Henley
Otra secretaria que se pierde...
Aunque esta vez yo mismo la despedí. Bueno, no lo hice, todavía ni le había dado el contrato. A pesar de todo, duró más que las demás. Casi pudo ser empleada fija, pero tuvo que arruinarlo. Eso que aclaré que no había lugar aquí para los artistas. No digo que ella lo sea; no obstante, tratarme a mí de escritor es tremenda desubicación.
Guardo la libreta en el cajón y veo la enorme foto de mi difunta madre pegada en la pared.
—¡¿Me estás juzgando?! —le grito al cuadro—. ¡¡No hice nada!!
Me rio porque hablo solo. Si estoy riendo, ¿por qué me siento tan mal? Y, sin embargo...
«¡¡Me emocioné leyendo!! ¡¡Es buenísimo!!»
Las palabras de Eimy me hacen sentir extraño.
Vuelvo a reír, pero como estúpido. Aunque no la recontrataré. Solo me pareció graciosa y amable. Vale, es la empleada que más se ha mantenido a mi lado. Sí, fueron pocos días, pero es cierto, no me duran ni media hora.
Es un punto a favor, uno bastante grande, y soy idiota al pensar que preferiría a una ladrona en vez de a una simple lectora.
•••
Eimy
—¡¡Oh, por todos los cielos!! —escucho a mi hermana gritar y me siento de un sobresalto.
Tengo suerte de no haberme caído de la cama.
—¡¿Qué pasa?! ¡¡Deja dormir!! —Tiro un almohadón, pero con mi mala fortuna, era obvio que ni siquiera llegaría hasta la puerta.
Reiny corre a la habitación y chilla.
—¡Tienes que ver esto!
—¿El qué? —Enarco una ceja.
Junta sus manos y hace un gesto de ilusionada.
—¡Todavía no son pareja y ya te está regalando cosas!
—¿Viste una telenovela sin mí? —expreso, estupefacta, mientras me titila el ojo—. Eres una traidora.
—¡No, hablo de ti! —insiste.
—Estoy semidormida, no sé de qué hablas; cuéntamelo después. —Bufo—. Pásame la almohada, que voy a seguir durmiendo.
Necesito dos para doble comodidad.
—¡¡Eimy...!! —parece que ruega, pero yo le tiro el otro almohadón en la cara—. ¡Ay, malvada!
—Genial —digo con sarcasmo, luego me quejo—. Ahora sí me quedé sin comodidad.
Y tengo demasiada pereza para ir a buscarlos.
—¡¡Eimy!! —repite.
—Supongo que tendré que romperme la espalda. —Me tiro hacia el colchón y me cubro con la manta.
—¡¡Eimy!! —dice por tercera vez.
Lloriqueo, frustrada.
—¡¡Déjame dormir, maldita sea!!
—¡¡Tu jefe está en la puerta!! —tira la bomba.
—¡¿QUÉ?! —alzo la voz, bajo las mantas.
Mentiría si dijera que he decidido quedarme diez minutos más acostada antes de reaccionar a tal declaración.
—¡¿MI JEFE ESTÁ EN LA PUERTA?! —grito de nuevo, pero sigo sin levantarme.
Un segundo, ya no es mi jefe, dormiré un rato más.
•••
Me levanto de la cama, un poco adolorida, porque la pereza ha evitado que busque los almohadones. Reiny ya no está esperándome en mi cuarto. Salgo con camisón al comedor, sin pensar, y los veo comiendo juntos unos pastelitos. Noto un sacrilegio en particular: ¡¡No me guardaron de chocolate!!
—¿Alguien me puede explicar por qué no ocultaron la evidencia? —consulto, ya que veo las migajas.
—Buenos días, Eimy —me saluda el castaño—. Pensaba que madrugabas, pero estaba equivocado.
—¿Qué hace aquí? —pregunto en shock.
—Vine a buscarte.
—¡Ah! —Mi hermana pone las manos en las mejillas y los codos en la mesa—. ¡Tan romántico! Justo como una telenovela, y recién vamos por el capítulo cuatro.
—¡Deja de fantasear! —me quejo; luego vuelvo a prestarle atención a Henley—. Usted me despidió y ni siquiera había un contrato de por medio.
—Bésense para romper la tensión.
—Reiny, vete al cuarto —señalo la puerta.
Ella hace puchero.
—Bien, veré la telenovela y no te contaré nada. —Se levanta de manera abrupta de su asiento—. Cuando Romualdo le dé la herencia a su hijo bastardo, no te enterarás —comienza a caminar hasta la habitación.
—¡¡No puedes, atrevida!! —me quejo—. ¡¡Es la mejor parte!!
—¡¡Pues qué mal!!
Cierra de un portazo, dejándome a solas con Henley. Bueno, yo la eché, pero ahora siento la tensión. Me giro a mirarlo, muy nerviosa.
¡¡Auxilio, yo no quería ser la protagonista!!