Con todo lo acontecido, se impuso el olvido.
O quizás fue simplemente la necesidad de dejar atrás lo sucedido.
Durante algunos kilómetros ninguno de los dos habló.
El camino avanzaba bajo las primeras luces del amanecer y, por un momento, parecía que aquella noche finalmente quedaba atrás.
Pero el olvido dejó de funcionar cuando comenzamos a acercarnos nuevamente al lugar donde todo había sucedido.
Andrés permaneció mirando hacia adelante.
—Esto no debió pasar.
Lo miré.
—¿Qué cosa?
—Fue un error.
Hizo una pausa.
—Debí condenarme.
No entendí exactamente qué quería decir.
Andrés continuó:
—Lo hecho, hecho está. ¿Y ahora?
Permaneció unos segundos en silencio.
—El destino va a decidir por nosotros.
Por primera vez lo escuchaba reconocer que algo había salido mal.
Pero no parecía arrepentido.
Parecía preocupado por las consecuencias.
A medida que avanzábamos, también comenzaban a aparecer las primeras luces del operativo.
Vehículos detenidos.
Luces intermitentes.
Personal policial.
El lugar donde habían encontrado al hombre estaba cada vez más cerca.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
Andrés no cambió su expresión.
—Vos manejá tranquilo.
Continuó mirando hacia adelante.
—Te voy a hacer una pregunta, Mariano.
—Te escucho, Andrés.
Giró lentamente la cabeza hacia mí.
—¿Me la agarrás con la mano?
Lo miré.
Y entonces se echó a reír.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Negué con la cabeza.
—¡Otra vez con lo mismo! Ese chiste viejo no me causa gracia.
—No te causa gracia. A mí sí.
Volvió a reír.
Y unos segundos después llegamos al control.
Un agente nos indicó que nos detuviéramos.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—¿A dónde se dirigen?
Respondí sin dudar:
—A Buenos Aires.
—¿De dónde vienen?
No tuve tiempo para pensar demasiado.
—Soy conductor de una aplicación. Él me contrató en forma particular para llevarlo hasta el pueblo que acabamos de pasar, visitar a su hermana y después volver a llevarlo a Buenos Aires. Y eso es lo que estaba haciendo.
El agente iluminó el interior del vehículo.
La luz de la linterna alcanzó a Andrés.
Sus lentes reflejaron el haz durante un instante.
Andrés sostuvo la mirada del agente.
No la bajó.
No mostró inquietud.
No hizo ningún movimiento innecesario.
El policía nos observó durante unos segundos.
—Pueden seguir.
—Que tengamos buen viaje.
—Muchas gracias.
Ya estábamos a punto de avanzar cuando pregunté:
—¿Le puedo hacer una pregunta?
El agente me miró.
—Sí.
—¿Qué sucedió?
Su expresión cambió.
—Hay un hombre sin vida entre los arbustos. Pero siga, por favor.
Asentí.
Retomé la marcha.
No hablamos durante unos metros.
El operativo quedó atrás.
Entonces Andrés rompió el silencio.
—Debo reconocer que tenés talento.
No respondí.
—Y vuelvo a repetir que hacemos un buen equipo.
Lo miré de reojo.
—¿Qué es lo que guardaste?
Andrés sonrió.
—Nada. Olvidate.
Bajó la mirada hacia su cintura.
Entonces comprendí.
Lo que había estado ocultando seguía allí.
—Te voy a aclarar algo.
Esperé.
—Cuando el agente te dijo “pueden seguir”, tenías que haber seguido.
No dije nada.
—No tenías que preguntarle nada.
Su tono había cambiado.
—¿Por qué?
Andrés me miró.
—Porque en ese instante, sin que lo sintieras, tenías la muerte esperándote en tu cintura.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Pensabas que te iba a delatar?
—Sí.
—¿Y también que si lo hacía no la contaba?
—Sí.
Andrés volvió a acomodarse en el asiento.
—Ahora ya sabés lo que guardé.
Hizo una pausa.
—Así que tenelo en cuenta si se repite la ocasión.
El amanecer comenzaba a instalarse sobre la ruta.
El tiempo había perdido su efecto.
Ya no importaban las horas de viaje.
Tampoco el cansancio.
Mi mente estaba concentrada en otra cosa.
En el reconocimiento de un extraño.
El mismo hombre que había planificado mi muerte.
Seguí conduciendo durante algunos kilómetros antes de volver a hablar.
—Lo que me dijiste...
Andrés giró la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Tu reconocimiento por mi actitud. O, como vos lo llamaste, por mi trabajo.
Andrés sonrió.
—Reconocer que lo que hiciste fue oportuno es aceptar que sos una herramienta eficiente.
No respondí.
—Y, seriamente, te propongo que trabajes para mí.
Lo miré.
No parecía estar bromeando.
—Pero no me digas nada ahora.
Volvió la mirada hacia la ruta.
—Tomate tu tiempo para pensarlo.
Hizo una breve pausa.
—Tené en cuenta que una equivocación te puede llevar a no contarla.
Continué manejando.
Afuera comenzaba a amanecer.
Y por primera vez desde que había aceptado aquel viaje, entendí que quizás lo más peligroso no había quedado atrás.
Seguía sentado a mi lado.