Km 130 "Conduciendo al Suspenso"

8. Poder Contarlo

Capítulo 8

El camino volvió a abrirse delante de nosotros.

La niebla quedó atrás poco a poco, mientras la oscuridad recuperaba profundidad y la ruta volvía a ser visible frente a los faros.

Yo conducía.

Andrés permanecía en silencio, sentado a mi lado.

Por primera vez desde que lo había conocido, no sentía aquella tensión permanente en el cuerpo.

El trabajo estaba hecho.

O, al menos, eso era lo que él decía.

Andrés parecía relajado.

Yo también.

No sabía si aquello era producto del cansancio o de haber llegado a un punto en el que ya no tenía sentido seguir resistiéndome a todo.

Había algo diferente.

Incluso en mí.

Pasaron unos minutos sin que ninguno dijera nada.

Hasta que llegamos a un puente.

Andrés bajó el vidrio.

Tomó el objeto que había llevado envuelto durante todo el trayecto y lo arrojó hacia afuera.

Lo vi desaparecer en la oscuridad.

No pregunté.

Tampoco hizo falta.

Había entendido perfectamente qué acababa de hacer.

Andrés volvió a subir el vidrio y se acomodó en el asiento.

Continuamos.

Fue entonces cuando comencé a preguntar.

—¿Qué vinimos a hacer?

Andrés no respondió.

Esperé unos segundos.

—Te pregunté qué vinimos a hacer.

Esta vez giró la cabeza y me miró.

—Hay cosas que no podés saber.

—¿Por qué?

—Porque no podés saberlas.

Volvió a mirar hacia adelante.

Seguí conduciendo.

Pero la pregunta que había hecho ya no podía quedar ahí.

—¿Y quién te dejó las cosas preparadas?

Andrés sonrió.

—Como un marinero en cada puerto tiene una novia, yo en cada pueblo tengo un amigo.

Hizo una pausa.

—O un conocido.

No dije nada.

La respuesta no me aclaraba absolutamente nada.

Al contrario.

Abría otra pregunta.

—¿Qué le pasó al que terminó a un costado de la ruta?

Andrés dejó de sonreír.

—Le pasó lo que te hubiese pasado a vos si no cambiabas de postura.

Sentí que la tranquilidad que había comenzado a experimentar desaparecía durante unos segundos.

—¿Y todavía seguís sosteniendo eso?

—¿Qué cosa?

—Que me ibas a matar.

Andrés permaneció callado.

Esperé.

Finalmente respondió.

—Sí.

Lo miré apenas.

—¿Sí?

—Lo pensé.

Volvió a mirar hacia adelante.

—Lo seguí pensando hasta el momento en que te encontré con el auto en marcha y listo para volver.

No supe qué decir.

Porque en ese momento entendí algo.

La decisión de volver no había sido solamente mía.

Andrés la había interpretado.

Y aquella interpretación había cambiado la manera en que me veía.

Seguí conduciendo.

La ruta estaba despejada.

Por primera vez, no sentía que estuviera llevando a un pasajero.

Tampoco sabía exactamente qué éramos ahora.

Pero había algo que empezaba a preocuparme más que antes.

Ya no era solamente saber qué había ocurrido en aquella estancia.

Ahora quería saber quién era realmente Andrés.

Y cuánto de todo aquello había preparado antes de que yo aceptara aquel viaje.

No pregunté nada más.

Todavía.

Seguimos avanzando hacia Buenos Aires.

Y por un momento, mientras las luces de la ruta aparecían y desaparecían delante de nosotros, pensé que quizás aquel regreso iba a ser más tranquilo que el viaje de ida.

Todavía no sabía que estábamos a punto de pasar nuevamente por el lugar donde todo había comenzado a cambiar.




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