El Evangelio de Samael

CAPÍTULO I- Los Gemelos de la Mañana

Había pasado la noche junto a la ventana cuando Jezhael decidió que aquello constituía una ofensa personal. Yo llevaba tanto tiempo observando cómo el amanecer borraba las últimas estrellas sobre El Origen que no lo escuché levantarse. Solo advertí que estaba despierto cuando una almohada me golpeó en la nuca y cayó a mis pies con una dignidad considerablemente mayor que la de su propietario.

Incluso a aquella edad Jezz tenía una idea bastante precisa de cómo debían hacerse las cosas. Dormir ocurría en la cama, las túnicas se cerraban antes de salir de una habitación y, si uno despertaba después de un sueño espantoso, lo razonable era contárselo a su hermano en vez de pasarse el resto de la noche fingiendo que contemplaba el paisaje. Yo estaba de acuerdo con dos de aquellas tres afirmaciones.

Sin apartarme del cristal, recogí la almohada y se la devolví. No con demasiada fuerza. Jezhael aseguró durante años que intenté derribarlo de la cama; yo sostengo que un ser destinado a convertirse en Estrella de la Mañana debía aprender cuanto antes a defenderse de los objetos blandos. Nuestra madre, cuando escuchó ambas versiones, tuvo la prudencia de no declarar vencedor a ninguno.

—Te toca —dijo Jezz, atrapando la almohada contra el pecho.

—¿Qué me toca?

—Dormir.

—Ya dormí.

Técnicamente era cierto. Había dormido lo suficiente para ver un palacio destruido, sangre sobre mis manos y a mi hermano detrás de una barrera que ninguno de los dos comprendía. No me pareció necesario incluir esos detalles. Jezhael entrecerró los ojos con esa expresión que, incluso siendo niños, significaba que había reconocido una respuesta cuidadosamente incompleta.

Otra almohada habría terminado de resolver nuestra discusión si una campana no hubiera sonado en los corredores. Tres notas breves anunciaron el comienzo del nuevo ciclo y, casi de inmediato, el Palacio de Plata despertó a nuestro alrededor. Las galerías se llenaron de pasos, las fuentes de los patios comenzaron a correr y una claridad tenue descendió por las paredes como si el propio edificio hubiese abierto los ojos.

Recordaba aquella mañana con una nitidez que durante mucho tiempo me pareció injusta. He perdido batallas enteras dentro de mi memoria, nombres de ciudades que una vez pude recorrer con los ojos cerrados y rostros de criaturas que confiaron en mí. Sin embargo, todavía puedo recordar a Jezhael intentando ponerse una sandalia mientras se abrochaba la túnica y protestaba porque yo había escondido la otra. No la había escondido. Estaba debajo de su cama. Esa distinción me pareció importantísima a los seis años.

Ignoramos la segunda campana. La tercera ya no pudimos fingir que no existía. Miguel nos esperaba en el patio oriental y tenía la desagradable costumbre de considerar la puntualidad una virtud, incluso en aquellos que todavía necesitábamos impulso para alcanzar algunos estantes. Jezz encontró finalmente su sandalia, yo conseguí cerrar la mitad de mi túnica y ambos salimos de la habitación convencidos de que, si corríamos lo bastante rápido, quizá el tiempo aceptaría nuestra versión de los hechos.

Años después comprendí que aquella fue una de las últimas épocas en que llegar tarde podía ser el peor problema de una mañana.

El Palacio de Plata no había sido diseñado pensando en niños que corrían por sus corredores. Eso nunca nos detuvo. Jezhael saltó por encima de una baranda baja y abrió las alas para descender al nivel inferior; yo lo seguí un instante después, aunque elegí el lado contrario únicamente porque él había elegido aquel primero.

—Estoy ganando —anunció desde abajo.

—Has salido antes.

—Por eso estoy ganando.

Aterricé junto a él.

—Eso es hacer trampa.

Jezz se quedó mirándome.

—Sam, nací antes que tú.

—Por un latido.

—El primer latido de ventaja de muchos.

Echó a correr. Lo alcancé antes de llegar a la siguiente galería.

Éramos casi idénticos entonces. Mismo cabello rojo, aunque el suyo obedecía ligeramente mejor a los peines; mismos ojos claros, misma altura y unas alas que los guardianes confundían incluso cuando las teníamos desplegadas. Los servidores del palacio habían desarrollado distintos métodos para distinguirnos. Algunos observaban cómo caminábamos. Otros esperaban a que habláramos. Los más experimentados simplemente preguntaban quién había roto algo.

Aquella mañana todavía no habíamos roto nada. Faltaban varios minutos para corregirlo.

Atravesamos el arco que comunicaba los corredores interiores con los jardines y la luz del nuevo ciclo nos obligó a disminuir la marcha. El Origen se extendía más allá del palacio en terrazas imposibles de abarcar desde un solo punto. Había jardines suspendidos sobre corrientes de luz, canales que transportaban agua entre plataformas sin necesidad de cauces y árboles cuyas hojas cambiaban de color según la constelación que dominara el firmamento.

Cuando era niño pensaba que nuestros padres habían colocado cada piedra personalmente.

Nunca se me ocurrió preguntar quién había hecho las escaleras.

—Atajo —dije.

Jezhael siguió mi mirada.




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