Km 130 "Conduciendo al Suspenso"

5. Km 0

Capítulo 5

La persona que había bajado del camión comenzó a caminar hacia mi auto.

Lo reconocí.

Era Andrés.

Por unos segundos me quedé paralizado.

Una parte de mí había sospechado que no podía estar muerto. Algo no cerraba. Pero verlo aparecer de aquella manera, después de lo que acababa de escuchar, era otra cosa.

Andrés abrió la puerta del acompañante y subió.

Esta vez no se sentó atrás.

Se acomodó en el asiento delantero.

Ya no era simplemente el pasajero que yo debía llevar hasta un destino.

Ahora era quien decidía hacia dónde íbamos.

Puse el auto en marcha.

Durante unos minutos no dijo nada.

La tensión que había dominado todo el viaje comenzó lentamente a desaparecer.

Andrés parecía tranquilo.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si las amenazas, la discusión y todo lo sucedido en la ruta hubieran quedado atrás.

Entonces habló.

—¿Por qué me hiciste enojar?

Lo miré apenas.

—Yo no te hice enojar.

—¿Ah, no?

—Te enojaste solo.

—Vos sabés lo que hiciste.

—Yo tendría que haberme enojado. O haberme ofendido. O haberte molestado por todo lo que me hiciste durante el viaje. Y no lo hice.

—Ah... te hacés la víctima.

—No me hago la víctima, Andrés. Cortemos con esto. Lleguemos a tu destino y yo me vuelvo a mi casa.

Se quedó unos segundos en silencio.

Después preguntó:

—¿Querés saber cómo me llamo?

—No es necesario.

—Me llamo Mariano.

Lo miré.

—Mariano.

—Sí. Mariano.

Sonrió.

—Ah... Mariano. Justo Mariano.

No entendí.

—¿Mariano?

Andrés extendió la mano hacia mí.

—Agarrame la mano.

Otra vez pensé:

Este tipo está loco. ¿Qué le pasa?

—Dale. Reíte.

—No tengo motivos para reírme.

—¿No te bancás un chiste?

—No.

—Reíte.

—No tengo motivos para reírme y no me vas a obligar a hacer lo que no quiero.

Me miró durante unos segundos.

Después cambió completamente el tono.

—¿Querés que te cuente adónde vamos?

—No me interesa.

—Pero igual te lo voy a contar. Por más que no te interese, vos me vas a escuchar. ¿Está claro?

—No te escuché.

Me miró.

—¿Está claro?

—Sí. Está claro.

—Bien.

Hizo una pausa.

—Cuando lleguemos al kilómetro 129, vamos a encontrar un camino rural. Ahí vas a doblar y vas a seguir nos vamos a topar con una tranquera, de ahí seguímos hasta el casco de la estancia.

Escuchaba sus indicaciones mientras mantenía la vista en la ruta.

—Yo me voy a bajar para abrirla. No se te ocurra dar marcha atrás y escaparte otra vez. Voy a volver a subir y entramos.

Silencio.

—Hago mi trabajo y nos volvemos.

Lo miré.

—¿Cómo nos volvemos?

—Sí. Nos volvemos.

Otra pausa.

—¿Está claro?

—Está claro.

Andrés sonrió.

—Al fin nos entendemos.

—Al fin nos entendemos.




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