Mr. Dcbx. (corrigiendo y editando)

Capitulo 8

Tiempo atrás

~ Rodrigo ~

Ser novio de Daniela todavía se sentía extraño.

No extraño en el mal sentido.

Todo lo contrario.

Era una sensación que todavía estaba aprendiendo a entender.

Durante tanto tiempo había estado acostumbrado a verla como mi amiga, como alguien que podía aparecer en mi casa, hablar con Roxana durante horas y terminar quedándose a cenar con nosotros.

Pero ahora era diferente.

Ahora, cuando la veía, podía tomar su mano.

Podía acercarme a ella sin tener que buscar una excusa.

Y, sobre todo, podía decir que era mi novia.

Aunque, para ser sincero, todavía me costaba acostumbrarme a decirlo en voz alta.

Aquella tarde estaba en mi oficina intentando terminar algunos pendientes cuando recibí un mensaje suyo.

Daniela:
¿Ya terminaste?

Sonreí.

Yo:
Casi.

La respuesta llegó unos segundos después.

Daniela:
Roxana dice que no te entretenga porque tienes trabajo.

Solté una pequeña risa.

Así que mi hermana ya estaba involucrada.

Yo:
¿Y tú siempre haces lo que Roxana dice?

Tardó un poco en contestar.

Daniela:
No.

Yo:
Entonces ven a verme.

Dejé el teléfono sobre el escritorio.

No pasaron ni diez minutos cuando escuché unos golpes en la puerta.

—Pasa.

La puerta se abrió y Daniela apareció.

—Hola.

—Hola.

Se acercó hasta mi escritorio.

—Roxana me dijo que estabas ocupado.

—Lo estaba.

—¿Y ahora?

La miré.

—Ahora ya no.

Ella sonrió.

Se quedó unos segundos observándome y después tomó algunos de los papeles que tenía frente a mí.

—¿Todo esto tienes que revisar?

—Sí.

—Entonces trabaja.

—No quiero.

—Rodrigo...

—¿Qué?

—No puedes dejar todo cada vez que llego.

—Sí puedo.

Ella negó con la cabeza mientras sonreía.

—Eres imposible.

—Y aun así aceptaste ser mi novia.

—Eso fue un error.

Abrí los ojos fingiendo sorpresa.

—¿Un error?

Daniela soltó una carcajada.

—Uno que todavía estoy considerando.

Me levanté de la silla y me acerqué a ella.

—Pues tendrás que seguir considerándolo.

Ella me miró unos segundos.

—Tal vez.

Estuve a punto de besarla cuando alguien llamó nuevamente a la puerta.

Nos separamos.

—¿Qué? —pregunté.

Roxana asomó la cabeza.

—¿Interrumpo algo?

Daniela comenzó a reír.

—No.

Roxana nos miró a los dos.

—Claro.

—¿Qué quieres?

—Recordarte que tenemos una cena esta noche.

Entonces recordé.

—Es cierto.

Roxana sonrió.

—Y no quiero que llegues tarde.

—¿Qué vamos a cenar?

—Es sorpresa.

—¿Mexicano?

—Sí.

—¿Enfrijoladas?

—No.

—¿Enchiladas?

—Tampoco.

—¿Mole?

Roxana comenzó a reír.

—Deja de adivinar y espera.

Después miró a Daniela.

—Tú tampoco le digas nada.

—No le diré.

—Traidoras —murmuré.

Las dos se fueron riendo.

Me quedé mirando la puerta unos segundos.

Hasta que recordé algo.

Daniela había estado demasiado callada durante la conversación.

No era la primera vez.

Había momentos en los que parecía distraída.

Como si su mente estuviera en otro lugar.

—¿Estás bien? —pregunté.

Ella se giró hacia mí.

—Sí.

—¿Segura?

—Sí, Rodrigo.

Me sonrió.

Y quise creerle.

Más tarde llegamos a casa.

Roxana había preparado todo.

La mesa estaba lista y el olor que venía desde la cocina hacía que mi estómago reclamara comida.

—Ahora sí dime qué hiciste.

—Siéntate.

—Eso no responde mi pregunta.

—Rodrigo.

—Está bien.

Daniela se sentó a mi lado.

Roxana comenzó a servir la comida.

Cuando vi el plato frente a mí, sonreí.

—¿Enchiladas?

—Te dije que no adivinaras.

—Pero acerté.

—Por suerte.

Daniela se rio.

—Estabas obsesionado con saber qué iban a preparar.

—Tenía hambre.

—Claro.

Comenzamos a cenar.

Todo parecía tranquilo.

Hasta que alguien llamó al teléfono de Daniela.

Ella miró la pantalla.

No contestó.

—¿No vas a responder? —pregunté.

—Después.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez pude ver el nombre antes de que ella lo apartara.

Era un hombre.

No conocía el nombre.

Y, aunque intenté no darle importancia, sentí algo extraño.

—¿Quién es?

Daniela levantó la mirada.

—Un amigo.

—Ah.

Intenté seguir comiendo.

Pero no pude evitar volver a mirar el teléfono.

Ella se dio cuenta.

—¿Estás celoso?

—No.

—Rodrigo.

—No estoy celoso.

Roxana nos miró desde el otro lado de la mesa.

—Sí estás celoso.

—Gracias por tu apoyo.

Daniela sonrió.

—No tienes de qué preocuparte.

La miré.

—No estoy preocupado.

—Entonces deja de mirar mi teléfono.

Bajé la mirada hacia mi plato.

—Está bien.

Ella tomó mi mano debajo de la mesa.

—Confía en mí.

La miré.

Y aquella simple frase consiguió que se me pasara un poco la incomodidad.

—Confío en ti.

—Entonces estamos bien.

Apreté suavemente su mano.

—Estamos bien.

Y seguimos cenando.

Después de la cena, Roxana se quedó recogiendo la mesa mientras Daniela y yo salimos al patio.

Nos sentamos juntos.

Por unos minutos ninguno dijo nada.

Solo disfrutamos del silencio.

—¿Sabes qué? —dijo Daniela.

—¿Qué?

—Me gusta esto.

—¿Esto?

—Estar contigo así.

Sonreí.

—A mí también.

Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.




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