Comer tranquilamente.
En teoría, eso era lo que intentaban hacer.
En la práctica, resultaba imposible. Casi todo el comedor había dejado de comer. Cientos de pares de ojos se habían fijado en aquella mesa apartada, como si en lugar de estudiantes hubiera algo mucho más extraordinario sentado entre aquellas paredes.
Yuji, sin embargo, parecía ajeno a todo. Sentado junto a Airi, Miyu y Ren, comía con una calma absoluta, como si el peso de todas aquellas miradas no pudiera tocarlo.
—Entonces… —empezó Ren, mientras removía su bebida sin mirarla realmente—, ¿de verdad no recuerdas nada de lo que ocurrió mientras estabas desaparecido?
Yuji negó suavemente con la cabeza.
—Recuerdo algunas cosas.
—¿Algunas? —Ren levantó la vista, confundido—. Eso es casi nada, Yuji.
Yuji sonrió levemente.
—Lo sé.
Miyu soltó un suspiro pesado y apoyó los codos sobre la mesa.
—Cada vez que creo que empezamos a entender algo, aparece algo nuevo que no encaja. Es como… como si cada respuesta trajera diez preguntas más.
—Supongo que tendrás que acostumbrarte —respondió él con suavidad.
—¡Eso es justamente lo que me asusta! —exclamó ella, bajando la voz al darse cuenta de que varios se habían girado hacia ellos.
Airi permanecía sentada a su lado, comiendo despacio, en silencio. Era evidente que se sentía pequeña entre tanta gente mirando. Yuji lo notó. Sin hacer ruido, sin llamar la atención, se aseguró de que su vaso no estuviera vacío, de que la comida estuviera a su alcance, de que nada le molestara.
—Airi, ¿quieres más agua?
—No, gracias. Estoy bien.
—¿Segura?
—Sí.
Aun así, acercó la jarra un poco más cerca de ella.
—Por si acaso.
Airi sonrió, tímida y agradecida.
—Gracias, Yuji.
Ren observó todo aquello con los ojos entrecerrados. Luego miró a Miyu. Ella también lo estaba mirando. Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado.
Esto es nuevo, decían sus ojos.
Yuji siempre había sido amable, sí. Pero esto… esto era distinto. La forma en que se inclinaba ligeramente hacia ella al hablar. La manera en que le acomodaba la bandeja para que no estuviera demasiado cerca del borde. Cómo notaba hasta el más mínimo gesto de incomodidad antes de que ella lo dijera. Incluso la voz: más suave, más protectora, como quien cuida algo muy frágil y valioso.
Parecía menos un amigo. Y mucho más… alguien que ha regresado dispuesto a cuidar lo que dejó atrás.
Miyu se inclinó hacia Ren, apenas moviendo los labios.
—¿Lo has notado?
—Desde hace rato —respondió él en el mismo tono.
—Antes nunca era así.
—No. Nunca.
Ambos volvieron a mirarlo.
Airi se llevó la mano a la boca al terminar de comer, y una pequeña mancha de salsa quedó en la comisura de sus labios. Ni siquiera ella lo notó. Yuji sí.
—Airi.
—¿Sí? —alzó ella la vista.
—Quédate muy quieta, un momento.
Antes de que ella pudiera preguntar, tomó una servilleta con mucho cuidado y limpió suavemente aquella pequeña mancha. Con una delicadeza infinita, como si estuviera tocando algo sagrado.
—Listo.
—G-gracias… —Airi se puso roja hasta las orejas y bajó la mirada.
—De nada.
Miyu abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Ren tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una exclamación. Yuji giró la cabeza hacia ellos, con los ojos cerrados y una expresión tranquila.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada —respondieron ambos al unísono.
—Mentirosos —dijo él, y se le escapó una sonrisa.
Airi soltó una risita nerviosa. Por unos instantes, la tensión se aflojó. Por un momento, todo se sintió como antes. Como si no hubiera pasado un año. Como si Yuji nunca se hubiera marchado.
Hasta que estalló el alboroto en la entrada.
—¡Le ruego que esperen! ¡No pueden entrar así! —la voz del profesor Kuroki resonó tensa, intentando imponerse sin lograrlo.
—¡No voy a esperar ni un minuto más!
Aquella voz. Profunda. Quebrada por la angustia. Conocida.
Miyu dejó los cubiertos sobre la bandeja con un sonido metálico que hizo girar a los que estaban cerca. Ren se enderezó de golpe. Ambos se miraron, con los ojos muy abiertos. No necesitaron decirse nada. Lo sabían.
Yuji detuvo el movimiento de sus manos. Dejó la taza de té sobre la mesa, despacio, sin derramar una sola gota. Una sonrisa, esta vez más triste y tierna, apareció en sus labios.
—Parece que no pudieron contenerse.
—¿Quiénes? —preguntó Airi, mirando hacia la entrada.
Yuji no respondió. Simplemente giró lentamente la cabeza hacia las puertas, como si pudiera ver a través de ellas incluso sin abrir los ojos.
Las puertas se abrieron de golpe.
El ruido del comedor se apagó como si alguien hubiera soplado sobre una vela. Cientos de cabezas se giraron al mismo tiempo. Tres personas entraron, y ninguna de ellas se detuvo ante las miradas, ni ante la etiqueta, ni ante las normas de la academia.
El primero era un hombre de mediana edad, de porte distinguido, aunque ahora su traje parecía demasiado arrugado, su rostro demasiado pálido, sus ojos demasiado hinchados de no dormir. Caminaba con pasos largos y pesados, como quien ha estado corriendo durante meses. Era Takeshi Kuzonoha.
A su lado iba una mujer. Se aferraba al brazo de su esposo. Intentaba mantener la frente en alto, pero sus ojos estaban rojos e hinchados, y temblaba de tal manera que apenas lograba sostenerse. Era Hanae Kuzonoha.
Y detrás de ellos… una joven. De poco más de dieciocho años. Corría con la mirada desesperada, recorriendo cada rostro, cada mesa, cada rincón. Era Amane, la hermana mayor de Yuji.
El profesor Kuroki caminaba a su lado, intentando detenerlos.
—¡Señor Kuzonoha, por favor! ¡Esto es impropio!
Takeshi ni siquiera le dirigió la mirada. Se detuvo en medio del pasillo central y alzó la voz, con una firmeza que hizo callar hasta los que susurraban en los rincones más lejanos.
Editado: 04.10.2026