Poco después de cumplir siete años visitamos por primera vez el Reino de las Estrellas como algo más que acompañantes de nuestros padres. Jezhael y yo habíamos visto antes sus fronteras desde lejos, e incluso habíamos coincidido con Selene y Aurelia en El Origen, pero atravesar aquel territorio era distinto. Permanecimos junto a las ventanas del carruaje durante casi todo el viaje, intentando fingir que ninguno estaba más impresionado que el otro. Compartir el asombro con tu hermano gemelo era aceptable. Ser el primero en admitirlo, no.
Una corriente de polvo azul y plateado rodeaba el reino como un océano suspendido. Al atravesarla, las luces parecían acercarse hasta ocupar todo el cristal, y por momentos resultaba imposible saber cuáles pertenecían a cuerpos distantes y cuáles flotaban realmente a nuestro alrededor. Intenté abrir la ventana para comprobarlo. Selene, sin apartar la vista del mapa que estudiaba, me informó de que si tocaba el cierre nos devolvería inmediatamente a El Origen. Retiré la mano. Jezhael aseguró que él nunca habría pensado en hacerlo. Yo había visto sus dedos acercarse al mismo seguro unos instantes antes.
El reino de Selene se encontraba dentro del mismo gran sector del universo que El Origen, aunque no formaba parte de él. Sus construcciones parecían buscar sitio entre las constelaciones en lugar de asentarse sobre la tierra: jardines suspendidos sobre pequeñas lunas, puentes que aparecían al recibir el peso de un viajero, torres cuyas ventanas mostraban cielos diferentes y caminos de polvo luminoso que cambiaban de posición con el movimiento de los astros. Desde algunas terrazas podía distinguirse El Origen como un resplandor blanco y dorado. Desde otras, nuestro hogar desaparecía por completo.
Durante aquel primer viaje Aurelia permaneció casi todo el tiempo junto a Selene y Astrea. Desde nuestra aventura en el laberinto habíamos dejado de ser simples conocidos, pero todavía no sabíamos exactamente qué éramos. Habíamos compartido el secreto de los trece emblemas y eso había creado una confianza extraña entre nosotros: suficiente para buscarnos cuando coincidíamos, insuficiente para saber qué hacer cuando no había un misterio delante. Ella nos observaba cuando creía que no nos dábamos cuenta. Nosotros hacíamos lo mismo. A esa edad, aquello bastaba.
Entonces Astrea cerró el mapa que tenía entre las manos y preguntó si pensábamos pasar toda la visita mirando por una ventana. Respondí que dependía de lo que hubiera al otro lado. Jezhael se cubrió el rostro con una mano. Aurelia sonrió. Astrea también, aunque de un modo distinto: como si ya supiera exactamente qué clase de problemas acabaríamos causando bajo su techo.
Astrea era la principal maestra de Aurelia y poseía la irritante costumbre de conocer la respuesta a casi todas mis preguntas sin entregármela cuando yo quería. Sabía interpretar corrientes estelares, localizar rutas que ya no aparecían en los mapas modernos y reconocer cambios en el firmamento antes de que fueran visibles para los demás. También había aprendido algo que me resultaba mucho más sospechoso: sabía cuándo yo estaba a punto de hacer algo aun antes de que yo hubiera decidido hacerlo.
Aquella tarde nos condujo al observatorio. El edificio ocupaba una de las zonas más altas del palacio de Selene, aunque allí arriba y abajo eran conceptos poco fiables. Una escalera ascendía alrededor de la torre, atravesaba una galería abierta y terminaba en una plataforma donde el firmamento parecía extenderse también bajo nuestros pies. No había techo. Grandes arcos de plata sostenían lentes capaces de orientarse hacia regiones distintas del cielo. Aurelia corrió hasta una de ellas.
—Es esa.
—¿Cuál? —pregunté.
Señaló hacia el firmamento.
—La azul.
Miré.
—Hay muchas azules.
—Esa azul.
—Has mejorado mucho la explicación.
Jezhael se colocó a mi lado.
—Creo que habla de la que está a la izquierda.
Aurelia lo miró.
—¿A la izquierda de qué?
Jezz guardó silencio.
—Excelente -dije— Estamos aprendiendo muchísimo.
Astrea decidió intervenir antes de que demostráramos nuestra absoluta incapacidad para navegar. Giró una de las lentes y una pequeña región del cielo apareció proyectada sobre el suelo del observatorio. En el centro brillaba una estrella azul. No parecía extraordinaria. Me acerqué a la imagen.
—¿Qué tiene de especial?
Astrea miró a Aurelia.
—Explícaselo tú.
La princesa juntó las manos detrás de la espalda. Aún se ponía demasiado recta cuando quería demostrar que conocía una respuesta.
—La estrella ya no está ahí.
Volví a mirar la proyección.
—Estoy viéndola.
—Estás viendo su luz.
—Es lo mismo.
—No.
La miré. Aurelia señaló la imagen.
—La luz salió de ella cuando todavía existía. Ha tenido que recorrer la distancia hasta nosotros.
—Entonces ¿la estrella desapareció mientras su luz venía hacia aquí?