Los sueños de mi jefe

Capítulo 2

Eimy

Corro como el viento hasta el trabajo y al llegar me encuentro con la puerta cerrada. Llamo y le pregunto al jefe, porque la verdad no entiendo nada.

—¿No me dijo a las nueve? —expreso, nerviosa.

—Sí, en la cafetería del frente.

¡Cielos, le faltó esa información!

Me dirijo al lugar indicado, entonces, cuando ingreso, escucho la campanita de la puerta. ¡Vaya, me siento en una comedia romántica! Aunque espero no ser la protagonista, porque sería muy cliché tener un romance de un jefe y su secretaria. Necesito dejar de ver telenovelas tan tarde, me atrofian el cerebro.

Al fin lo encuentro y dejo de delirar.

Camino hasta Henley, entonces lo saludo, sacudiendo mi mano de manera intensa y, como la patosa que soy, termino cayéndome al suelo.

—Nunca había conocido a alguien como tú —declara, el castaño.

Me levanto muy rápido, nerviosa.

—¿Animada?

—No, que me besara los pies —dice con la cabeza en alto.

—¡¿QUÉ?! —grito, estupefacta.

Se carcajea.

—Es broma. Me refería a que no te da vergüenza expresar todos tus pensamientos y acciones. Parece que vas por la vida gritando felicidad y despilfarrando confianza.

—Usted también, pero... ¿Puede saber eso con haberme visto tan solo dos días?

—No, solo te estaba probando.

—¡¿Otra vez?! —Me tiro de los pelos.

—Deberías sentarte, todos te están mirando. —Hace una pausa—. A mí no me molesta, pero a mi café sí.

Bajo mis manos, despacio.

—¿Eh? Digo... ¡Sí! —Me siento lo más rápido que puedo en la silla del frente de él—. Uh, jefe...

—Dime Henley.

—Henley, ¿por qué estamos aquí?

—Tomo café —declara, tranquilo.

Rio, nerviosa.

—Sí, me refiero a que no lo veo con ningún documento y... no sé qué hago en esta cafetería.

—Me acompañas, es obvio.

—¿Necesita alguna cosa? —insisto, pero toma de su taza, ignorándome—. ¿Quiere que vaya a buscarle algo a la oficina?

—Está cerrado —dice, serio.

Vuelvo a reír con nerviosismo.

—Sí, bueno, eh... ¿Usted no es el dueño? Abra la puerta, o mejor aún, deme las llaves y le busco lo que necesite.

—Eres muy trabajadora. —Me regala otra sonrisa—. Estás contratada.

—¿Lo dirá siempre?

—¡Sí! —declara, animado.

—Eh...

—¿Quieres un café? —le hace una seña a la camarera y no me da tiempo de responder—. Es delicioso.

Ya mejor no insisto y me quedo callada. Va a pensar que soy una parlanchina profesional y me quedaré sin trabajo en el primer día.

•••

Dos horas después, ya entendí que el jefe no quiere ir a trabajar. O sea, no me quejo, se supone que me pagará igual, pero me aburro. Aunque sigue pareciéndome una estupidez huir de él, solo por sus comentarios absurdos o por incluso hacerte perder el tiempo.

¡Es el mejor trabajo del mundo!

Veo que Henley se levanta de su asiento, así que yo hago lo mismo y lo sigo detrás. Paga a la camarera y luego nos vamos a la empresa. En la entrada, saluda muy amigable al guardia de seguridad, para después ingresar. Ya tiene otra recepcionista y ni me había enterado.

¡Un segundo! Quizás debí haber entrado en la empresa en primer lugar. Puede que me haya equivocado y voy a ser despedida. Calma, me estoy haciendo ideas en la cabeza. Eso es imposible, porque hice lo que él quiso. Podrán ser pedidos simples, como acompañarlo; no obstante, sigue siendo mi trabajo.

Necesito averiguar bien mis funcionalidades, antes de que mi cerebro haga una catástrofe.

—Este es tu escritorio —señala la mesa que está al lado de su oficina—. Seguro Marta te dejó todos los papeles; revísalos y después me preguntas al final del día. —Levanta su dedo índice—. Una aclaración más: que nadie me moleste, di que fui de viaje o algo así.

—Eh... sí. ¿Y qué hará mientras?

Se ríe.

—Voy a dormir un rato en el sillón.

Cruza la puerta y me deja a solas. ¿Lo dijo de verdad? Necesito dejar de cuestionarle todo. ¡Es mi jefe, por todos los cielos! Ya acabo de recordar por qué perdí mis otros trabajos. Debo cerrar mi bocota.

Igual no puedo dejar de pensar que me parece gracioso que evitó venir aquí y ahora se va a dormir. ¿Cuándo trabaja este hombre? O sea, sus empleados huyen y él nunca está. Sé que es demasiado temprano para sacar conclusiones, pero no entiendo cómo la empresa sigue en pie y tiene tan buena fama. Yo ya la hubiera quebrado, pero él... pues parece de otro nivel.

•••

Reviso los papeles que me han dejado y me toma toda la tarde, pero los he ordenado a la perfección. Seré despistada, pero desorganizada nunca. Al menos para algunas cosas. Además, ya me he instruido de todo. Tengo que controlar las llamadas, elegir los mejores horarios, organizar la documentación y conocer cada nombre importante de este lugar. Ocupé mi tiempo en memorizar cada cosa y estoy segura de que me ha salido bien.

Giro mi vista a la puerta cuando Henley la abre. Se estira y bosteza, así que doy por confirmado que se ha dado una siesta bastante larga. Me levanto a saludarlo y sonreírle.

—Ha llamado el señor Consule y se lo he agendado para este viernes. —Chasqueo los dedos y le guiño—. El día de su preferencia.

Me han salvado muchas anotaciones de su anterior secretaria.

—Hiciste tu investigación, bien. —Asiente—. Cancélalo y dile que iremos la semana que viene.

Me sobresalto.

—¡Sí, perdón! —me disculpo, rápido—. Me precipité un poco.

—Apresúrate todo lo que quieras.

—Yo... —Hago una pausa que para mi mente es eterna y me rio, nerviosa—. Mejor me callo.

—Tú sigue hablando, eres graciosa, más que yo.

Hago una sonrisa tensa.

—¡Oh! No sé si eso es bueno o malo.

Se me queda mirando de forma intensa con esos ojos de color miel y luego de un rato que parecía perdido en su mente, al fin puede reaccionar.

¡Los pajaritos lo distrajeron!




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