—¿Sabés qué? No quiero equivocarme y hacer algo que después traiga consecuencias. Entendés a qué me refiero, ¿no?
Andrés me miró.
—¿Cómo era tu nombre? Porque ni me acuerdo cómo era tu nombre.
—Mirá, acá no se trata de cuál es mi nombre. Se trata de que aflojes un poco, ¿sí? ¿Entendés lo que te estoy diciendo? Venís amenazando, con esa prepotencia y ese tono desafiante, y yo no sé hasta dónde querés llegar.
Andrés abrió los ojos y colocó una mano sobre la cintura, en forma de jarra.
—¡Ah! Mirá. Lo tenías bien guardado. De golpe te volviste valiente y me hacés frente.
—Te estás confundiendo. No se trata de valentía. Se trata de sensatez. Estamos en una situación en la que ninguno de los dos quiere estar. Lo único que deseo es llegar al destino y finalizar tu viaje. Y vos lo único que hacés es complicarla.
—¿Yo la complico?
—Sí. La complicás. Con tu actitud, la complicás.
Andrés dio un paso hacia mí.
—Ahora vas a saber lo que es complicado.
Hizo una pausa.
—Ahora vas a ver.
—¿Otra vez con el asiento trasero?
—Te tendría que haber dejado en el asiento trasero.
—Ah, dale con el asiento trasero. Ya me tenés cansado, Andrés.
Lo miré unos segundos.
—Hacé el favor de ir a caminar un poco y tomar aire, ¿sí? A ver si cambiás un poquito y bajás un cambio.
Andrés me sostuvo la mirada.
—¿Vos me vas a decir lo que tengo que hacer?
No respondí.
Tomé una decisión.
Me alejé del auto y comencé a caminar.
Necesitaba distancia.
Necesitaba perderlo de vista.
No sabía exactamente qué iba a hacer, pero algo tenía que suceder para poder salir de aquella situación.
Después de unos metros, miré hacia atrás.
Andrés venía detrás de mí.
Me detuve.
—¿No era que no querías caminar?
—Yo no dije eso.
—Entonces, ¿para qué me seguís?
—Yo no te estoy siguiendo.
Lo miré.
—¿Cómo pensás que yo te estoy siguiendo?
—¿Estás perseguido? No te entiendo.
No respondí.
Di media vuelta y regresé hacia el auto.
Esta vez miré hacia atrás varias veces.
Andrés ya no me seguía.
Me cercioré de que permaneciera alejado.
Llegué al vehículo.
Levanté nuevamente el capot y me apoyé sobre él, mirando hacia la dirección en la que Andrés se había alejado.
Y ahí tomé la decisión.
Subí al auto.
Giré la llave.
El motor arrancó.
No lo pensé dos veces.
Puse primera y salí en sentido contrario.
Dejé atrás las balizas y los elementos de emergencia.
Y también dejé atrás al prepotente pasajero.
Entré al primer lugar que encontré.
Pedí un café y me quedé sentado, tratando de recuperar la calma.
Después tomé el celular.
Ahora sí tenía señal.
Comencé a redactar un informe detallado sobre lo que había sucedido y me comuniqué con el soporte de la aplicación.
La respuesta no llegaba.
Esperé.
Nada.
Pero entonces llegó algo.
Algo que cambiaría completamente aquel momento.