Valeria se quedó inmóvil frente al espejo de la habitación. La luz dibujaba las sutiles líneas de su cuerpo. Bajó la mirada hacia su vientre y se acomodó la franela holgada, intentando ocultar lo evidente. Detrás de ella, encima de la cama, Ricardo seguía acostado. No se había movido, pero Valeria sentía el peso de sus ojos clavados en ella. No hubo un «buenos días», ni una mirada directa, mucho menos una despedida; solo el silencio de un hogar fracturado.
El trayecto en el autobús fue una tortura. Entre los gritos desordenados de los pasajeros y los frenazos bruscos, Valeria sentía que el control de su vida se le escapaba de las manos.
«Dios, cómo quisiera estar en mi casa acostada. No aguanto este agotamiento, pero no puedo desistir sin haber empezado. Dame fuerzas para soportar y continuar… Tengo que lograrlo».
Al bajarse en la parada, el calorón de la ciudad le pegaba en la cara. Caminó hacia la universidad mientras el sol la sofocaba. Justo en la entrada de la facultad de ingeniería, su teléfono vibró. Al mirar la pantalla con manos temblorosas, el texto se le atragantó en la garganta como un nudo amargo:
«Deja de molestar. Cuando termines tu clase te vienes en autobús; no quiero verme a tu lado. Mírate, estás gorda y fea».
Ricardo tenía las llaves del carro de su padre y no le costaba nada pasar por ella. Pero la indiferencia del joven no tenía límites. Con el insulto taladrándole la mente, cruzar la puerta hacia el pasillo fue como caminar desnuda. Todo era un caos de muchachos aglomerados y un olor espeso a café recién colado que le provocó náuseas repentinas.
El aula introductoria estaba a reventar; casi todos eran hombres. Valeria agachó la cabeza, encogió los hombros e intentó taparse la barriga con los brazos. Se sentó en la mitad de la fila, estrujando el teléfono contra las piernas, perdida en sus pensamientos, hasta que una voz al lado la hizo reaccionar.
—¡Ey! Buenos días. ¿Está ocupado?
Valeria levantó la mirada. Frente a ella estaba un chico de ojos castaños y aspecto tranquilo, que llevaba la mochila al hombro y sostenía unos cuadernos bajo el brazo.
—No, adelante —respondió ella, cortante. El joven se sentó, girándose hacia ella con una sonrisa limpia para extenderle la mano.
—Hola, soy Santiago.
—Valeria —contestó, rozándole los dedos apenas un segundo por la timidez.
Santiago la observaba de reojo, detallando cada uno de sus gestos sin que ella pudiera notarlo. A mitad de la lección, mientras el profesor dictaba un plan de evaluación interminable, se le acercó un poco para susurrarle:
—Compañera, ¿crees que el profesor nos hará la guerra? Porque si esto es la presentación de la materia, no me quiero imaginar la clase formal —continuó bromeando en un susurro—. Solo mírale la cara.
Valeria todavía sentía el peso de aquel mensaje de Ricardo en el pecho, pero la ocurrencia del muchacho le robó una pequeña sonrisa. Santiago la observó sonreír, se acomodó en su asiento y guardó un silencio cómodo, sosteniéndole la mirada sin ninguna prisa por interrumpirla.
—Tienes razón, esta asignatura no será fácil —alcanzó a murmurar, sintiendo cómo esa pequeña atención la despejaba, aunque fuera por unos minutos, de su realidad—. Tendré que esforzarme el doble.
—Todos tenemos que hacerlo para poder aprobar —respondió él con optimismo.
—Sí, claro, pero yo aún más... Porque con este embarazo no tengo ánimos ni de estudiar.
Santiago se sorprendió, pero no apartó la mirada.
—¿Estás embarazada? A decir verdad, ni se te nota, pero te sienta muy bien.
Al terminar la clase, la marea de estudiantes los arrastró juntos hacia la salida.
—No te compliques por la carrera, Valeria —le dijo Santiago en el pasillo, e insistió—. Si necesitas ayuda para estudiar, podemos hacer equipo.
Valeria lo miró. Por primera vez en semanas, el aire inundó sus pulmones. Santiago no tenía idea de su situación, pero al ofrecerle su apoyo, le regalaba el respiro que necesitaba para no colapsar.
El regreso era inevitable. Al cruzar el porche de la casa de su madre, el aire fresco de la universidad se desvaneció. Valeria abrió la puerta de la habitación que compartía con Ricardo y la realidad la desarmó. Él seguía en la misma posición, tecleando en su teléfono con una sonrisa cómplice que borró al notar su presencia. Sin levantar la vista para recibirla, bloqueó la pantalla y se recostó boca abajo, dejándola en el vacío. Valeria asimiló la certeza más dolorosa de su relación: ahora que una vida crecía en su interior, ella había dejado de existir para él. Contuvo el llanto y guardó su bolso. En ese instante, el teléfono de Ricardo empezó a repicar sobre la cama. No se detenía. Valeria se acercó con disimulo, leyó el nombre del remitente y sintió cómo su vida se desvanecía a su alrededor.
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novela basada en hechos reales, superación personal y resiliencia, drama romántico universitario
Editado: 30.09.2026