Bastó una mañana sin alas para descubrir que perderlas no había corregido mi equilibrio. Mi cuerpo continuaba esperando un peso que ya no estaba allí y compensaba movimientos que no necesitaban compensación; giraba demasiado al caminar, calculaba mal la distancia al pasar junto a una pared y, cada vez que algo caía detrás de mí, una parte absurda de mi espalda intentaba abrir aquello que ya no existía. Arkin decidió que aquella era una ocasión perfecta para comenzar mi entrenamiento.
Otra persona quizá habría permitido algunos días de recuperación. Arkin apareció antes de que terminara de comer, dejó una espada de madera frente a mí y caminó hasta el centro de una antigua sala excavada en la roca. No explicó la prueba, no mencionó mis heridas ni pronunció ninguna de esas frases que los maestros utilizan cuando quieren que una experiencia desagradable parezca una lección necesaria. Solo esperó.
Recoger el arma me pareció la respuesta evidente. Había dado apenas un paso cuando Arkin cruzó la distancia que nos separaba y me derribó con un golpe limpio contra el hombro. La espada permaneció en el suelo, exactamente dónde estaba antes, mientras yo intentaba decidir qué me molestaba más: haber caído o descubrir que él parecía sinceramente decepcionado por la facilidad con que lo había conseguido.
Rápidamente comprendí que aquel sería el método. Arkin no pretendía enseñarme una sucesión de movimientos correctos para que yo los repitiera; quería descubrir qué hacía cuando las condiciones cambiaban, cuánto tardaba en abandonar una idea que había dejado de funcionar y, sobre todo, si necesitaba que alguien me indicara qué debía intentar después. Había pasado toda mi vida aprendiendo reglas para proteger mundos. Él parecía decidido a enseñarme qué ocurría cuando alguien utilizaba las reglas para protegerse de mí.
Aquella mañana entendí también algo que tardaría mucho más en formular con claridad: perder una parte de mi vida no significaba borrarla, del mismo modo que escoger algo nuevo no obligaba a destruir aquello que había existido antes. Aún no sabía qué relación tendría esa idea con mi nombre. En ese momento solo sabía que Arkin volvía a señalar la espada y que, si intentaba recogerla de la misma forma, terminaría otra vez en el suelo.
—Otra vez.
Me incorporé y esta vez mantuve los ojos sobre él mientras recogía el arma.
—No dijiste que habíamos empezado.
—Empezamos cuando entraste.
—Eso no es una regla.
—Correcto.
—¿Cuáles son las reglas?
—Puedes averiguarlas.
—¿Golpeándome cada vez que me equivoque?
—Funciona sorprendentemente bien.
Ataqué. Arkin bloqueó sin desplazarse demasiado; cambié de dirección y volvió a interceptarme. Creé una copia de mí mismo a su izquierda mientras avanzaba por la derecha y la espada de madera golpeó al verdadero antes de que mi ilusión terminara de completar el movimiento.
—¿Cómo?
—La copia no respiraba.
—Es una ilusión.
—Y por eso tú sabes que no necesita respirar. La persona que intenta sobrevivir a ella no.
Golpeó ligeramente mi hombro con el extremo del arma.
—Tus ilusiones funcionan porque estás acostumbrado a utilizarlas contra quienes ignoran que existen.
—Hasta ahora funcionaron.
—Hasta ahora terminaste aquí.
No respondí. Arkin sonrió apenas.
—Otra vez.
No todas sus lecciones fueron combates. Algunas eran considerablemente peores. Colocaba piedras sobre una mesa y las convertía en ejércitos, ciudades, rutas de abastecimiento o personas que dependían de una decisión. Cada vez que encontraba una solución, modificaba algo: eliminaba un puente que había asegurado que era estable, cambiaba la dirección de un río, convertía a un aliado en enemigo o retiraba recursos que yo ya había incluido en mi estrategia.
—Eso es trampa —protesté una tarde.
Arkin retiró una piedra que representaba a uno de mis comandantes.
—No. Esto es guerra.
—Cambiaste las condiciones.
—Porque tu enemigo también piensa.
—Entonces no existe una solución correcta.
Levantó los ojos hacia mí.
—Ahora estamos progresando.
Señaló el tablero.
—Deja de buscar una decisión que garantice que nada saldrá mal.
—¿Qué debería buscar?
—Una que siga siendo útil cuando algo salga mal.
Aquello lo entendí. No porque me gustara. Porque ya sabía cuánto podía costar creer que una decisión permanecería aislada de todo cuanto viniera después. Durante aquellos primeros días continué viviendo con Ones. Su forma de hablar dejó de parecerme completamente incomprensible y pasó a ser únicamente irritante, lo que él interpretó como uno de sus mayores triunfos. Una tarde dejó un plato frente a mí.
—emoc.
—Come.
Ones asintió con entusiasmo. Probé.