Mr. Dcbx. (corrigiendo y editando)

Capitulo 4

(Ahora)

Iba camino al trabajo cuando, casi por costumbre, llevé mi mano hasta el bolsillo derecho de mi pantalón. Mis dedos tocaron algo y, al sacarlo, reconocí inmediatamente lo que era.

El pañuelo.

El pañuelo de Rosa.

Lo observé durante unos segundos y una sensación extraña recorrió todo mi cuerpo. Desde que ella se había ido, no había podido dejar de pensar en la manera en que me miró antes de marcharse. Había algo en sus ojos, algo que no lograba entender.

Estaba nerviosa.

Demasiado nerviosa.

Y, aunque intentaba convencerme de que seguramente tenía una explicación sencilla, una parte de mí no dejaba de pensar que estaba ocultándome algo.

-¿Por qué estás así, Rosa? -murmuré mientras volvía a guardar el pañuelo.

No quería sacar conclusiones antes de tiempo, pero era imposible no hacerlo.

Cuando entré a mi empresa, intenté comportarme con normalidad. No saludé a nadie y fui directamente a mi oficina. En cuanto entré, llamé a Alondra.

-Alondra, no quiero ver a nadie por ahora. Si alguien pregunta por mí, dile que estoy ocupado.

-Sí, señor.

Colgué y me senté frente a mi escritorio.

Saqué nuevamente el pañuelo y lo observé.

Había algo que me aterraba.

La sangre.

No podía dejar de pensar en ella.

¿Qué tal si realmente estaba enferma?

¿Qué tal si esa era la verdadera razón por la que quería irse hasta Monza, prácticamente al otro lado del mundo, para enfrentarse sola a lo que fuera que estuviera pasando?

No me gustaba esa idea. No me gustaba absolutamente nada.

Pero también sabía que estaba imaginando demasiadas cosas.

Podían existir muchas razones. Tal vez no tenía nada que ver con una enfermedad. Tal vez había ocurrido algo que yo desconocía. Tal vez simplemente estaba pasando por una situación que todavía no estaba preparada para contarme.

Así que respiré profundamente y guardé el pañuelo.

No podía atormentarme antes de conocer la verdad.

Con el tiempo se lo preguntaría.

Poco a poco.

Sin presionarla.

Pasaron aproximadamente cuatro horas cuando el teléfono de mi oficina volvió a sonar.

Era Alondra.

-Señor Daco, la señorita Rosa ya llegó. ¿La dejo pasar?

Me quedé en silencio.

Miré el cajón donde había guardado el pañuelo y sentí nuevamente aquella angustia.

Quizás, después de hablar con ella, finalmente podría entender qué estaba pasando.

-Claro. Déjala pasar. Y de inmediato, por favor.

-Claro, señor Daqui. Ya va en camino.

Colgué.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que las lágrimas querían salir de mis ojos.

Quería llorar.

Pero ni siquiera sabía exactamente por qué.

¿Era miedo?

¿Preocupación?

¿Impotencia?

Quizás era todo al mismo tiempo.

El teléfono volvió a sonar.

-¿Sí?

-Gracias, señor. Pero... ¿todo está bien?

Cerré los ojos durante unos segundos.

-Sí, Alito. No te preocupes. Ya ve y toma el día. Te lo mereces por todo lo que me ayudas y sigues ayudándome. Eres una buena amiga y sabes que te estimo muchísimo.

-Gracias, señor.

Terminamos la llamada.

Guardé el pañuelo dentro del cajón y cerré con llave.

Necesitaba dejar de mirarlo.

Necesitaba actuar con normalidad.

Pasaron unos minutos cuando Daniela finalmente entró a mi oficina.

Cerró la puerta detrás de ella y se sentó frente a mí.

Comenzamos a hablar.

A simple vista se veía bien.

Demasiado bien.

Y eso era precisamente lo que me preocupaba.

Daniela siempre había sido buena ocultando sus sentimientos. Podía sonreír, bromear y hacer como si nada estuviera ocurriendo, incluso cuando por dentro estuviera completamente destruida.

Pero yo la conocía.

O al menos eso creía.

El problema era que esta vez no conseguía descubrir qué estaba pasando.

En determinado momento nuestras miradas se encontraron.

Ninguno de los dos dijo nada.

Ella se acercó un poco.

Yo también.

Cada vez estábamos más cerca.

Podía sentir su respiración.

Estábamos a escasos centímetros.

Y entonces...

El teléfono de mi oficina sonó.

Daniela se puso nerviosa inmediatamente y desvió la mirada hacia su teléfono.

Yo me quedé completamente quieto.

No podía creer lo que acababa de pasar.

Si el teléfono no hubiera sonado...

Ahora mismo nos estaríamos besando.

Y lo peor de todo era que...

Yo quería besarla.

¿¡QUÉ DEMONIOS ACABABA DE PENSAR!?

Ella era mi amiga.

Solo eso.

Mi amiga.

No podía arruinar la amistad que teníamos.

Aunque una pequeña parte de mí comenzaba a preguntarse si realmente quería que nuestra relación siguiera siendo solamente eso.

Pero tampoco quería convertirme en algo más solo para conseguir que se quedara conmigo.

No.

Si algún día ocurría algo entre nosotros, tendría que ser porque los dos lo queríamos.

Además, había algo mucho más importante.

Daniela ya no parecía feliz.

Y yo necesitaba saber qué le estaba pasando.

¿Qué había ocurrido durante todo ese tiempo en el que no nos vimos?

¿Por qué había cambiado tanto?

¿Por qué ya no confiaba en mí como antes?

Hubo una época en la que me contaba absolutamente todo. No importaba lo pequeño o insignificante que fuera. Yo sabía lo que ocurría en su vida.

Ahora parecía que existía una pared entre nosotros.

Y no sabía cómo derribarla.

Mis pensamientos se detuvieron cuando ella habló.

-¿Te acuerdas cuando vine a Nueva York a verte por primera vez?

Mis ojos se llenaron de alegría.

Esa pregunta había despertado un recuerdo que guardaba con muchísimo cariño.

-Claro que lo recuerdo. Como si hubiera sido ayer.

Ella sonrió.

Y yo también.

Entonces mi mente viajo dos años atrás.

(Tiempo atrás)

Estaba a punto de salir de mi casa cuando escuché que alguien tocaba la puerta.




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