Después de atravesar la tranquera, avancé lentamente por el camino que conducía hacia el casco de la estancia.
La niebla se había vuelto más espesa.
Apenas podía distinguir las formas que aparecían delante del auto.
Andrés miró hacia adelante.
—Llegamos.
Detuve el vehículo.
—Apagá el auto y esperame acá.
Giré la cabeza hacia él.
—No se te ocurra irte.
—No me queda otra que esperarte.
Andrés sonrió.
—Ahora sí. Al fin nos entendemos, compañero.
—Yo no soy tu compañero —le respondí—. Andá a hacer lo que tengas que hacer. Yo te espero.
Andrés abrió la puerta.
Estaba por bajar cuando se detuvo.
—Uy, me olvidaba esto.
Tomó aquello que había llevado envuelto entre las manos.
—¿Para qué querés el paño?
Andrés me miró.
—¿Qué paño?
Lo desplegó.
—Esto no es un paño. Es un pasamontañas.
Sin agregar una palabra, se lo colocó.
Entonces bajó del auto.
Cerró la puerta.
Lo observé dirigirse hacia la oscuridad.
Caminó en dirección a una de las ventanas del casco de la estancia.
La niebla comenzó a envolverlo.
Cada vez podía distinguirlo menos.
Hasta que desapareció por completo.
Me quedé solo.
El motor estaba apagado.
El silencio ocupó todo.
No sabía qué había ido a hacer Andrés.
No sabía con quién se iba a encontrar.
Ni siquiera sabía si realmente había alguien dentro de aquella estancia.
Solo sabía una cosa.
Yo estaba allí.
Esperándolo.
Pasaron unos segundos.
O quizá fueron minutos.
El tiempo comenzó a perder sentido.
Entonces un destello atravesó la niebla.
Después llegó el estruendo.
Me sobresalté.
Y el silencio se fugó, desapareciendo entre la oscuridad y la niebla.
Un segundo estruendo.
Después otro.
Tres.
Me quedé inmóvil.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Qué carajo está pasando?
No obtuve respuesta.
Andrés no aparecía.
Miré hacia la oscuridad.
Nada.
Encendí el auto.
Por un instante pensé en quedarme.
Pero el miedo pudo más.
Hice un giro cerrado y me acomodé en dirección a la salida.
Avancé.
La tranquera estaba cada vez más cerca.
Entonces frené.
Apoyé las manos sobre el volante.
No podía entrar en pánico.
No podía.
Pero tampoco podía abandonar a una persona después de haber escuchado aquello.
Puse reversa.
Retrocedí.
Y fue entonces cuando lo vi.
Una figura salió corriendo desde la niebla.
Era Andrés.
Abrió la puerta y se subió al auto.
—Somos un equipo.
Lo miré sin decir nada.
—Me estabas esperando con el auto encendido y ya preparado para salir. Me sorprendiste.
—No somos ningún equipo.
Andrés sonrió.
—Vamos a hacer muchos trabajos como este.
—¿Qué fue eso? —pregunté—. ¿Qué es lo que escuché?
—Prestá atención al camino.
Su tono había cambiado.
Ya no parecía necesitar discutir conmigo.
Ahora hablaba como si todo hubiera salido exactamente como esperaba.
—Salgamos de acá.
No respondí.
Puse el auto en marcha.
—Volvemos a Buenos Aires —continuó—. Y quedate tranquilo.
Miré hacia adelante.
—El trabajo lo hicimos como teníamos que hacerlo.
Sentí un escalofrío.
Otra vez.
Nosotros.
El trabajo.
Como si yo hubiera participado.
Como si hubiera tenido alguna elección.
—Volvamos —dijo.
Y avancé hacia la salida.
Dejamos atrás el casco de la estancia.
La niebla.
La oscuridad.
Y aquello que Andrés había ido a hacer.
Pero mientras el camino comenzaba a abrirse delante de nosotros, comprendí algo que me inquietó todavía más.
Habíamos llegado al destino.
Y ahora comenzaba el regreso.