Cuando Arkin pronunció Lucifer tres mañanas después de que yo hubiera escogido el nombre, comprendí que no lo estaba probando. No hubo pausa, pregunta ni esa cautela incómoda con la que alguien intenta determinar cuánto tiempo debe concederle a una decisión antes de considerarla real. Sobre la mesa había un mapa, provisiones para varios días y una tira de cuero con cuatro marcas que señalaban puntos diferentes de Tartarian. Arkin tocó la primera, cercana al extremo oriental de las tierras habitadas, y me informó de que saldría con Narek e Iption antes de que el sol rojizo alcanzara la mitad de su recorrido. Por primera vez desde que me había aceptado como discípulo no parecía estar preparando una lección disfrazada de trabajo. Me estaba entregando una responsabilidad.
Otra cosa había cambiado, aunque tardé un poco más en advertirla: Arkin no vendría con nosotros. Hasta entonces todas las situaciones verdaderamente peligrosas habían ocurrido bajo su mirada o a una distancia desde la que podía intervenir si cometíamos un error demasiado grande. Aquella vez se limitó a explicarme que varios cargamentos celestiales habían empezado a llegar incompletos a las comunidades orientales y que quería saber dónde desaparecía el contenido. No debía recuperar nada, detener a nadie ni convertir una sospecha en acusación. Debía observar, recordar y regresar. Cuando pregunté qué ocurriría si descubríamos a alguien robando frente a nosotros, repitió la instrucción con una paciencia que demostraba que ya esperaba la pregunta.
Narek nos aguardaba fuera del refugio con una mochila considerablemente más pesada que la mía y una expresión que hacía difícil determinar si le interesaba la expedición o si sencillamente había aceptado que negarse requeriría más esfuerzo. Durante las semanas anteriores lo había visto aparecer allí donde algo necesitaba reparación: una conducción de agua, el cierre de un almacén, la rueda de una carreta o el mecanismo interno de una de las armas de Arkin. Todavía hablábamos poco. Iption compensaba aquello por los tres; conocía comerciantes, senderos y rumores con una precisión desconcertante, y podía mantener una conversación durante tanto tiempo que Ones había descubierto una de las pocas ventajas de hablar al revés: Iption necesitaba guardar silencio para descifrarlo.
Tartarian empezó a parecerme mucho más grande en cuanto dejamos atrás las tierras próximas al refugio de Arkin. El desierto rojo que había conocido durante mis primeros cuarenta días era apenas una de sus caras. Existían llanuras donde una caravana podía avanzar durante jornadas sin encontrar más peligro que la falta de agua, pero también regiones donde nadie viajaba sin escolta y otras que simplemente se evitaban. En las Dunas de Khezer habitaban criaturas subterráneas capaces de percibir pasos desde distancias absurdas; al sur, la llamada Llanura de las Mandíbulas pertenecía a depredadores tan grandes que incluso los primigenios preferían rodearla; y más allá del Paso de Vhal comenzaban territorios donde antiguas aberraciones, combinaciones de especies que jamás habrían nacido por sí solas, habían establecido dominios propios. Arkin me había enseñado a desconfiar de los mapas incompletos. Tartarian me enseñaba que ningún mapa podía permanecer completo durante demasiado tiempo.
El Camino de Xara era una excepción valiosa. Seguía una cadena de riscos bajos entre Khezer y los terrenos quebrados de Vhal, conectando varias comunidades relativamente estables: Dareth, levantada alrededor de minas de mineral oscuro; Velis, construida sobre depósitos subterráneos de agua; Orun, mucho más pequeña y dependiente de provisiones externas; y finalmente Xara, el asentamiento comercial más cercano a uno de los corredores de la Frontera. Los nombres aparecían escritos en el mapa de Arkin junto a otros que apenas empezaba a conocer. Por primera vez Tartarian dejó de ser para mí un mundo rojo al que había sido arrojado y comenzó a convertirse en un lugar habitado por personas con caminos, disputas, oficios, recuerdos y razones concretas para preocuparse porque una caja llegara tres días tarde.
Xara había crecido alrededor de algo que nadie allí había construido. Desde una elevación del Camino podía verse una sucesión de formaciones negras semejantes a arcos naturales y, entre ellas, una deformación casi imperceptible del aire: uno de los accesos a la Frontera que aislaba Tartarian. Los habitantes podían aproximarse a ella, transportar mercancías hasta determinados límites y trabajar alrededor de sus corredores, pero no abandonar el mundo a través de ellos. Las caravanas celestiales, en cambio, aparecían de cuando en cuando desde el otro lado, arrastrando contenedores mediante campos de energía antes de seguir las rutas de abastecimiento. Nadie se detenía a contemplar el fenómeno. Para Xara era parte del paisaje. Yo lo observé apenas unos instantes y continué andando; ya había suficientes cosas en Tartarian que no comprendía como para convertir cada una en una investigación.
Tres días antes de nuestra llegada, una de aquellas caravanas había traído suministros destinados a Orun y Velis. Parte del cargamento llegó. Parte no. El informe entregado a las comunidades aseguraba que varias cajas habían quedado retenidas para una inspección y que otras habían sido reasignadas a una ruta prioritaria. Según Iption, la explicación habría resultado más convincente si la supuesta ruta prioritaria existiera. Arkin había recibido además testimonios de comerciantes que aseguraban haber visto contenedores celestiales en depósitos privados al norte de Xara. Aquello bastaba para justificar una investigación. No bastaba, según él, para justificar que yo convirtiera la investigación en una guerra.
Obedecer fue la parte difícil. No porque creyera que Arkin tuviera siempre razón, sino porque recordaba demasiado bien la última vez que había confundido tener una razón para actuar con comprender todas las consecuencias de hacerlo. En Adamu y Teba había visto necesidad, posibilidad y una elección que me parecía justa; después descubrí que una decisión podía continuar creciendo mucho después de que uno dejara de tocarla. Arkin no me pedía que ignorara lo que ocurriera en Xara. Me pedía que aceptara algo que antes me había costado demasiado considerar: quizá todavía no supiera suficiente. Esta vez estaba dispuesto a descubrirlo antes de decidir.