Guardé la mano lejos de la cicatriz mientras permanecíamos frente a los Creadores. Desde que había visto aquella línea sobre mi ojo izquierdo reflejada en el agua del mundo de Adamu y Teba, algo dentro de mí había dejado de buscar una forma de evitar lo que venía. No sabía qué castigo recibiríamos, ni podía afirmar que las imágenes de mi infancia hubieran mostrado un futuro verdadero; seguían siendo fragmentos sin contexto, demasiado desordenados para llamarlos profecía y demasiado precisos para olvidarlos. Pero la herida continuaba allí. Una piedra mortal había conseguido conservar sobre mi rostro una señal que mi naturaleza debía haber borrado, y aquel detalle insignificante fue suficiente para que entrara al juicio con una certeza que no podía justificar y tampoco quería compartir.
Una quietud absoluta dominaba el salón. Padre y Madre nos esperaban frente a los tronos, aunque llamarlos cuerpos siempre había sido una concesión a nuestros sentidos. Eran dos manifestaciones de una misma conciencia, dos formas mediante las cuales el universo podía contemplarse a sí mismo y hablarnos sin obligarnos a mirar aquello que existía detrás. Bajo la apariencia de Padre se desplazaban galaxias enteras: espirales diminutas nacían cerca de su pecho, cúmulos se reunían bajo la superficie de sus brazos y estrellas remotas aparecían detrás de sus ojos antes de desaparecer en profundidades imposibles. Madre contenía otro aspecto de la misma inmensidad; nebulosas azules, violetas y doradas atravesaban lentamente su figura, regiones oscuras se abrían entre ellas como el espacio anterior a una estrella, y nubes de materia todavía sin forma parecían respirar bajo su piel. Sus siluetas eran humanas porque nosotros necesitábamos que lo fueran. Lo que compartían detrás de aquellas dos apariencias no conocía esa limitación.
Ante ellos no pensé en demostrar que éramos inocentes. No lo éramos. El fruto pertenecía al mundo mortal, Teba lo había tomado por decisión propia, Adamu había aceptado después y ninguno de nosotros había colocado conocimiento dentro de sus mentes; todas aquellas verdades importaban, pero no borraban otra igualmente cierta. Jezhael había dudado antes que yo. Había advertido consecuencias que yo estaba dispuesto a aceptar sin comprenderlas por completo y, aun así, terminó siguiendo mi propuesta porque también creyó que los mortales debían conservar el derecho a elegir. Si nuestros padres buscaban responsabilidad, no podía afirmar que mi hermano careciera de ella. Lo único que podía hacer era conseguir que la mía pesara más.
Recuerdo haber mirado a Jezz una sola vez antes de que comenzaran las preguntas. Me conocía demasiado bien y debió de comprender algo en mi expresión, porque negó apenas con la cabeza. No necesitábamos palabras para discutir; habíamos pasado trece años aprendiendo el significado de cada silencio, cada movimiento de alas y cada forma de evitar la mirada del otro. No aparté los ojos. Él volvió a negar, esta vez con mayor firmeza, y supe que ya estaba buscando una manera de impedir lo que todavía no había ocurrido.
Desde el principio entendí que mi única dificultad sería construirlo sin mentir. Podía afirmar que yo había reconocido primero lo que permitía el fruto, que fui quien propuso mostrárselo a los mortales, que insistí cuando Jezhael quiso detenerse y que la ilusión utilizada frente a ellos dependía de mi concentración. Todo era cierto. No necesitaba negar nada de lo que mi hermano había hecho; me bastaba con colocar mis decisiones delante de las suyas hasta que parecieran el origen inevitable de todo lo demás. Una mentira no siempre necesitaba palabras falsas. A veces bastaba con elegir cuidadosamente qué verdades debían permanecer delante y cuáles podían quedarse detrás.
Aquel fue el primer juicio en el que comprendí que guardar una parte de la verdad podía modificar por completo la forma de aquello que los demás terminaban viendo.
Miguel permanecía unos pasos detrás de nosotros, todavía vestido con la armadura que había llevado al mundo mortal. Padre volvió ligeramente el rostro hacia él y pronunció su nombre.
—Miguel.
Nuestro hermano enderezó la postura.
—Retírate.
La orden no necesitaba repetirse, pero Miguel tardó en obedecer. Su mirada pasó por Jezhael y después llegó hasta mí, deteniéndose inevitablemente sobre la cicatriz. La había visto junto al río cuando apareció para llevarnos de regreso a El Origen. Había visto también la sangre seca sobre mi ropa. No había preguntado.
Se acercó apenas antes de marcharse.
—Responde con claridad —murmuró—. No hagas esto más difícil de lo que ya es.
Lo observé durante un instante. No había planeado decirlo; quizá por eso salió sin ninguna defensa alrededor.
—Ni siquiera me preguntaste qué me pasó en el ojo.
Miguel quedó inmóvil. Sus ojos volvieron a la cicatriz. Esta vez la miró como si acabara de descubrir que verla y preocuparse por ella no eran exactamente lo mismo.
—Sam...
—Miguel —repitió Padre.
Nuestro hermano cerró la boca. Durante un momento pensé que desobedecería, pero finalmente inclinó la cabeza ante los Creadores y caminó hacia las puertas. Antes de atravesarlas volvió a mirarme; no había indiferencia en su rostro, y quizá eso hizo que doliera más. Había preocupación, solo que había llegado demasiado tarde para convertirse en pregunta. Las puertas se cerraron detrás de él. Jezhael dejó escapar lentamente el aire.