CAPÍTULO VII: 낯선 익숙함 (Natseon iksugham) Extraña familiaridad
El martes por la mañana, el despertador sonó con su estridencia habitual. Ji-woo estiró la mano, lo apagó de un manotazo y, por puro reflejo condicionado, giró el cuerpo esperando ver la silueta de Tae-oh o escuchar sus pícaras amenazas matutinas. Sin embargo, el lado continuo de la cama estaba perfectamente tendido y frío.
Se incorporó despacio, contemplando el silencio absoluto del espacioso departamento. Caminó hacia la sala y observó las dos tazas de té que habían quedado sobre la mesa ratona desde la noche anterior. La falta de su protector la golpeó con fuerza en el pecho. Mientras preparaba un café solitario, Ji-woo intentaba convencerse a sí misma de que esa separación era inevitable, que él mismo se lo había dicho en su cabeza: ella ya podía hacerlo sola. Su mente analítica lo entendía, pero a su corazón le pesaba una tonelada el vacío de la casa.
A pesar de la profunda tristeza y de la opresión en la garganta, Ji-woo apretó los puños y decidió mantenerse en pie. No iba a flaquear con todo lo que había alcanzado. Se colocó su conjunto formal de oficina, se puso las lentillas y dejó su lacio cabello suelto. Con la espalda recta, aunque con una mirada melancólica, tomó su maletín y manejó su auto hacia la torre corporativa.
Al llegar a la oficina de marketing, se sentó en su cubículo y encendió la computadora. Intentó sumergirse de inmediato en las métricas de las nuevas vitaminas, pero comenzó a trabajar con un poco de desgano. Su semblante, habitualmente imponente y radiante desde hacía unas semanas, lucía apagado. Mantenía la vista fija en el monitor, tratando de disimular la pena que le carcomía el alma ante sus cuatro subordinados.
Sin embargo, el cambio de energía fue tan evidente que su equipo no tardó en notarlo. Park Kang-min levantó la vista de su teclado, observando de reojo las largas pausas que hacía su jefa para suspirar. Codeó discretamente a Song Hwan, quien a su vez le hizo una seña a la becaria Min-jung y a Kim Moo-jin. Los cuatro se reunieron en un discreto murmullo antes de aproximarse al escritorio de ella con timidez.
—Daeri Han… —le llamó Kang-min con un tono sumamente suave, extendiéndole una lata de café de vainilla bien helado—. Notamos que llegó un poco cansada hoy. Pensamos que esto le vendría bien para iniciar el día.
—Es verdad, jefa —añadió Min-jung, esbozando una sonrisa legítima y dejando una pequeña caja de pan dulce a un lado del teclado—. Ayer revisamos los borradores de la distribución y todo marcha sobre ruedas. No tiene de qué preocuparse, nosotros nos encargaremos de los pendientes pesados hoy.
Moo-jin y Song Hwan asintieron rítmicamente con la cabeza, mostrándole un apoyo incondicional que jamás habrían ofrecido en el pasado.
Ji-woo levantó la mirada, conmovida. Ver que sus subordinados se preocupaban genuinamente por ella y que intentaban animarla de forma tan cálida le dio un vuelco al corazón. Comprendió que la lealtad que había sembrado con la pizarra y la cena de galbi estaba dando frutos reales.
—Muchas gracias a todos —les respondió Ji-woo con una sonrisa dulce y sincera, sintiendo que el peso de la soledad se aligeraba un poco—. Tomaré el café. Regresemos a nuestros puestos, tenemos una gran campaña que mantener en la cima.
El estímulo de sus compañeros la hizo reaccionar de buena manera; enderezó los hombros y recuperó la concentración, dispuesta a refugiarse en el éxito laboral para sanar el duelo de su partida.
De vez en cuando, Ji-woo miraba discretamente a su alrededor, barriendo el pasillo o la esquina del cubículo buscando a Tae-oh por puro reflejo involuntario. Esperaba verlo apoyado en alguna vitrina con sus hombros anchos y su sonrisa descarada, pero pronto regresaba a la cruda realidad de su ausencia.
A la hora del almuerzo, su equipo no la dejó quedarse sola; prácticamente se la llevaron a comer a un restaurante pequeño y acogedor ubicado justo en la esquina del corporativo.
—¡Daeri Han, tiene que probar este guiso! —le recomendó Park Kang-min, acercándole un tazón con entusiasmo—. Es la especialidad de la casa y repone las energías de inmediato.
—Es verdad, jefa —coincidió Kim Moo-jin, dándole un sorbo a su bebida—. Además, hoy avanzamos tanto con los reportes que nos merecemos un almuerzo sin prisa. ¿No cree?
Ji-woo los observó y sintió que el pecho se le llenaba de una calidez reconfortante. Aunque por reflejo involuntario miró de reojo la silla vacía a su lado, esperando ver el imponente porte de Tae-oh, regresó de inmediato a la realidad y les dedicó una sonrisa dulce.
—Tienen razón. Muchas gracias por traerme aquí —repuso Ji-woo, tomando los palillos—. Comamos bien para terminar la jornada con fuerza.
Pasaron unos meses y la rutina de Seúl siguió su curso. Ji-woo ya se desempeñaba por completo sola. Manejaba su automóvil con destreza por el tráfico, lideraba las reuniones con paso firme y su equipo funcionaba a la perfección. Aun extrañaba a Tae-oh, pero sonreía muy a menudo y con una confianza legítima.
Solo algunas noches, al mirar el balcón amplio de su departamento mientras preparaba té de manzanilla, le daba una punzada de nostalgia. Se sentaba sola al pie de la mesa ratona, contemplando el vapor que subía de la taza.
—Lo estoy haciendo bien, ¿verdad, oppa? —susurró Ji-woo hacia la penumbra de la sala, con una sonrisa agridulce—. Ya no me encorvo en las juntas y mi equipo me respeta. Cumplí mi promesa.
El silencio de la casa ya no se sentía asfixiante, sino pacífico. Aunque el vacío de su presencia seguía ahí, Ji-woo sabía que él no mentía: una parte de su fuerza se había quedado grabada en su alma para siempre.
Un lunes por la mañana, mientras Ji-woo revisaba las métricas en su cubículo, el gerente Cha salió de su oficina agitando su infaltable varita apuntadora. Tenía un semblante inusualmente serio.