Los sueños de mi jefe

Capítulo 1

Eimy

Escucho un grito.

Ya empecé mal si resulta que en mi futuro trabajo hay un asesino serial. No debería entrar a morir, pero necesito el empleo. Llego a la recepción y veo que una chica sale corriendo por uno de los pasillos. La recepcionista se ríe, nerviosa. Decide actuar rápido, levantarse de su asiento y darme la bienvenida.

—Tú debes ser Eimy Jamell ¡Qué bueno que estás aquí! —Me lanza un montón de papeles en las manos—. ¡Esto es todo lo que necesitas!

—No entiendo —expreso, confundida—. ¿Estoy contratada? ¿No me hará una entrevista?

—Ahora es tu problema.

Me sorprende porque ella se va corriendo también. ¡¿Qué se supone que está pasando?! ¡¡No entiendo nada!! Miro con confusión todo el sitio y no hay nadie al que preguntar. Excepto cuando giro mi vista, ya que del mismo pasillo en el que la chica corrió, viene un muchacho castaño, avanzando tranquilo. Decido acercarme a él para consultarle lo que ocurre.

—Disculpe, me dieron todos estos papeles y...

—¿Eres mi nueva secretaria? —pregunta de repente.

—¿Eh? Eres...

—Soy Henley Enderson —se presenta, sonriente, y levanta el puño con triunfo—. ¡Dueño de la mejor empresa de cosmética y soy el mejor en lo que hago!

Parpadeo seguido, y confundida.

—¡¡Oh, eso es increíble!! —aclaro, emocionada.

Se queda perplejo al ver mi reacción, luego de un rato muy largo, al fin reanuda su brillante energía, sonriendo otra vez.

—¡Eso es lo que busco en una secretaria! —Chasquea los dedos—. ¡Contratada!

Estoy confundida, todo ocurre tan rápido. No me ha dado tiempo ni de procesarlo. La verdad, creí que iba a ser muy difícil ingresar en una empresa de tanto renombre. Aunque no entiendo por qué todos han huido. Ahora me quedaré paranoica por el resto de mi vida.

•••

Camino detrás de mi nuevo jefe y pienso en las mil formas en las que moriré. Aunque, prefiero saber la verdad en vez de fallecer por mis pensamientos ansiosos. Trago saliva antes de envalentonarme.

—A riesgo de perder el trabajo... —Hago una pausa llena de tensión—. ¿Por qué huyeron sus secretarias anteriores?

—Ah, es que soy un acosador... —se ríe.

¡Lo sabía, está en riesgo mi integridad física!

—Yo creo que me voy...

—Un acosador del buen trabajo —completa la frase.

Quedo en shock.

—¿Qué?

—Sí, ya sabes, me gusta mantener todo en regla —expresa, orgulloso, y con una gran sonrisa.

—Creo que esa palabra no era la correcta —susurro.

—¿Acosador? —Enarca una ceja y asiento, así que reacciona—. ¡Oh! Soy muy malo eligiéndolas, lo siento. Me encantan los sinónimos y termino recitando cualquier cosa. Quise decir que me gusta estar pendiente de mis trabajadores.

Me empiezo a dar cuenta de que su forma de hablar es diferente.

—¿Eres escritor? —consulto.

—¿Qué? ¡No! Eso es arte, yo soy matemáticas. Busco la perfección en todos mis productos. Acá no hay lugar para los artistas.

—¡Oh! ¡Qué bueno! —expreso, sonriente—. ¡Soy muy buena con las cuentas!

—¡Eso es genial! —Chasquea los dedos otra vez—. ¡Contratada!

—¡¡Creí que ya lo estaba!! —me asusto.

—Te estaba probando y aprobaste.

—Creo que ya entendí por qué todos huyen de aquí —pienso en voz alta y luego me doy cuenta—. ¡Ay, lo siento!

Se me queda mirando muy fijo y pensativo de nuevo, luego reacciona, regalándome otra sonrisa amigable.

—Pienso que nos vamos a llevar muy bien, señorita Eimy.

•••

Estoy durmiendo plácidamente en mi cama, cuando de repente suena mi celular. Me siento de manera abrupta y todos mis cabellos pelirrojos se me caen en la cara. Los estiro para atrás, revolviéndolos, y escandalizada, mientras busco dónde mierda dejé el celular. Lo visualizo debajo de la cama y, por estar asomando la cabeza, me caigo de una sola vez.

—¡Ay, Diosito! —atiendo y grito—. ¡¿Qué pasó?!

—Pasé de ser tu jefe a un dios, tremendo.

—¡Oh, cielos! —chillo y me levanto, rápido—. ¡¿Qué hora es?!

¡Estoy llegando tarde en mi primer día!

—Las seis de la mañana —expresa con ese tono de confianza que tanto lo caracteriza.

Me quedo un poco quieta.

—Eh... perdón por mi atrevimiento, y sé que soy tremenda despistada, pero, ¿no me dijo que iniciaba mi horario a las nueve?

—En realidad, el horario es a las diez, pero debía llamarte.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Necesita algo?! ¡¿Le compro algo?! ¡¡Ya mismo salgo corriendo!!

—Nada de eso, solo te llamaba.

—Uh... sí, pero... ¿Por qué? —Quedo estupefacta.

—Para desearte los buenos días.

La madre que me parió.

—Gracias, supongo.

—Perfecto, te quiero a las nueve en la oficina, adiós. Tengo muchas cosas que hacer. Corre, que estoy apurado —declara, animado, luego me corta.

¡¿Pero no me acaba de decir que era a las diez?!

Mejor corro y me dejo de quejar.

Lo importante es que hay salud, digo trabajo.




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