CAPÍTULO VIII: 우리 아는 사이인가요? (Uri aneun saiingayo?) ¿Nos conocemos?
Ji-woo se perdió un instante interminable en los ojos profundos de él, sintiendo que el tiempo se detenía en medio de la acera iluminada. Sin embargo, la rígida timidez que aún conservaba la hizo recobrar la compostura de golpe. Se zafó suavemente de su agarre y se enderezó al instante, acomodándose el saco con manos temblorosas.
Do-hyun la observó y, lejos de volver a su tétrica seriedad de sargento, le sonrió con una calidez inconfundible.
—¿De verdad no te acuerdas de mí? —le preguntó él con una voz suave, ladeando un poco la cabeza—. Íbamos a la misma secundaria.
Ji-woo lo miró fijamente, parpadeando con total desconcierto.
—¿La misma secundaria…? —repitió en un murmullo, con la mente procesando la información a toda velocidad.
—Siempre te sentabas sola en la mesa del rincón a la hora del almuerzo —le recordó él, dando un paso corto hacia ella—, hasta que un día decidí romper las reglas, me acerqué y comencé a acompañarte todos los días para que no estuvieras sola.
Ji-woo se impactó ante la revelación. Una oleada de recuerdos largamente sepultados barrió su memoria analítica. De pronto, la imagen de aquel muchacho de la escuela apareció con total nitidez en su mente: un chico alto, de sonrisa descarada y hombros anchos que había sido el único en verla cuando todos los demás la trataban como si fuera invisible. Recordó con precisión que él era dos años mayor que ella y que, el mismo año en el que él terminaría la secundaria, desapareció de la escuela de un día para el otro, sin dejar el más mínimo rastro.
Para la Ji-woo adolescente, haber perdido a su único y querido amigo de esa forma tan abrupta había sido profundamente doloroso, una herida de abandono que la había sumido en la soledad durante años.
Aún asombrada, con los ojos empañados por la emoción del reencuentro, lo miró fijamente y le formuló la pregunta que había guardado en su pecho por tanto tiempo.
—¿Por qué desapareciste así? —le cuestionó con un hilo de voz—. Ni siquiera me dijiste adiós.
Do-hyun soltó un leve suspiro, mirándola con una devoción sincera.
—Mis padres decidieron mudarse de un día para el otro a los Estados Unidos por cuestiones de negocios —le contó él, extendiendo una mano de forma caballerosa—. Todo fue tan rápido y caótico que no me pude despedir adecuadamente de ti, Ji-woo. Te busqué el último día, pero ya habías salido de clases. De verdad… te ofrezco una disculpa por haberte dejado sola.
Ji-woo sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje. En ese microsegundo, las piezas del rompecabezas místico que había vivido en su departamento encajaron a la perfección. Tae-oh, el novio imaginario que su mente había creado para salvarla del colapso, no era un extraño inventado de la nada; era la viva proyección del recuerdo de Do-hyun, el único hombre que la había amado y protegido en su pasado. Su subconsciente se había aferrado a la silueta de su viejo amigo para obligarla a recuperar el amor propio y la autonomía que tanto necesitaba.
Ji-woo cedió dos pasos hacia atrás, desestabilizándose por completo al no poder procesar semejante información de golpe. Los recuerdos de la escuela, la soledad y la reciente y dolorosa despedida de Tae-oh chocaron en su mente analítica.
Do-hyun, al ver su desconcierto, se volvió a disculpar con ella, dando un paso al frente y tomándola suavemente de la mano para infundirle calma.
—Ji-woo, de verdad lo siento… —susurró con sinceridad.
Ella se soltó abruptamente de su agarre, apartando los dedos como si hubieran hecho corto circuito, y sus ojos se comenzaron a empañar de inmediato con lágrimas contenidas. Se dio la vuelta y comenzó a caminar a pasos rápidos por la acera en dirección a la avenida principal, queriendo huir de la marea de emociones que la asfixiaba.
Él la alcanzó en un solo instante gracias a sus zancadas largas y, colocándose frente a ella, la detuvo con suavidad por los hombros, bloqueando su camino bajo la luz de las lámparas públicas.
—Por favor, escúchame. Me volví a disculpar porque sé que estuvo mal —le suplicó Do-hyun con la voz cargada de un pesar maduro—. No debí marcharme así.
Ji-woo lo miró fijamente, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas desprovistas de anteojos. Esa vieja herida de abandono, sepultada bajo años de timidez y aislamiento, aún le dolía profundamente en el pecho.
—¿Por qué apareces hasta ahora? —le cuestionó con la voz quebrada y temblorosa—. ¡Pasaron años! ¿Y por qué justo tenías que venir a la misma empresa donde yo trabajaba? ¿Acaso esto es algún tipo de broma pesada del destino?
Do-hyun sostuvo su mirada con total devoción, manteniendo las manos firmes pero gentiles sobre sus hombros para que no volviera a escapar.
—No es ninguna broma, te lo juro —le aseguró él de inmediato, suavizando la rigidez de su semblante—. Cuando regresé a Corea y acepté el traslado de la sede de Estados Unidos, solo sabía que venía a dirigir el área de marketing de Grupo Bio Hwa. No tenía idea de quiénes eran los empleados. Fue hasta el lunes por la mañana, en el momento en que llegué a la oficina y el director de Recursos Humanos me proporcionó los expedientes del personal a mi cargo, que vi tu fotografía. Hasta ese segundo me di cuenta de que tú eras la daeri del equipo.
Ji-woo se quedó completamente en blanco, con las lágrimas corriendo en silencio por sus mejillas. El impacto de saber que no se trataba de una mala broma, sino de un reencuentro genuino, la paralizó. Al verla tan vulnerable, Do-hyun rompió la distancia instintivamente y la estrechó entre sus brazos. La rodeó con un abrazo cálido y firme; ese cariño puro que compartían desde niños todavía perduraba intacto en lo más profundo de su corazón.