña. Mientras se acomodaba en el mueble, Helena se le acercó.

—¿Cree que el asesino vendrá por nosotros ahora? Ya tomó a mamá…

Armando se quedó paralizado un segundo. Luego la abrazó.

—No —murmuró—. No dejaré que pase nada.

El miedo de Armando se habia transformado en un deseo de venganza. Se levantó antes del amanecer. Cruzó hacia su propiedad y encontró a Luis preparando las herramientas.

—Voy al pueblo —le dijo—. Encárgate de regar la plantación mientras regreso.

—Está bien.

Armando tomó su camioneta y fue al consultorio del médico del pueblo.

—Necesito algo más fuerte para dormir —pidió.

—Las últimas pastillas ya eran bastante fuertes —respondió el doctor.

—No están funcionando.

El médico terminó cediendo y le entregó un frasco pequeño.

—Estas son más fuertes, pero podrían provocar efectos adversos: mareos, confusión, sueño profundo.

—No importa.




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