Km 130 "Conduciendo al Suspenso"

4. Km 77

Capítulo 4

Ingresan al autoservicio dos miembros de la policía.

—Buenas noches.

Los miro. Ellos me miran y nuestras miradas se cruzan.

—Buenas noches.

—¿Cómo andan? ¿Todo tranquilo? —pregunta el empleado que estaba atendiendo.

—Sí, todo tranquilo —responde uno de los policías—. Salvo por una situación que se dio hace un rato.

—¿Qué pasó?

—Un camionero con el que nos cruzamos nos dijo que había un auto parado y alguien haciendo señas. Fuimos hasta el lugar, pero no encontramos nada. Solamente las valijas. Quizás pudo solucionar el problema que tenía y se fue.

El policía hace una pausa.

—No. No es tan así.

Los miro.

—En la banquina había una persona tirada en el piso.

—¿Una persona tirada?

—Sí. Tuvimos que llamar a los bomberos porque la ambulancia no iba a venir. Y bueno... ahí se quedaron ellos con el finado.

La palabra me golpea.

Finado.

—Estamos tratando de averiguar quién pudo haber estado en ese lugar y se fue dejando todo lo que dejó.

Entonces los dos me miran.

Yo no digo nada.

¿Cómo podía ser?

¿Cómo podía haber muerto Andrés?

La respuesta aparece unos minutos después.

Un camión se detiene frente al autoservicio.

Se abre la puerta del acompañante.

Y baja Andrés.

Lo veo dirigirse directamente hacia mi auto, sin percatarse de que estoy dentro del autoservicio.

Ahí comprendí que no había muerto.

Y que, de alguna manera, la situación acababa de volverse todavía peor.

Tenía que salir.

Y enfrentarlo.

Esta vez, además, estaba la policía.

No podía dejar que se saliera con la suya.

—Buenas noches —me dice uno de los policías cuando paso junto a ellos—. Que tenga buen viaje.

—Gracias.

Salgo del autoservicio y me dirijo hacia el auto.

Andrés me ve.

—¡Ah! ¡Apareciste, rata!

Me detengo.

—Me dejaste tirado. ¿Vos sabés lo que pasó porque me dejaste tirado?

—No te dejé tirado. Simplemente di por finalizado el viaje.

—¿Viste? Vos finalizaste el viaje.

—Sí.

Sonríe.

—¿Sabés que se acercó uno a querer ayudarme? Me preguntó qué me había pasado. Lo hice bajar y, cuando bajó, me acordé de vos.

Lo miro sin entender.

—¿Qué hiciste?

—Lo dejé ahí, en la banquina. El auto con el que venía arrancó de golpe. Y, obvio, si se quedaba también iba a cobrar él.

Lo miro.

—¿Me estás diciendo que mataste a una persona pensando que era yo?

—No.

Hace una pausa.

—Descargué en esa persona la bronca que te tengo.

Siento que el cuerpo se me paraliza.

Andrés continúa:

—Y ahora que estás al frente mío, te vas a subir al auto y me vas a llevar a mi destino.

Mira hacia el autoservicio.

Después vuelve a mirarme.

—¿O querés terminar como ese que está en la banquina, esperando que lo levanten para llevarlo a la morgue?

No respondo.

—Y no se te ocurra hacer una seña.

Se acerca un poco más.

—¿O te pensás que me subí al auto porque...?

Se interrumpe.

—¿Por qué me subí al auto?

Me mira fijamente.

—¿Pensás que yo me voy a regalar entrando ahí?

Señala el vehículo.

—No.

Abre la puerta trasera.

—Subí al auto.

Me quedo inmóvil.

—Llevame.




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