El viaje había terminado.
El cansancio que unas horas antes parecía no darle tregua ya no significaba nada.
Tampoco el tiempo.
Habíamos salido de aquel lugar y, contra todas las posibilidades, habíamos llegado a Buenos Aires.
Andrés había cumplido con su trabajo.
Y yo había cumplido con el mío.
O eso quería pensar.
Antes de bajar del auto, volvió a repetir aquella propuesta.
—Pensalo, Mariano. Podrías trabajar conmigo.
No respondí.
No porque no hubiera entendido.
Todo lo contrario.
Había entendido perfectamente.
Hasta esa noche, yo era un conductor que llevaba pasajeros de un lugar a otro.
Andrés acababa de mostrarme que existían otros viajes.
Otros trabajos.
Otra clase de pasajeros.
Y un mundo del que yo no sabía absolutamente nada.
—No tenés que responderme ahora —dijo—. Tomate tu tiempo.
Asentí.
Andrés abrió la puerta y bajó del auto.
Antes de cerrarla, se inclinó hacia mí.
—Nos vemos.
Lo vi alejarse.
Después encendí el motor.
Durante unos segundos permanecí detenido.
No sabía si volvería a verlo.
No sabía si alguna vez aceptaría aquella propuesta.
Ni siquiera sabía si quería hacerlo.
Pero había algo que sí sabía.
Después de aquella noche, ya no podía fingir que aquel mundo no existía.
Y la propuesta de Andrés había quedado ahí.
Esperando una respuesta.
O quizás, simplemente, esperando otro viaje.
Marino el conductor y el Suspenso como pasajero, ya dejaron atrás el Km 130.
Pero por delante quizás el destino los vuelva a juntar.