Mucho antes de que nuestras misiones tuvieran nombres, informes o consecuencias capaces de cambiar algo más que nuestro horario de regreso, Jezhael y yo aprendimos a viajar. Empezamos el mismo año en que conocimos de verdad el Reino de las Estrellas, poco después de cumplir siete años. Mientras Aurelia comenzaba a enseñarnos que existían lugares a los que uno podía querer volver, nuestros padres se empeñaron en mostrarnos cuántos lugares había más allá de casa. Durante mucho tiempo no vi ninguna contradicción entre ambas cosas. Para mí, partir y regresar eran simplemente movimientos opuestos.
El primer viaje no fue una misión en el sentido que llegaría a adquirir aquella palabra. Nuestros padres no nos enviaban solos ni esperaban que resolviéramos problemas. Íbamos para observar. Algunas veces nos acompañaban Miguel y Uriel; otras, Azrael, Ramiel, Sepheriel o cualquiera de los demás cuya tarea coincidiera con la región que visitábamos. El universo era demasiado grande para aprenderlo desde el Palacio de Plata, y nosotros habíamos sido creados para proteger un equilibrio que todavía apenas comprendíamos.
Nos enseñaron una regla antes de permitirnos cruzar la primera frontera: podíamos observar cuanto quisiéramos, proteger un mundo de amenazas que no le pertenecieran y contener aquello que pusiera en riesgo regiones ajenas. Lo que no debíamos hacer era alterar deliberadamente el desarrollo de sus habitantes. Aquellos eran, según nuestros padres, los mundos que no debíamos tocar. La frase parecía bastante sencilla mientras todavía estábamos de pie en El Origen.
Teníamos siete años cuando descubrimos que ninguna regla conserva su sencillez después de conocer a quienes pueden sufrir por ella. La distancia permite hablar de equilibrio, evolución y consecuencias con una facilidad extraordinaria. El problema empieza cuando aquello que llamas «proceso natural» tiene rostro, miedo o alguien que intenta aferrarse a él para no perderlo.
Incluso entonces Jezz y yo reaccionábamos de manera distinta. Mi hermano percibía primero los vínculos: aquello que mantenía unida una criatura a otra, una comunidad a su territorio o una decisión a las personas que terminarían cargando con ella. Yo veía posibilidades. Una grieta por donde escapar, una herramienta que nadie había intentado utilizar todavía, una alternativa que existía, aunque nadie hubiera reparado en ella. Ninguno de los dos poseía por sí solo una respuesta completa. Nos llevó años comprender que esa era precisamente la razón por la que viajábamos juntos.
Recuerdo aquellos mundos mejor de lo que recuerdo muchos salones del Palacio de Plata. Algunos terminaron convertidos en relatos que aparecerían mucho después entre pueblos que jamás los habían visitado: bestias aladas, serpientes de fuego, gigantes que cargaban montañas, criaturas que parecían morir para dejar otra vida detrás. Los mortales llamarían mito a muchas de aquellas imágenes. No siempre estarían equivocados. El universo tiene la costumbre de repetir algunas formas, y la memoria de transformarlas cuando las distancias son demasiado grandes.
Vael fue el primero.
Desde el espacio parecía tranquilo: océanos oscuros, extensiones verdes y nubes largas cubriendo buena parte de sus continentes. Nada permitía adivinar que, dos veces durante cada ciclo, la gravedad cambiaba de dirección. Durante la primera mitad todo era atraído hacia el núcleo; durante la segunda, el planeta parecía rechazar su propia superficie.
Nos habían advertido. Naturalmente, eso no impidió que quisiéramos experimentarlo.
—Solo desde una zona segura —dijo Uriel.
—Eso pensábamos hacer —respondí.
Jezz me miró.
—No lo habíamos pensado.
—Lo estaba pensando ahora.
—Eso no cuenta.
Uriel cerró los ojos durante un instante. Años después comprendí que aquel gesto era una forma particularmente eficiente de reunir paciencia.
Las poblaciones de Vael construían sus asentamientos entre las raíces de árboles tan grandes que algunas ciudades enteras podían ocultarse bajo una sola copa. Cuando la gravedad se invertía, las ramas se cerraban alrededor de las viviendas y los habitantes aseguraban sus cuerpos mediante fibras vegetales capaces de soportar el cambio. Los océanos también abandonaban lentamente la superficie y formaban enormes masas suspendidas sobre el planeta, donde peces y otras criaturas continuaban moviéndose dentro de esferas líquidas que flotaban en el cielo.
Había animales capaces de aprovechar el fenómeno. Vimos criaturas de cuerpo felino, largas alas membranosas y cuatro ojos que les permitían orientarse cuando el horizonte perdía todo significado. Otras poseían grandes caparazones sobre los que crecían plantas y pequeños ecosistemas; durante la inversión se recogían y se dejaban arrastrar hacia las nubes. Muchísimo después, seres de otros mundos imaginarían criaturas demasiado parecidas. Jezz sostuvo durante años que aquello demostraba que las ideas podían viajar. Yo prefería pensar que al universo simplemente le gustaban algunas formas.
El cambio comenzó con un estremecimiento bajo nuestros pies. Las piedras se separaron de la tierra y mi cabello se levantó.
—Ahora —dije.
—Sam, espera.
Salté. Durante unos segundos fue extraordinario. Después descubrí que el aire también obedecía a la inversión. Giré dos veces intentando desplegar las alas y escuché a Jezhael reír justo antes de que una corriente lo hiciera dar una vuelta completa.