Volví a escuchar la voz cuando los pasos estuvieron lo bastante cerca para que la figura dejara de confundirse con el resplandor carmesí del horizonte. Durante unos segundos pensé que mi mente estaba deformando las palabras por el agotamiento, pero el desconocido volvió a pronunciarlas exactamente igual: cada sonido parecía pertenecer a una lengua que debería haber comprendido y, sin embargo, se negaba a colocarse en el orden correcto. Permanecí apoyado contra la roca, demasiado cansado para levantarme y demasiado alerta para fingir que no había alguien observando mis alas.
El hombre llevaba una capa confeccionada con un material áspero que había perdido cualquier color original bajo el polvo. Su rostro parecía joven, aunque no tanto como el mío, y una criatura baja de piel endurecida permanecía junto a él mirando mis plumas con mayor curiosidad que miedo. El desconocido no llevaba ningún símbolo que reconociera, ninguna armadura semejante a las de El Origen ni la actitud de quien acabara de encontrar algo digno de veneración. Si acaso, parecía molesto por haberme descubierto allí.
Recuerdo que volvió a señalarme antes de repetir la frase, esta vez separando deliberadamente cada palabra: «otreum. aívadot. on. sátse». El cansancio tardó unos instantes en permitir que mi mente hiciera lo evidente. Invertí el sonido de la primera palabra, luego el de la segunda, y finalmente comprendí lo que llevaba intentando decirme desde que había aparecido: muerto todavía no estás.
Durante cuarenta días había imaginado muchas formas de encontrar a otro habitante de aquel mundo. Ninguna incluía tener que resolverlo como un acertijo. Intenté incorporarme apoyando una mano sobre la roca, pero las piernas apenas soportaron mi peso y una de las alas se desplazó detrás de mí. El movimiento bastó para que el dolor recorriera mi espalda y volviera a caer antes de quedar completamente de pie. El desconocido observó el intento con expresión resignada, como si acabara de confirmar una sospecha sobre mi inteligencia.
A pesar de todo, no se acercó inmediatamente. Primero estudió las alas, después la ropa deteriorada y finalmente la cicatriz sobre mi ojo. Había cautela en su rostro, pero no la clase de temor que yo esperaba encontrar ante un ángel. Era una evaluación. Me estaba calculando como Jezz y yo habíamos aprendido a calcular una tormenta o una criatura desconocida: cuánto podía moverme, qué podía hacer y si acercarse constituía una decisión razonable.
Después extendió una mano y dijo algo más. Aquella vez conseguí invertir las palabras antes de que tuviera que repetirlas. Quería que me levantara. Lo intenté de nuevo por orgullo, rechacé su mano por el mismo motivo y terminé apoyado contra la roca exactamente en la misma posición que antes. Él esperó sin burlarse, aunque la criatura a sus pies emitió un sonido que se parecía demasiado a una risa.
En algún momento de aquellos cuarenta días había dejado de pensar en mí mismo como alguien que necesitara ayuda. Sobrevivir había reducido el universo a decisiones sencillas: encontrar agua, evitar ciertas regiones, caminar, descansar y volver a caminar. Aceptar una mano era más difícil porque exigía reconocer otra verdad: podía seguir moviéndome solo, quizá, pero ya no sabía durante cuánto tiempo.
Solo después de comprender eso extendí la mía. El desconocido me sostuvo por debajo del brazo y esperó hasta asegurarse de que podía mantenerme en pie. Cuando el ala izquierda se arrastró sobre la piedra, se volvió hacia ella con evidente preocupación.
—sala sal ratluso arap oiram sed.
Lo miré.
—Eso ha sido demasiado.
Frunció el ceño y repitió más despacio:
—sala sal.
Invertí las palabras.
—Las alas.
Asintió.
—¿Qué pasa con ellas?
El hombre hizo un gesto como si intentara plegarlas.
—No puedo.
No necesitó invertir aquello. Intenté hacerlo para demostrarlo. La derecha obedeció parcialmente; la izquierda apenas se movió antes de que el dolor me obligara a detenerme. El desconocido murmuró algo que no conseguí descifrar.
—Una palabra cada vez.
Me dirigió una mirada extraña.
—odipár.
Tardé menos.
—¿Rápido?
Sonrió. Era la primera vez que lo hacía.
—ís.
—Eso es «sí».
Volvió a asentir. Entonces comprendí la regla.
—Hablas cada palabra al revés.
El desconocido ladeó la cabeza y respondió:
—odipár.
—Ya dijiste eso.
La sonrisa aumentó. No estaba seguro de si acababa de felicitarme o insultarme. Probablemente ambas.
Caminamos durante lo que me pareció más de una hora. Él soportaba parte de mi peso cuando el terreno se volvía demasiado irregular, aunque fingía no hacerlo mientras yo fingía no necesitarlo. La pequeña criatura nos seguía dando saltos entre las rocas.
Llegamos finalmente a una estructura semienterrada entre dos formaciones de piedra. Su diseño no pertenecía al paisaje: metal ennegrecido, placas superpuestas y restos de algún mecanismo que llevaba demasiado tiempo sin funcionar. Parecía una parte de algo mayor que hubiera caído allí mucho antes que yo. El hombre abrió una entrada estrecha. Mis alas no pasaban. Nos quedamos mirando el problema.